INTRODUCCION
La
liturgia de las Horas es todavía para muchos cristianos un tipo
de oración reservada a clérigos y monjes. Aún no
se ha superado esta mentalidad, ampliamente desautorizada por el Vaticano
II y por la reforma litúrgica posterior.
Todo
el pueblo de Dios debe recuperar una plegaria que, por definición,
es eclesial y le pertenece. Se ha de volver a la tradición más
original, en la que los fieles se reunían para iniciar el día
y clausurarlo con la alabanza y la acción de gracias al Señor.
La
liturgia de las Horas es una forma de plegaria comunitaria y tradicional
en !a Iglesia; pero es también un medio de santificación,
que impregna de sentido cristiano el tiempo de los hombres.
Pretendemos
ayudarte a:
-conocer
el fundamento teológico y espiritual de la Oración de
las Horas.
-valorar la Liturgia de las Horas a nivel personal y, sobre todo,
comunitario.
-motivar su correcta celebración, sobre todo los Laudes y las
Vísperas.
Para
ello hemos dividido el tema en los siguientes apartados:
-Origen
y evolución de la Liturgia de las Horas
-Significado de la Liturgia de fas Horas
-Las principales horas de la Liturgia de las Horas
-Orientaciones pastorales
1.Origen
y evolución de la Liturgia de las Horas
El
punto de partida obligado para un estudio de la Liturgia de las Horas
es, por una parte, el ejemplo de Jesús, verdadero maestro de
oración, y, por otra parte, el ejemplo de (a comunidad apostólica,
formada por los que convivieron con el Señor y fueron testigos
de su entrañable relación con el Padre.
Para
comprender la oración cristiana conviene tener como punto de
referencia los testimonios de oración que encontramos en el Nuevo
Testamento y la organización de la plegaria en el judaismo de
la época. Nos interesa, por tanto, acercamos al sentido y al
modo de oración de Cristo y al de sus primeros discípulos.
Para esto nos servimos de la Ordenación General de la Liturgia
de las Horas (OGLH).
"El
Hijo de Dios, "que es una sola cosa con el Padre" (Jn 10,30)
y que al entrar en el mundo dijo: "He aquí que vengo, oh
Dios, para hacer tu votuntad" (Heb 10,9), se ha dignado ofrecemos
ejemplos de su propia oración. En efecto, los evangelios nos
lo presentan muchísimas veces en oración: cuando el Padre
revela su misión, antes del llamamiento de los Apóstoles;
cuando bendice a Dios en la multiplicación de los panes, y en
la transfiguración; cuando sana al sordomudo y (cuando) resucita
a Lázaro, antes de requerir de Pedro su confesión, cuando
enseña a orar a los discípulos, cuando los discípulos
regresan de la misión, cuando bendice a los niños, cuando
ora por Pedro.
Su
actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso
aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o
al monte para orar, levantándose muy de mañana, o al anochecer,
permaneciendo en oración hasta la cuarta vigilia de la noche.
Tomó
parte también, como fundamentalmente se sostiene, en las oraciones
públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado,
como tenía por costumbre. como en el templo, al que llamó
casa de oración, y en las oraciones privadas que los israelitas
piadosos acostumbran a recitar diariamente. También al comer
dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente
se narra cuando la multiplicación del pan. en la última
Cena, en la comida de Emaús, de igual modo recitó el himno
con los discípulos.
Hasta
el final de su vida, acercándose ya el momento de la Pasión,
en la última Cena, en la agonía y en la cruz, el Divino
Maestro mostró que era la oración lo que le animaba en
el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual..."
(OGLH 4).
Lo
verdaderamente importante de la oración de Cristo y de la comunidad
primitiva consiste, no sólo en su contenido: la obra de salvación
y el Misterio Pascual, sino, sobre todo, en la relación filial
que hizo posible Jesús con sus gestos y sus palabras y, particularmente,
con el Padre Nuestro (cf. Mt 6).
Las
primeras comunidades cristianas de los primeros siglos eran muy conscientes
de la recomendación de Jesús y de los apóstoles
de orar siempre y asiduamente (cf. Lc 18,1; Rom 12,12) y actuaron en
consecuencia. Sabemos, por ejemplo, que la Didajé, después
de recoger el texto completo del Padre Nuestro, indica: "Sí,
orareis tres veces al día" (D, VIII).
En
el siglo III encontramos documentos que nos informan de la práctica
de ciertos momentos de oración a lo largo de la jomada: al levantarse,
al mediodía, al caer la tarde, durante la noche. Estos testimonios
dan fe de una cierta organización embrionaria de lo que más
tarde sería la Liturgia de las Horas.
Los
datos de la tradición litúrgica son unánimes en
presentar la Liturgia de las Horas como una acción sagrada que
realiza el pueblo de Dios reunido en asamblea, como Iglesia del Señor
congregada y presidida por sus pastores.
Esta
liturgia de las Horas, también llamada Oficio Divino, nacida
para hacer posible el consejo de Jesús y de los apóstoles;
conviene orar siempre, tiene como destinatario durante los primeros
siglos, al pueblo cristiano. Posteriormente, por diversas circunstancias
históricas, esta práctica va evolucionando sucesivamente
hasta convertirse en una oración reservada exclusivamente al
monacato y al clero, con carácter de obligatoriedad jurídica.
Así es como surge la conciencia dentro de la Iglesia de que el
oficio divino es obligación sólo de monjes y clérigos.
Esta
situación va a perdurar hasta la llegada del Concilio Vaticano
II, en cuya constitución Sacrosanctum Concilium se ofrecen las
grandes líneas para una reforma amplia y profunda que devuelva
al Oficio Divino su carácter de celebración de los principales
momentos de oración de la jomada por las comunidades cristianas
(cf. SC 83-101).
La
renovación del Oficio Divino a partir del Vaticano II tiene su
punto culminante en el año 1971 con la promulgación de
la Ordenación General de la liturgia de las Horas (OGLH) y la
Constitución Apostólica Laudis Canticum de Pablo VI.
