3. Las principales horas
de la Liturgia de las Horas
 

 

La Ordenación General de la Liturgia de las Horas dice en sus números 37 y 40 que:

"Los Laudes, como oración matutina, y las Vísperas, como oración vespertina, que, según la venerable tradición de toda la Iglesia, son el doble quicio sobre el que gira el Oficio cotidiano, se deben considerar y celebrar como las Horas principales (cf. SC 89a; 100).

La oración de la comunidad cristiana deberá consistir, ante todo, en los Laudes de la mañana y las Vísperas: foméntese su celebración pública y comunitaria, sobre todo entre aquellos que hacen vida común. Recomiéndese
incluso su recitación individual a los fieles que no tienen la posibilidad de tomar parte en la celebración común".

Los Laudes y las Vísperas son, indudablemente, las horas más importantes del Oficio Divino. Como tales han merecido un trato preferente en la reforma litúrgica, y como tales deberían concentrar buena parte del esfuerzo pastoral por hacer que el Pueblo de Dios recupere una plegaria que le es propia.

Estas horas están basadas en los dos momentos más inamovibles de la jomada humana, impuestos por el movimiento inalterado de la tierra -el día y la noche- exigidos,
en cierto modo, también por el ritmo biológico de nuestro propio ser -actividad y descanso, vigilia y sueño-. Por mucho que cambien los condicionamientos laborales, sociales o culturales, esta alternancia y este ritmo gobernarán nuestra existencia. No se trata de buscar simbolismos o significaciones religiosas más o menos comprensibles para el hombre de hoy. De lo que se trata es de que santifique realmente su existencia consagrando a Dios el momento inicial del día y el momento final de la jornada.

 

Laudes

El significado de la oración de Laudes es doble:

-Los laudes santifican el día.
-Los laudes hacen memoria de la resurrección del Señor.

"Los Laudes matutinos están dirigidos y ordenados a santificar la mañana" (OGLH 38). La santificación del día se inicia con la dedicación a Dios de los primeros pensamientos y propósitos. Antes de entregarse a sus afanes, el hombre se concentra
en su Señor y Creador para hallar en él la fuente del optimismo que debe presidir su jornada y la fuerza para llevarla a término. Esta primera oración del día se convierte, así, en un ofrecimiento de cuanto va a dar de sí el día que va a empezar. La plegaria de la Iglesia, medíante esta oración de sus miembros, quiere someter toda la capacidad creadora y operativa de los hombres al impulso santificador de la gracia divina.

La luz del sol aparece como un don de Dios al servicio del hombre, la tierra como una tarea confiada y el trabajo como expresión de amor a Dios y al prójimo. De este modo redundará en gloría y alabanza del Creador, de quien dimana toda bondad y belleza. Este tema de la alabanza tiene una particular significación en los Laudes, momento en que esa alabanza se hace líturgia:

"Que nuestra voz, Señor, nuestro espíritu y toda nuestra vida sean una continua
alabanza en tu honor, y, pues toda nuestra existencia es puro don de tu libertad, que también cada una de nuestras acciones te esté plenamente dedicada" (Of. Sábado II).

Los Laudes hacen también memoria de la resurrección del Señor

"Esta hora, que se tiene por la primera luz del día, trae, además, a la memoria el recuerdo de la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres (cf. Jn 1,9) y "el sol de justicia" (Mal 4,2), que "nace de lo alto" (Lc 1,78). Así, se comprende bien la advertencia de San Cipriano: "Se hará oración a la mañana para celebrar la Resurrección del Señor con la oración matutina "" (De orat dom. 35) (OGLH 38b).

Es el segundo gran aspecto de la plegaría eclesial de la mañana. La luz del nuevo día no sólo disipa las tinieblas -símbolo de la ignorancia y del pecado- sino que es epifanía de Cristo resucitado, el Esposo que sale del tálamo (cf. Sal 19,6), el Primogénito de entre los muertos (cf. Col 1,15-18; Apoc 1,5; Rom 8,29), Primicias de una nueva humanidad (cf. 1 Cor 15,20). A Cristo se le llama en la Biblia Sol de justicia (Mal 4,2), sol que nace de lo alto (Lc, 1,78). Temas que la liturgia cristiana recuerda en la Navidad y en la Epifanía, como también en la Vigilia Pascual. Los Laudes tienen en cuenta esta gran temática, si bien la presentan dispersa y comprendiendo cada vez aspectos diferentes y complementarios.

 

Vísperas

La oración de Vísperas es la segunda gran oración del día y tiene lugar cuando se pone el sol. Tres son los grandes temas de esta oración:

-La acción de gracias por la jomada
-La memoria de la redención
-La esperanza en la vida eterna.

Si el día se ha abierto pidiendo a Dios su ayuda para santificar todos los trabajos de los hombres y mantenerse fieles a su voluntad, el final de la jornada evoca el momento del balance y de recibir la soldada. Pero la plegaria de la Iglesia, que esconde también una finalidad profundamente pedagógica, invita, ante todo, a dar gracias por el bien realizado. Con la oración de la tarde sube a Dios la ofrenda de nuestro trabajo, convertido ahora en sacrificio espiritual de acción de gracias:

"Se celebran las Vísperas a la tarde, cuando ya declina el día, en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto" (OGLH 39a).

Si los laudes evocan el momento de la resurrección por su condición de oración de la mañana, justo es que las Vísperas se ocupen de recordarnos el momento en que Cristo realizó la ofrenda de sí mismo en la Ultima Cena y cumplió su sacrificio muriendo en la cruz, actos que tuvieron lugar en la tarde. La OGLH cita unas palabras muy bellas del abad Casiano, indicando que nuestra ofrenda vespertina de las Vísperas se una a! verdadero sacrificio de Cristo en la cruz, sacrificio instituido la tarde antes:

"También hacemos memoria de la Redención por medio de la oración que elevamos 'como el incienso en la presencia del Señor', y en la cual 'el alzar de las manos' es 'oblación vespertina' (cf. Sal 140,2). Lo cual 'puede aplicarse también a aquel verdadero sacrificio vespertino que el Divino Redentor instituyó precisamente en la tarde en la que cenaba con los apóstoles, inaugurando así los sacrosantos misterios, y que ofreció al Padre en la tarde del día supremo, que representa la cumbre de los siglos, alzando sus manos por la salvación del mundo'" (Casiano, De InsL caen 1,3) (OGLH 39b).

La oración de Vísperas nos proyecta hacia la luz sin ocaso. Si en Laudes se decía que Dios es la fuente de toda la luz, ahora en las Vísperas se recuerda que es luz sin ocaso. Cuando se apaga la luz del día es el momento de encender la lámpara, símbolo de la luz que permanece para siempre, y que contemplaremos algún día definitivamente.

 

Oficio de lectura

El Oficio de Lectura es una celebración comunitaria de la Palabra de Dios en el marco de una plegaria meditativa y rememorativa de los acontecimientos de la historia de la salvación, tal y como éstos desfilan a lo largo del año litúrgico en su referencia al misterio de Cristo.

Todos sus elementos están al servicio de ese encuentro dialogante con Dios y deben integrar siempre la oración personal. Por eso siempre que se habla de Oficio de Lectura se añade la observación de que vaya acompañada de la oración personal:

"Y para orientamos con la esperanza hacia la luz que no conoce ocaso, oramos y suplicamos para que la luz retome siempre a nosotros, pedimos que
venga Cristo a otorgamos el don de la luz eterna" (S. Cipriano, De orat. dom. 35.0GHL39).

La oración debe acompañar a la lectura de la Sagrada Escritura, a fin de que se establezca un coloquio entre Dios y el hombre, puesto que "con El hablamos cuando oramos y lo escuchamos a El cuando leemos los divinos oráculos" (DV25) y, por lo mismo, el Oficio de Lectura consta también de salmos, de un himno, de una oración y de otras fórmulas, y tiene de suyo carácter de oración.

El Oficio de lectura incluye lecturas bíblicas, lecturas patrísticas y lecturas históricas y hagiográficas.

El actual Oficio de Lectura está permitido anticiparlo, no a la tarde, sino a la noche precedente, después de haber celebrado las Vísperas. (cf. OGLH 59).

 

Estructura celebrativa de Laudes y Vísperas

Apertura de la celebración:

Dios mío, ven en mi auxilio... No hay saludo que sea expresión de la presencia del Señor, el signo de esta presencia es la asamblea reunida.

El himno tiene como función dar el colorido del momento y crear un clima festivo.

Salmodia: La elección de los dos salmos responde al sentido de cada hora.
El intercalar entre ambos un cántico bíblico responde a la antigua tradición romana; el de Laudes procede del Antiguo Testamento; el de Vísperas, del Nuevo Testamento.

La voz que resuena en la salmodia es la voz de Cristo y la voz de la Iglesia, que hacen suyos los sentimientos del escritor sagrado.

Lectura y respuesta:

Señalada de acuerdo con las características del día, la lectura es proclamación de la palabra de Dios acompañada del correspondiente canto responsorial.

Con el fin de que la Palabra penetre en el corazón de los que oran, la lectura puede ir seguida, además, del responsorio, de una homilía o de un tiempo de silencio.

El cántico evangélico:

El de Zacarías en los Laudes y el de María en las Vísperas constituyen el momento culminante de estas horas. Son una síntesis de la historia de la salvación y expresan la alabanza y la acción de gracias por la obra de la redención.

Son los más importantes lazos de unión con el tiempo litúrgico, por medio de la antífona.

Las preces y la oración final:

Oraciones de intercesión y súplica, unidas a la alabanza, que responden a un dato tradicional.

En los Laudes tiene un carácter de consagración del día, y en las Vísperas, de intercesión por las necesidades de la Iglesia y del mundo.

El Padre Nuestro que precede a la oración final expresa la unidad misteriosa entre Cristo y los miembros de su Cuerpo y es el punto de contacto entre estas horas y la eucaristía.