DOMINGO DIA DEL SEÑOR
 


El domingo es el día de la reunión de los cristianos. Señala la idea de un Cristo muerto y resucitado. Desde la antigüedad cristiana se reunían a la aurora para celebrar la Eucaristía para después irse a su trabajo cotidiano.

Desde el 313 el emperador Constantino dictó la libertad de la Iglesia con el edicto de Milán. Y a partir de ese momento inicia el descanso dominical.

 

¿QUE SIGNIFICA EL DOMINGO?

El domingo no es solo el séptimo día de la semana, día para pasarla en la ociosidad o en la distracción profana. El domingo pertenece de manera exclusiva al cristiano; es esencialmente el día de la semana que los fieles de Cristo dedican a vivir en toda su santidad. Es el día de los que están muertos al pecado y viven para Dios. Es el día regio del pueblo de Dios, el día en que el pecado es vencido de nuevo y el sol de justicia nos envía sus rayos de resurrección y de paz.

La verdadera santificación del domingo, es un asunto de vida interior, poniendo en armonía todo nuestro ser espiritual con la gracia de Dios.


¿QUE CELEBRAMOS EL DOMINGO?

El domingo, nos recuerda primero nuestra iniciación cristiana, nuestra iluminación bautismal. Nos invita a renovar en nosotros la conversión del corazón y la gracia del sacramento. La Iglesia nos pide todos los domingos que caigamos en la cuenta de nuestra dignidad cristiana, reavivando en nosotros la gracia del santo bautismo y celebremos con pureza de corazón el recuerdo de este sagrado compromiso para alentarnos a vivirlo durante toda la semana.

Día de fiesta, día de gracia

Para el cristiano fiel, para el que aman a Dios, el domingo se convierte, cada semana, en una verdadera fiesta, en una fiesta de Pascua. Renovando con todo nuestro ser la adhesión a Cristo y confirmando su deseo de encontrarse un día con El.

Día de conversión, de reconciliación

El domingo es el día que nos recuerda nuestra necesidad de conversión, de volvernos a Dios, recordando el día que nos presentaremos delante de El. Es un día también simbólico, porque nos inicia ya en la vida y en las costumbres celestes, sin darnos aún la posesión y el goce definitivos del cielo.

Por ello la santificación del domingo implica una conversión cada vez más profunda , vivir el domingo de corazón es tener una conciencia sin reproche y la reconciliación que nos da la paz. No vale para el alma el domingo de mero cumplimiento sin verdadera purificación, el domingo de solo presencia exterior y cumplimiento de leyes y tradiciones devocionales sin un verdadero deseo de cambiar y mejorar como cristianos.

Santificar el día del Señor es algo que no se improvisa, la virtud de la penitencia, y sobre todo, el sacramento del perdón de los pecados, son como las rocas firmes con las que podemos aplastar el pecado y las inclinaciones del mal, a fin de hacer que renazca en nosotros el hombre nuevo renacido en Cristo.

Día en que uno se abstiene de pecar

Santificar el domingo es no solo convertirnos sino abstenernos del mal, abstenernos de pecar. Pues el verdadero reposo que Dios desea no se trata de ociosidad, sino de dejar las labores cotidianas que comúnmente nos impiden dedicar más tiempo a Dios, tratar más con El en la oración.

Día de reunirse en comunidad

La característica más antigua de los cristianos, es que el día del Señor el Domingo, se reúnen para celebrar la Pascua de su Señor Resucitado.

El descanso- abstenerse de trabajos serviles- no fue característica del domingo cristiano, sino hasta el siglo IV. Pero la reunión de la comunidad para celebrar la Eucaristía, ya estaba desde la primera generación (Jn 20,19.26; Hch 20,7).

Día de la manifestación de la Iglesia

Nunca somos más Iglesia como este día en que nos reunimos como hermanos en la Eucaristía. Nuestra asamblea dominical manifiesta el misterio mismo de la Iglesia. La Iglesia no es algo abstracto, sino una realidad concreta encarnada en un lugar: es el Pueblo de Dios, el Cuerpo visible y sacramental del Señor Resucitado, que se congrega en un lugar para celebrar la Pascua de Cristo y participar de ella.

Los cristianos no solo somos unas personas que creemos o que intentamos vivir el estilo del evangelio de Cristo. Somos Iglesia, comunidad. Iglesia significa convocatoria, reunión, comunidad. Familia de los Hijos de Dios.

En la celebración del domingo acrecentamos la comunión con Cristo y con nuestros hermanos. El domingo en su celebración nos educa , nos convoca, nos invita a crecer en nuestro sentido de pertenencia y de fidelidad a lo que somos, comunidad eclesial, en contra de la gran tentación: "la privatización de la fe". Si no participamos de esta asamblea dominical no podemos decir del todo que somos Iglesia. O que somos cristianos. Porque Cristo nos quiere salvar en comunidad.

Día de la Eucaristía

Por excelencia es el día en que los fieles que asisten a la Eucaristía dominical se manifiestan como unos cristianos que creen por ello lo profesan en el Credo, que escuchan a su Señor, con una actitud reverente en la escucha atenta de su palabra, que participan de su Cuerpo y de su Sangre, que oran y cantan, que dan gracias y ofrecen juntos, que hacen iglesia y que salen dispuestos a seguir construyendo ese Reino de Dios en sus casas, en sus trabajos, en sus escuelas, en todo lugar.


Día de descanso

En los primeros siglos hasta el cuarto, el domingo no tuvo como característica el descanso, porque socialmente era imposible, pues era un día de descanso como los demás, no le dieron importancia a este aspecto.

A las primeras generaciones cristiana no les pareció necesario dar a la celebración del domingo la característica que para los judíos tenía el sábado, el descanso del trabajo. Por mucho que apreciaban el carácter pascual y festivo del domingo, no relacionaron con él descanso "sabatino" de los judíos. En los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo en el concilio de Jerusalén, no se le alude a él. No creyeron que el precepto del tercer mandamiento, que tan estrictamente cumplían los judíos, afectara para nada el domingo.

El domingo no tuvo su origen como un "traslado" de un día a otro, como continuación del sábado: el domingo suponía una novedad radical, y se basaba fundamentalmente en la Resurrección del Señor, y no en una herencia de las costumbres judías, o en una continuidad cristianizada del reposo del sábado. Más bien se nota en estos primeros signos un distanciamiento explícito de la institución del sábado y sus características.

Antes de que en el siglo IV se decidiera el carácter festivo del domingo en la sociedad romana, los cristianos daban a este día un tono de celebración pascual, y se recomendaba dejar los negocios temporalmente al menos, para hacer posible la asistencia a la Eucaristía comunitaria.

Veían, en el domingo el día de la fiesta por excelencia de los cristianos, pero esa fiesta parecía concentrarse en la Eucaristía celebrada comunitariamente y en la alegría que experimentaban toda la jornada, recordando la Resurrección del Señor. Era un día cúltico, no de descanso civil.

Día de la caridad

No sólo es con celebraciones de oración con lo que señalamos los cristianos el domingo. Caben otras muchas iniciativas. Ya hablábamos en reflexiones anteriores sobre el estilo festivo del día entero, con el descanso y la alegría en contacto con la naturaleza, como acto de homenaje al resucitado.

Pero vale la pena recordar que las iniciativas que se refieren a la caridad fraterna son particularmente expresivas a la caridad fraterna son particularmente expresivas del domingo. El domingo es el día del gran "sí" de Dios a al humanidad, cuando resucitó a su Hijo de entre los muertos y los llevó a la vida nueva. El que se había entregado por los demás, fue así ensalzado por encima de todos.

Si la Eucaristía es lo más característico del domingo, tenemos que recordar que su celebración esencial apunta también a la fraternidad: somos un solo cuerpo porque comemos de un solo pan (1 Co 10, 17). Por tanto, también fuera de la celebración misma de la Eucaristía, el que se prolongue el clima y las iniciativas de la caridad, es sencillamente realizar en su plenitud lo que quiere ser el domingo como el día del
Señor, de la caridad y de la Eucaristía.

El domingo será más cristiano si está teñido de caridad: mayor cercanía a las personas, a los familiares, a los amigos; un día en que cultivamos la fraternidad, la amistad, la vida de familia; o en que decidimos alguna vez hacer visitas a parientes o conocidos, ancianos o enfermos y que bien sabeos que agradecen estos ratos de compañía; un día en que se nos ocurre algún detalle humano con los demás; o en que invitamos a alguien aquí; tenemos un santo olvidado; un día en que el haber celebrado la eucaristía del Señor con la comunidad luego nos despierta iniciativas de amabilidad, de una carta afectuosa que ya sabemos que alegrará a alguien, o un telefonazo amistoso, o un gesto de reconciliación y perdón, o un propósito de alegría, de optimismo y esperanza en nuestras conversaciones. Pueden ser detalles finos de un domingo cristiano.

El domingo es algo más que una vacación o el segundo día del fin de semanas. Es algo más que incluir obligatoriamente la eucaristía en nuestro programa. Es algo más que incluir obligatoriamente la eucaristía en nuestro programa. Es todo un estilo de vida pascual, humano y cristiano, estilo hecho de oración, de celebración común de alegría, de caridad, de esperanza, de espíritu común de alegría, de caridad, de esperanza de espíritu de ascua. Algo más que un "precepto".

El domingo con sus varias iniciativas y su vivencia pascual cristiana, nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos (dándonos paz, descanso, serenidad, equilibrio), con los demás (haciendo que los descubramos cada vez con ojos nuevos y viviendo con ellos la amistad, la fraternidad, la caridad cristiana), con la naturaleza (porque el "día primero" es también el día de la Creación), con la comunidad cristiana (porque es el día de la convocatoria por excelencia) y, sobre todo, con Cristo Resucitado, cuya presencia y comunicación es el misterio principal del domingo.

 

UNA MISA MAS EFECTIVA

También la celebración de la Eucaristía por la comunidad debería tener en domingo un tono claramente alegre y festivo.

La Misa no es primeramente el "cumplimiento de precepto", sino la experiencia comunitaria, fraterna, del encuentro con el Señor Resucitado, su palabra, su Eucaristía.

La Misa debería ser más "celebrativa" que "catequética o moralizante", más "fiesta" que clase". ¿Cómo hacerlo?

Aparte de las motivaciones que cada uno pueda tener, y que hay que ir enriqueciendo progresivamente, esto depende de muchos pequeños detalles: un clima más humano y acogedor, una estética gozosa en los espacios y en el adorno de luces y flores, un ritmo más armónico entre palabras y silencios, el canto más participado por parte de todos (cantos de fiesta pascual, más que penitenciales o morales), una organización más variada de los ministerios, el uso equilibrado pero imaginativo de símbolos.

Y sobre todo, la experiencia de una comunidad que, aunque en las grandes ciudades no sea muy conocida, puede llevar a todos a la convicción de una misma fe y de unos mismos sentimientos a partir del punto de referencia común: Cristo Resucitado. Una comunidad que se reúne, que reza y canta, y que celebra una misma Eucaristía, por poco que le ayuden el lenguaje de las moniciones, de la homilía o los cantos que se entonan, pueden crecer en su convicción de ser la comunidad del Señor Resucitado. San Jerónimo decía: "No es la fiesta la que provoca la asamblea, sino la asamblea la que provoca la fiesta: verse juntos los unos con los otros es la fuente de la mayor alegría" (Gál 2,4).

No se trata de una fiesta desbordante: todos saltando de gozo o batiendo palmas o abrazándose de emoción. La Eucaristía es una celebración sería. Pero que nos puede dar una alegría serena y pascual, por los valores que compartimos. La alegría no nos viene sobre todo de fuera, sino de dentro.

 

 
Todos los derechos reservados ® ARQUIDIOCESIS DE SAN LUIS POTOSÍ
DISEÑO GRAFICO Y WEB HOSTING: HN-E <SOLUTIONS>