DIVISION Y PARTES
DEL AÑO LITURGICO
 
I. Tiempo de Adviento

Preparemos el camino del Señor

Sabemos que Jesucristo nos redimió mediante su ofrecimiento al Padre. La cruz constituye, en el proceso de salvación, el punto más alto del amor de Cristo por la humanidad y de su obediencia al Plan del Padre. Pero este proceso tiene su principio en la Encarnación.

Hablando de la Pascua, hemos subrayado esta unidad en la vida del Señor: "Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28). Toda la vida de Cristo es una Pascua, un paso, que nos da la redención. El cenit de este proceso de salvación lo encontramos en su muerte y resurrección. Al celebrar de manera especial esta expresión suprema del amor de Jesús en la Pascua, no está fuera de lugar recordar el inicio de la manifestación de su amor, celebrando su venida, su "Adviento".

Al celebrar la Iglesia el Adviento, nos invita a meditar fundamentalmente la venida del Señor. Esta venida se nos presenta en tres dimensiones: Adviento Histórico, Adviento Místico y Adviento Escatológico.

Por Adviento Histórico, se entiende la espera en que vivieron los pueblos que ansiaban la venida del Salvador. Este período va desde Adán hasta la encarnación; abarca todo el Antiguo Testamento. La predicación que hicieron entonces los profetas constituye también hoy la enseñanza importantísima para preparar los corazones a la llegada del Señor. Acercarse a esta historia, es encontrarse a sí mismo, sediento de Dios. Escuchar esa predicación profética, es sentirse estremecer hasta lo más hondo para abrirse al Señor que quiere encontrar su morada en nuestra vida.

Por Adviento Místico, se entiende la preparación moral del hombre de hoy a la venida del Señor. Es un Adviento actual. Se trata de una actividad evangelizadora para disponer al hombre, como persona, y a la comunidad humana como sociedad, a aceptar la salvación que viene del Señor. Es por eso que el Adviento es considerado como tiempo privilegiado para la actividad evangelizadora y como tiempo fuerte de oración. Jesús es el Señor que viene constantemente al hombre. Es necesario que el hombre se percate de esta gran realidad, para estar como quien tiene el corazón abierto, listo para que entre el Señor. El adviento, entendido así, es de suma actualidad e importancia.

Por Adviento Escatológico, se entiende la propia acción a la llegada definitiva del Señor, cuando volverá para coronar definitivamente su obra redentora, dando a cada uno según sus obras.

Algunas sectas hablan de esta segunda venida de Cristo en términos impresionantes, asustando a la gente con el anuncio inminente de su llegada. La Iglesia en cambio, desde hace muchos siglos, invita a los hombres mediante la celebración anual del Adviento, a prepararse a esta segunda venida, cuya fecha nadie conoce.

Teniendo presente estas tres dimensiones del Adviento, podemos decir que esta celebración manifiesta cómo todo el tiempo gira alrededor de Cristo: Ayer, Hoy y Siempre.


El Adviento entre el nacimiento de Cristo y la Parusía


La venida de Cristo y su presencia en el mundo es ya un hecho. Cristo sigue presente en la Iglesia y en el mundo, y prolongará su presencia hasta el final de os tiempos. ¿Por qué, pues, esperar y ansiar su venida? Esta reflexión nos pone de frente a una tremenda paradoja: la presencia y la ausencia de Cristo, al mismo tiempo, presente y ausente, posesión y herencia, actualidad de gracia y promesa. El Adviento nos sitúa, como dicen hoy los teólogos, entre el "ya" de la encarnación y el "todavía no" de la plenitud escatológica (al final de los tiempos).

Cristo está, sí, presente en medio de nosotros; pero su presencia no es aún total, ni definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía el mensaje del Evangelio, que no han reconocido a Jesucristo. El mundo no ha sido todavía reconciliado plenamente con el Padre; en germen sí: todo ha sido reconciliado con Dios en Cristo. Pero la gracia de la reconciliación no baña todavía las esferas del mundo y de la historia. Es preciso seguir ansiando la venida plena del Señor. Hasta la reconciliación universal al final de los tiempos la esperanza del adviento seguirá teniendo sentido y podemos seguir orando: "Venga a nosotros tu reino".

Lo mismo, en lo más profundo de nuestra vida personal, la luz de Cristo no se ha posesionado todavía de nuestro yo más íntimo: de ese yo que nos parece irrenunciable. También nuestra vida personal ha de seguir esperando la venida plena del Señor Jesús.


II. Tiempo de Navidad

La Navidad es la fiesta de la pobreza. Todas las circunstancias del nacimiento de Jesús respiran amor -un amor lleno de veneración- por esta virtud. En vez de casa, tuvo un establo; en vez de cuna, un pesebre, ni el más pequeño confort, ni la más elemental comodidad. Nace como un desconocido, ante la indiferencia de los poderosos. Sólo los pobres -María, José, los pastores-acogen su venida con alegría. Intuyen - confusamente quizás- el sentido de aquel misterio de pobreza. Bajo tanta humillación y tanto despojamiento adivinan el comienzo de la verdadera exaltación y del auténtico enriquecimiento.

San Pablo lo formula con rotundidad: "conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que se empobreció por nosotros, aun siendo rico, para que vosotros os enriqueciéramos con su pobreza". Navidad no enaltece la pobreza como si se tratara de un valor absoluto. Proclama el estilo de Dios que de las cosas pequeñas y desprecias a los ojos del mundo, quiso hacer trampolín para altas y honrosas a sus ojos.

La pobreza externa signo del desprendimiento interior es una lección clara de navidad. Es también una condición indispensable de la actitud necesaria para realizar progresivamente la renovación de la vida cristiana que la Iglesia de nuestros días se ha impuesto como un deber urgente e improrrogable. Si esta reforma nos coloca algunas veces en situaciones incómodas es una inequívoca señal de que comenzamos a entrar en el Espíritu y en la realidad de la pobreza. Porque la pobreza nunca ha sido cómoda ni confortable.

 

III. Tiempo de Cuaresma

Tiempo que obliga a reflexionar sobre nuestras relaciones con Nuestro Padre y restablece el orden que debe reinar entre hermanos: tiempo que nos hace corresponsales los unos de los otros, nos arranca de nuestros egoísmos, de nuestras pequeñeces, de nuestras mezquindades, de nuestro orgullo: tiempo que nos aclara y nos hace comprender mejor que nosotros, a ejemplo de Cristo, debemos servir.

Tiempo de verdad que, como el buen samaritano, nos hace detenernos en el camino, reconocer a nuestro hermano y poner nuestro tiempo y nuestros bienes a su servicio en un compartir cotidiano. ¡El buen samaritano es la Iglesia! ¡El buen samaritano es cada
uno de nosotros! ¡Por vocación! ¡Por deber! El buen samaritano vive la caridad.

San Pablo dice: "Somos, pues, embajadores de Cristo" (2 Cor 5, 20). ¡Es una responsabilidad nuestra! Somos enviados a nuestros hermanos. Respondamos generosamente a esta confianza que Cristo ha puesto en nosotros. Sí, la cuaresma es un tiempo de verdad. Examinemos con sinceridad, franqueza, sencillez. Nuestro hermano está en el pobre, el enfermo, el marginado, el anciano. ¿Cómo va nuestro amor, nuestra verdad?

Hay que abrir nuestra inteligencia para mirar en derredor nuestro: abramos nuestro corazón para comprender y simpatizar, nuestra mano para socorrer.

Las necesidades son enormes, por ello hay que participar con generosidad en ese compartir.

Significado de la Cuaresma

Al principio del siglo IV encontramos en Oriente los primeros indicios del tiempo prepascual destinado a una preparación espiritual al gran misterio de la Pascua. Para el Occidente los testimonios directos son de fines de siglo IV.

Al empezar a celebrar un tiempo de preparación para la Pascua fue adquiriendo cada vez más un sentido penitencial, es decir, de participación voluntaria en los sufrimientos del redentor.

La cuaresma está toda orientada hacia la solemnidad de la Pascua, la fiesta central. Este tiempo indica la distancia de nuestra naturaleza caída y nos lleva por el largo camino del retorno hacia Cristo. Son tres las realidades que domina el escenario cuaresmal: la Cruz, la Penitencia y el Bautismo.

En efecto, el cristiano, invitado por la Iglesia a la oración, a la penitencia y al ayuno, a despojarse de sí mismo, interior y exteriormente, se coloca ante su Dios y se reconoce, se descubre de nuevo.

"Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te convertirás" (palabras de imposición de la ceniza). Acuérdate, hombre de que no estás llamado solamente a las realidades de los bienes terrenos y materiales que pueden desviarte de lo esencial. Acuérdate, hombre, de tu vocación primordial: vienes de Dios y vuelves a Dios, yendo hacia la resurrección, que es el camino trazado por Cristo. "El que no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo" (Lc 14, 27).

Tiempo de verdad profunda, que convierte, da esperanza volviendo a poner todo en su justo fugar calma y hace nacer el optimismo.


Para Vivir la Cuaresma

La Cuaresma es como un extenso camino en el que la Iglesia hace pasar ante sí misma todo el misterio de la vida humana. Mediante esta estructura pedagógica el creyente va contemplando los grandes símbolos de la existencia y contrastándose con el mensaje de la palabra de Dios. "Es un tiempo oportuno, favorable" en el que la Iglesia hace un alto en el camino para revisar, reflexionar, corregir, enderezar.

El mensaje que evoca la Cuaresma lo podemos resumir así: La vida humana es un proceso de maduración hacia la realización de la promesa, gracia que se los concederá con la venida del reino de Dios en la fiesta definitiva. El símbolo fundamental de la cuaresma es la "cuarentena". En la Biblia el número cuatro distinguido de ceros indica la condición terrestre del hombre pecador, penitente, acechado por mil trabajos. El Diluvio duró cuarenta días (Gen 7, 17); cuatrocientos fueron los años que estuvieron los hijos de Jacob en Egipto (Gen.15,13); Moisés y Elías llega al encuentro con Dios después de una purificación de cuarenta días y noches en la montaña (Ex 24, 18; 1 Re 19, 3-8); el pueblo liberado de la esclavitud alcanzó la promesa tras un largo desierto de cuarenta años (Dt 1,1-3; 8, 2-15). Jesús mismo sufrió una apretada cuaresma (Mt 4,2). Así es la vida, una cuaresma.

Este tiempo es ocasión para la revisión de una iglesia que se debe reconocer también pecadora. Es un momento oportuno para que la comunidad caiga en cuenta de que no debe dejar nunca en el esfuerzo de la penitencia: esa penitencia común que debe realizar todo hombre, pues el pecado no desaparece del todo en nuestra vida. La superación total del pecado es un don de los últimos tiempos. La comunidad tiene que tomar conciencia de su pecado y reemprender una actitud penitencial que nunca debió interrumpir. Además, este tiempo, tradicionalmente es ocasión para realizar el sacramento de la penitencia o aquellos miembros de la comunidad que tienen que volver a recuperar la opción bautismal que han roto por el pecado.

La Cuaresma proclama la misericordia de Dios que nunca se agota en el ofrecimiento del perdón de los pecados y es una llamada a la conversión manifestada con frutos dignos de penitencia. La primera segunda semanas cifran estos frutos de la conversión en la práctica de la oración, el ayuno, la limosna.... Pero, a la vez, nos hacen caer en la cuenta de que no son obras exteriores lo que agrada a Dios, sino la sino la conversión interior, el cambio de corazón, la regeneración de la persona desde su misma raíz.

La Cuaresma es, además, el gran símbolo de la liberación social. La salvación que Dios ofrece en el camino de la vida, es una liberación. Eso fue la Pascua de Israel; hacia la liberación caminó Jesús pasando de este mundo de pecado al Padre; a un mundo ofrecido gratuitamente por Dios. Por conseguir esta liberación, gimen las criaturas esclavizadas.

La Cuaresma no se vive auténticamente sino se hace además revisión de la situación concreta en que vive la sociedad y sin tomar una posición ante las estructuras de injusticia, opresión y pecado que rodean al hombre y le van conformando poco a poco en una criatura envejecida y caduca.

La fiesta de Pascua es el fin de la Cuaresma, como la realización de la Promesa de Dios que será la culminación de nuestra vida. Así, de un modo pedagógico, la Iglesia revisa su existencia y mantiene erguida la esperanza en un futuro que se ha hecho presente en la Muerte y Resurrección de su Señor Jesucristo.

Normas Sobre el Ayuno y la Abstinencia del Episcopado Mexicano

Conscientes de la situación de pobreza en que viven muchos sectores de fieles, y dado que nuestra cultura admite otros signos más adecuados de penitencia, disponemos:

Que se pueda suplir la abstinencia de carne, todos los viernes del año a excepción del miércoles de Ceniza y Viernes Santo:

- Por la abstinencia de aquellos alimentos que para cada uno significa especial agrado, sea por la materia o por el modo de confección.
- O por una especial obra de caridad.
- O por una especial obra de piedad.
- O por otro significativo sacrificio voluntario.

Sujeto de la ley del ayuno y la abstinencia:

- Abstinencia de carne: todos los que han cumplido 14 años. La ancianidad por sí sola, no exime de esta ley de abstinencia.
- Ayuno: obliga a todos los que han cumplido 18 años, hasta el comienzo de los sesenta.

Se recomienda en este tiempo rezar el Vía Crucis.

 


IV. Tiempo de Pascua


Es el corazón de todo el año litúrgico. La noche santa de Pascua renueva de manera viva y real el recuerdo de la resurrección de Cristo, y es ella misma un acontecimiento nuevo cada año al incorporarnos más estrechamente al Misterio de Cristo. La celebración de la Pascua de Cristo y de los cristianos se realiza por la noche, porque es una evocación de la noche del éxodo en tiempos de Moisés y de la noche alegre que Ilevó a la aurora de la resurrección de Cristo. Pero también porque en ella misma hay un símbolo de aquello que sucede en cada cristiano y en toda la Iglesia: el paso de las tinieblas a la luz, de lo viejo y lo caduco a fa novedad de la vida, de la muerte a la vitalización, del pecado a la gracia.

La Vigilia pascual es una fiesta de luz. El fuego nuevo enciende el cirio pascual - símbolo de Cristo resucitado- que ilumina progresivamente toda la asamblea. La noche santa se anuncia "clara como el día" y hacer prorrumpir de alegría a toda la Iglesia. Es también una fiesta bautismal. Una celebración de la palabra nos invita a meditar: repasa los grandes momentos de la historia de salvación, que culminan en la regeneración obrada por las aguas del Bautismo. Estas aguas son bendecidas solamente y -si es posible- utilizadas inmediatamente en la celebración del sacramento. Todos los cristianos renuevan sus promesas del bautismo. La Vigilia culmina en la Eucaristía. Ella da sentido a toda la fiesta. Por ella memorial de la Pascua, la Iglesia celebra el triunfo de Cristo. Por ella, sacramento pascual se realiza en Cristo nuestro paso de muerte a vida.

La unidad profunda entre todos los aspectos de la vida cristiana proviene del hecho central de la historia de la salvación: la muerte y la glorificación de Jesucristo, que toda la tradición conoce con el nombre de Misterio Pascual. La vida cristiana es una fe, es un culto y es una moral, pero el objeto de todas y cada una de estas actividades es siempre el mismo: el hecho pascual de Jesucristo. El Misterio pascual proclamado y creído, celebrado y participado, vivido y comunicado, es el núcleo de toda la existencia cristiana y de toda la actividad pastoral de la Iglesia.

Al vivir la celebración de todos los pasos del único movimiento redentor de Jesucristo, los cristianos realizamos una profundización en nuestra fe y una revitalización de nuestra conducta. La celebración es expresión de la fe y motor de la vida. Porque creemos en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros, celebramos su misterio de amor a través de unas acciones festivas y simbólicas, y para que los signos litúrgicos no sean manifestación engañosa de la fe -de una fe viva- nos comprometemos a una vida sincera de caridad, fe, liturgia, moral: todo queda inserto en la única realidad que salva, la persona de Jesucristo y su triunfo total sobre el dominio de la muerte.

En cada uno de los tres aspectos del Misterio Pascual podemos ver puntos de contacto y síntomas de divergencia con la mentalidad del hombre actual. El aspecto de la muerte de Cristo es el primer momento; del ritmo pascual y nos indica que el cristianismo supone siempre la destrucción de alguna cosa para poder llegar a la plenitud de la vida. Según las mismas palabras de Jesús "si el grano de trigo que cae en tierra no muere queda solo; pero si muere da mucho fruto".

 


V. Tiempo Ordinario

El tiempo ordinario abarca las semanas que van de Epifanía a la Cuaresma y las que siguen a la Fiesta, Pentecostés y terminan con la semana que sigue a fiesta de Cristo Rey.

La diferencia en los Tiempos Fuertes, es que éstos celebran los diferentes momentos de la Historia de la Salvación y de allí toman su coloración y su significado. Este tiempo se desarrolla de domingo en domingo celebrando particularmente la Pascua Semanal. Su nombre viene de "dominus": el Señor, o también del día Señorial; título que la fe Apostólica ha atribuido a Cristo en relación a su Resurrección.

El domingo es el día en que se celebra la victoria pascual de Cristo a través de la inmolación de la cruz. Pero no se trata sólo de recordar un acontecimiento del pasado, sino del hecho de que el Señor presente en medio de los suyos, reunido en la asamblea para escuchar su palabra y celebrar su Eucaristía.

En este tiempo aparece mucho la celebración de los Santos que son un testimonio de la vivencia del Misterio Pascual. Celebramos también el camino fatigoso de la Iglesia que tiene en vista a la Iglesia Celeste. Por esto las últimas semanas están dominadas por el pensamiento del fin del mundo y terminan en la visión de la realeza universal de Cristo y de la gloria de los Santos.