¿Qué
es el Año Litúrgico?
El Año
litúrgico constituye uno de los temas de mayor interés
en la formación litúrgica, no sólo como ejemplo
de edificación para el cristiano sino ante todo con la visión
teológica de los documentos más recientes del Magisterio.
Ya desde Pío XII se acentuaba la importancia del Año Litúrgico
diciendo que: "es Cristo mismo, que vive en su Iglesia siempre
y prosigue el camino de inmensa misericordia por El iniciado... para
hacernos vivir sus misterios que están perennemente presentes
y operantes..." (Mediator Del 205).
El Concilio
Vaticano II por su parte ha insistido que "la Iglesia abre a los
fíeles los tesoros de poder y los méritos de su Señor...
de manera que se llenen de la gracia de la salvación". (Constitución
de Liturgia 102).
El
Año Litúrgico Hebreo
El año
hebreo era inicialmente caracterizado, por tres grandes fiestas anuales
de características agrícola; la fiesta de los ázimos,
de la siega y de la recolección de los frutos. (Ex 23, 14-17;
34, 18-23). Las fiesta están fijadas en relación con las
estaciones y no a al algún día especial.
En Deut
16, 1-17 se nos habla de un cambio de nombres y se llaman por su orden:
Pascua, ázimos, de las Semanas y de las Tiendas. Este cambio
no es casual, denota que se consideran ya no como fiestas naturalísticas,
sino que ahora estos hechos agrarios coinciden con el surgir del pueblo
de Dios.
El hebraísmo
hace que las mismas fiestas sean expresiones de puntos culminantes de
la Historia de la Salvación, o sea de las intervenciones divinas
que dan origen al Pueblo de Dios. Así los ázimos vienen
a ser denominados como la pascua, en recuerdo del pasaje libertador
de Yahvé en Egipto; la siega será la fiesta de las siete
semanas de la liberación que culminan con el día de la
Teofonía del Sinaí y de la Proclamación de la Alianza;
la recolección se transformará en fiesta de las tiendas,
en recuerdo del tiempo del desierto, tiempo feliz en el que Dios habitaba
en una tienda en su pueblo (Lev 23/ 4-36; Deut 16, 1-17).
El año,
la semana y el día tienen en el ambiente hebreo una referencia
particular a la Pascua. Cada día hebreo era en efecto caracterizado
por la ofrenda de un sacrificio cotidiano que se llamaba sacrificio
perpetuo y que era entendido como el memorial del día más
grande en la historia religiosa hebrea.
En Núm.
28, 6, se dice expresamente a propósito del Tamid que es el sacrificio
que fue ofrecido como holocausto de gratísimo olor a Dios en
el monte del Sinaí; o sea que el Tamid debía perpetuar
el sacrificio de la alianza y por lo tanto representaba una renovación
continua de la antigua y fundamental alianza que fue sancionada por
el sacrificio del Sinaí. La oferta de aquel sacrificio constituyó
la razón por la cual Dios
liberó a su pueblo. (Ex 3, 12; 3, 18; 7, 16; 9, 13).
El Año Litúrgico Cristiano
El año
litúrgico cristiano se presenta organizado como un ciclo anual
de los misterios de Cristo y de las fiestas de los santos, ya que los
mismos misterios son la concreta realización de la Iglesia. El
ciclo anual tiene la finalidad de insertar en el tiempo de la Iglesia
la realidad de salvación que se tiene con el tiempo de Cristo,
y así en cierto sentido el año litúrgico cristiano
depende esencialmente de Cristo, del cual no puede ser de ningún
modo separado. Pero se consideró su organización al menos
de estructura esencial y se debe reconocer que el año litúrgico
cristiano se inserta profundamente en el hebreo. Como el cristianismo
se ha desarrollado en el terreno de fe del hebraísmo, así
muchas de sus estructuras litúrgicas esenciales son una evolución
de las ya preexistentes en el Antiguo Testamento, de modo que el año
cristiano viene a ser el cumplimiento, es decir, la salvación
que en el Antiguo Testamento era prefigurada y anunciada, el Nuevo Testamento
es una realidad y verdad.
En consecuencia,
todo el Año Litúrgico estará centrado en la Pascua,
la Pascua de Cristo, o sea de su obra de Redención-Alianza que
se realizará en su muerte y resurrección, síntesis
de todo el misterio de salvación.
Cristo, Plenitud de los Tiempos
Con Cristo
la historia de la salvación entra en la fase de la realidad total.
El ha realizado el tiempo; el tiempo de la salvación queda en
el plano de acontecimiento y como tal quedará para siempre, porque
Cristo es la realidad de la salvación y estará con nosotros
hasta el final de los siglos (Mc 28, 20); porque ha puesto su morada
entre los hombres con toda la plenitud de gracia y de verdad Jn. 14).
Porque en El la gracia y la verdad se ha convertido en acontecimientos
(Jn 1, 17). Jesús mismo proclamando (Lc. 17,21) que en El se
han realizado las palabras proféticas de la Escritura, ha abierto
los ojos y ha proclamado el año de gracia del Señor. Un
año que comienza hoy en Cristo y más propiamente inicia
el hoy de Cristo, este hoy por el cual entra como hijo de Dios en el
Mundo, como cumplimiento de la promesa (Hech 13,33; Le. 3, 22) y que
no puede cesar más porque Cristo del pasado es hoy y será
para siempre (Heb 13, 8). Con estas palabras no se hace tanto una afirmación
de la eternidad de Cristo sino más bien un acelerar el intervento
de Cristo en nuestra historia como fue en el ayer del tiempo y de su
vida terrena, continúa el hoy que durará para el futuro.
Este
hoy de Cristo hace nuestro hoy cristiano. El con su Encarnación
no se ha insertado en el tiempo cósmico sino en el tiempo histórico
de los hombres, haciendo un tiempo real y siempre actual de la historia
de la salvación. Nosotros en efecto somos partícipes de
Cristo (Heb. 3, 14) en el momento en que El se ha hecho partícipe
de nuestra carne y nuestra sangre haciéndonos entrar en su hoy
que constituye el cumplimiento del tiempo de aquella salvación
del que El es portador y que ha hecho que todavía por todo el
tiempo venga proclamado como un hoy (Hech 3,13).
En Cristo
pues la salvación no sólo es realidad y acontecimiento,
sino también ha entrado en la historia, es decir, ha llegado
a ser el primer momento en un plano ontológico de comunidad de
naturaleza cuando no sólo ha padecido para entrar a su gloria
(Lc 24, 26), sino también nosotros hemos muerto en El (Col 1,
20) y hemos sido resucitados (Ef 2, 6; Col 2, 20) y hemos sido resucitados
(Ef 2, 6; Col 2,12; 3, I).
En un
segundo momento el acontecimiento de la salvación pesa a un plano
igualmente ontológico y personal, cuando en la celebración
litúrgica el misterio de Cristo se pone en contacto con cada
individuo y con cada una de las comunidades que forman en concreto su
Iglesia, o sea su plenitud (Ef 1, 23).
Cristo
mismo hace ver que El cumple le realidad de la Pascua en el madero de
la cruz, utilizando el mismo rito pascual de la última cena con
pan ázimo y vino acompañado de cantos y oraciones y se
trata de una realidad nueva. No es el pan de la amargura y el dolor
que recuerda los tiempos pasados, sino el pan que es cuerpo que sufre
y muere en el sacrificio de la pasión inminente. No da el cáliz
del vino que se recoge en Palestina como un signo de una alianza realizada
con la ocupación de la tierra prometida, sino habla más
bien del cáliz de la nueva y eterna alianza, hecha con su sangre
para la redención de los pecados. Y así como la Pascua
se celebrará en memoria del día de la liberación
(Ex 12, 14), la Pascua actual se celebra con el Cuerpo y la Sangre de
Cristo.
