ELEMENTOS BASICOS DE LA VOCACION
Pbro. Luis Santiago Flores Lucio
 


a) La elección por parte de Dios. En el origen de toda vocación hay una elección divina. La elección se manifiesta de múltiples maneras:

A veces por medio de instrumentos humanos: llama a un hombre por medio de otros hombres encargados o inspirados por Él ( cfr. 1 Sam 10, 1; 16, 22; Ex 28, 1).

Esta elección a veces se manifiesta en una especie de "posesión" suele ser el cambio del "nombre" (Gn 17, 1; 32,29) o el simple hecho de pronunciar su nombre ( cfr. Gn 15, 1; 22, 1; Ex 3, 4; Jer 1, 11; Am 7, 8; 8, 2).

b) La misión a cumplir por parte del elegido. En el término de toda vocación hay una voluntad divina a cumplir, es decir, una misión que realizar por parte del elegido. Este elemento de la misión se pone de manifiesto en:

El envío. Si Dios llama es para enviar. Dios repite a los elegidos la misma orden: "Ve" (cfr. Gn 12, 1; Ex 3, 10-16; Am 7, 15; Is. 6, 9; Jer 1, 7; Ez 3, 1-4).

Tarea a desempeñar dentro de la historia de la salvación. La vocación es para realizar un designio particular dentro del plan divino de salvación. Función en orden a la edificación del Pueblo de Dios. Toda vocación va dirigida a la edificación y realización de los planes de Dios sobre la comunidad.

c) Respuesta total del hombre elegido. La elección de Dios para una misión particular no quita la libertad del hombre. Tiene que ser una elección libre, aceptada por el hombre. La respuesta del hombre reviste estas características.

A veces instantánea ( Gn 12, 4; Is 6,8), pero con frecuencia está sometida a los riesgos del miedo y de la negativa (Ex 4, 10s; Jer 1, 6; 20, 7; Jn 1, 3).

Lleva consigo la transformación radical de toda la existencia del elegido, no sólo en sus condiciones externas, sino también en el más íntimo interior. La vocación hace del elegido un ser "apartado" y hasta un "extraño" entre los suyos (cfr. Gn 12, 1; Is 8, 11; Jer 12, 6; 15, 10; 16, 1-9).

Comporta una especial investidura de Dios: mediante una comunicación del Espíritu de Yahveh (cfr. 1 Sam 10, 6; 16,13; Is 2,2; 42,1) o del Espíritu de Cristo ( cfr. Jn 20,22; 15, 26; 16,7; 14,16).