Pbro. Carlos Aguilar Jiménez



TEMPLO DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESUS
(antes Nuestra Señora de los Remedios)

En el llamado popularmente jardín de San Francisco, algo que llama la atención es la existencia de tres templos: San Francisco, La Tercera Orden y el templo del Sagrado Corazón de Jesús, antes, Nuestra Señora de los Remedios. ¿Por qué somos testigos de esta rareza? Realmente es porque poco se sabe que ahí existió el Convento de San Francisco, perteneciente a la provincia de Zacatecas; fue erigido en el año de 1591, siendo de importantes dimensiones; ubicándolo actualmente estaría más o menos así: por el oriente la hoy calle 5 de mayo; no existía la de Vallejo; por el poniente, Indepen-dencia; por el Sur, Comonfort y por el Norte, el callejón de Universidad, a un costado del templo de San Francisco.

Llegó a ser el más importante de la provincia zacatecana ya que desde 1722 en este convento se realizaban los capítulos generales de la orden. La capilla de Ntra. Sra. de los Remedios, al igual que los otros dos templos, se encontraba enclavada en lo que sería el patio de la casa conventual. El origen de ésta se debió a una acción de gracias que hiciera ni más ni menos que un gran varón franciscano cronista e historiador, de gran trascendencia en la obra de la orden de San Luis: Fray José de Arlegui.

Parece irónico que a pesar de su riqueza literaria, no existan elementos suficientes para realizar un completo elenco biográfico de su vida. Lo único que se sabe es que fue oriundo de la Villa de la Guardia, provincia de Alava, España y que probablemente nació en 1866; en 1701, el 6 de julio, vistió el hábito franciscano y profesó un año después; llegó a la provincia de Zacatecas en 1715 de la que fue lector jubilado, regente de estudios, cronista y provincial en el trienio de 1725 a 1728, y murió en San Luis el 3 de marzo de 1750.

Al tener el oficio de poner por escrito los anales de los aconte-cimientos de la dicha provincia, se tiene su obra titulada: “Crónica de la provincia de Zacatecas” (1735) entre otras cosas, relata ahí cómo y por qué construyó la capilla de Ntra. Sra. de los Remedios. Al terminar su trienio provincial llevó a cabo la edificación, dedicada a una imagen de Ntra. Sra. de los Remedios que por muchos años tuvo en su compañía, y de quien recibió el favor de la vida cuando menos lo esperaba por lo complicado de una enfermedad.

Deseando hacerle un templo, se puso a considerar su caudal que consistía en dos botijas de aceite que sobraron de la provisión del capítulo que había terminado; por lo valioso del aceite en esa época y con la ayuda del síndico logró venderlo en 50 pesos que empleó para comenzar la obra, que duraría tres años. Se colocó la primera piedra el 8 de septiembre de 1728 y la construcción concluyó el 5 de febrero de 1735, teniendo un costo total de catorce mil pesos, todo se logró con limosnas de personas de San Luis, Zacatecas, y Chihuahua.

El templo, según la crónica, es de 35 varas de largo (27 metros aprox.) y de ancho 7 metros y medio, de una sola nave con 5 bóvedas y el camarín para la virgen; su portada es sencilla y remata con una espadaña de 2 cuerpos con tres vanos para colocar una campana en cada uno. Este frontal ha sido muy poco modificado con excepción, de los querubines que existían junto al arco de acceso y que fueron totalmente destruidos, además de la colocación del escudo del Sagrado Corazón arriba del nicho de la Virgen de los Remedios, ambos de cantera, cuando el templo cambió de advocación.

Este lugar sagrado cumplió con su cometido dentro del convento y fue utilizado por los franciscanos para adoctrinar a los indios.

A mediados del siglo ocurrió la Reforma que entre otras cosas implicó la confiscación de los bienes eclesiásticos de la Iglesia (no del clero, como se entendió) y la inconsciente destrucción de dichos tesoros difíciles de recuperar; esta acción destructiva perjudicó, desde luego, al convento de los religiosos, que fue mutilado, fraccionado y vendido en lotes a particulares, a gente sin sentido religioso, con liberales y a miembros de la logias masónicas; poco fue lo que se recuperó por la intervención de los religiosos a las autoridades: los templos de San Francisco y Tercera Orden. La capilla de los Remedios no corrió con la suerte anterior, sino que fue vendida como, “el lote No. 8” a un particular regiomontano llamado Juan Bocanegra, de oficio marmolero, que convirtió el sagrado recinto en taller de su actividad.

Entre otras funciones fue bodega de armamento, e inclusive, fuentes orales, hablan de que la utilizaron como zapatería; es decir, sirvió para muchas cosas profanas y al pasar el tiempo, quedó en completo abandono casi al terminar el siglo pasado.

Por tratarse de un lugar consagrado, donde varias veces se celebró el sacrificio vivo del Señor, y por lo tanto su morada de Cristo en el Santísimo Sacramento, no podía venir a menos que las autoridades eclesiásticas de aquella época pasaran por alto tal situación y por tal motivo se le encomendó la difícil tarea de levantar lo que manos profanas destruyeron y dignificar la casa de Dios, a un ilustre antepasado: el Canónigo Agustín María Jiménez Torres.

Nacido en San Juan del Río, Querétaro el 26 de septiembre de 1854, hijo de Amador Jiménez y de Guadalupe Torres, ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1876 de manos del Sr. Obispo Nicanor Corona segundo prelado de la diócesis potosina, fue maestro del seminario, además párroco de San Sebastián (1882), Matehuala (1885), secretario y vicario general del Sr. Obispo Ignacio Montes de Oca de 1905-1914; fue desterrado de San Luis el 14 de julio de 1914, donde muere el 20 de julio de 1920. Fue gobernador de la mitra en la ausencia del prelado. Existe un documento escrito por otro gran célebre sacerdote de esta diócesis el Pbro. Ricardo B. Anaya titulado: “Elogio fúnebre del Ilustradísimo Sr. Dean Dn. Agustín M. Jiménez” que pronunció la mañana del 3 de noviembre de 1949 con motivo de la traslación de sus restos del panteón del Saucito a la Iglesia del Sagrado Corazón; este escrito ilustra de manera clara su vida, además que habla de lo meritorio de la obra de restauración de dicha capilla.

El padre Anaya escribe:“...Y quienes supieron de la noble y costosa empresa de rescatar esta capilla de manos profanas para dedicarla al culto del Sagrado Corazón, podrán recordar la alegría que embargaba al ánimo del Sr. Jiménez aquel cuatro de agosto de mil ochocientos noventa y cuatro, cuando el Ilmo. Sr. Don Tomás Barón Morales, Obispo de León, en representación del prelado diocesano, que se encontraba ausente y a nombre de la guardia de honor y del Apostolado de la Oración, bendecía solemnemente la Iglesia. Y muchos le vimos durante más de doce años, incansable y humilde, pidiendo por amor de Dios una limosna de diez centavos semanarios para el decoro de esta misma Iglesia, que por fin, suntuosa y ricamente embellecida, fue dedicada con toda la solemnidad de la liturgia y su altar consagrado por el Ilmo. Sr. Dn. Jesús María Echeverría, Obispo de Saltillo, el 5 de diciembre de 1908”.

Entre los deseos del Sr. Jiménez de cambiar la advocación al Sagrado Corazón de Cristo el templo, fue, aparte de su amor a Él, también de consagrarlo a la diócesis. Hecho que logró el 6 de enero de 1914, en el mismo momento que el Sr. Arzobispo de México y demás Sres. Obispos lo hacían a la nación.



Algunos de los bienhechores de este templo en aquella ocasión fueron: La Sra. Amelia Gómez del Campo que cedió la imagen del Sagrado Corazón; el Sr. Ramón Othón, familiar de Manuel José Othón (a quien no podemos también descartar como colaborador en esta obra ya que existía una amistad entrañable con este tío bisabuelo), también se habla de una Sra. Vda. de Gándara a quien se ubica como descendiente de Doña María Francisca de la Gándara, potosina, esposa del brigadier Félix María Calleja, virrey de la Nueva España.

Una tradición familiar cuenta que, en las labores de restauración de la capilla, la imagen de Ntra. Sra. de los Remedios (perteneciente al ya mencionado Fray José de Arlegui) fue hallada entre los escombros. Actualmente ocupa un lugar especial, a la izquierda del templo en un nicho debidamente alumbrado. Es pequeña, ricamente ataviada con un manto bordado en oro, con su cetro de reina y sobre la base, algunos escudos; el de armas de San Luis y algunos episcopales. Enseguida de donde se encuentra el trono de la Virgen, se halla el sepulcro del Sr. Jiménez.

Fue hasta los años de 1948 y 1949 cuando se llevó acabo otra restauración, a cargo del Sr. Canónigo Pedro Moctezuma. Se cuenta que en este templo, por algún tiempo, en la época de los Sres. Obispos Dn. Gerardo Anaya y el Sr. Dn. Guillermo Tritschler, se llevaba a cabo todos los días a la 1 de la tarde “el acuerdo” entre el Sr. Obispo, el Vicario General y el Secretario. (Que consistía en tomar decisiones sobre los asuntos más importantes de la diócesis).

Algunos sacerdotes que han servido en esta capilla han sido:Sr. Cngo. Agustín M. Jiménez (+) el restaurador; Sr. Pbro. Manuel Campa Nieva, (+) después de la persecución; Sr. Cngo. Y Vicario General Pedro Moctezuma, (+) quien realizó otra restauración y le dedicó su vida por varias décadas hasta que falleció siendo capellán ahí; Sr. Pbro. Francisco Barrientos Hernández, (+); Sr. Pbro. Darío Pedroza Martínez quién llevó a cabo una restauración en forma, en este período se contó con la valiosa colaboración del querido Padre Carlos Moctezuma (+); recientemente del Sr. Pbro. Cngo. Juan Bañuelas (+); Sr. Pbro. Darío Martín Torres Sánchez; Sr. Pbro. J. Jesús Escobedo Sánchez quien falleció siendo capellán; Pbro. Alfonso Hernández Argüello; Pbro. Aurelio Romo Navarro; Pbro. Antonio Varela Berbera; Pbro. José Luis Castillo Sánchez (+) y su hermano Sr. Pbro. Carlos Castillo Sánchez (+); el Sr. Pbro. José María Ortega Robles; Sr. Pbro. Carlos Aguilar Jiménez; Sr. Pbro. Cngo. Francisco de los Santos Mora (+); y en la actualidad, el Mons. Pbro. Cngo. Guillermo Dip Ramé, quien realizó la última restauración.

Este templo, exteriormente pequeño y de apariencia insignificante, encierra un gran acervo historial y cultural, que ha dejado un sello espiritual en la vida de los habitantes de San Luis Potosí, por eso vale la pena revivirlo; porque aparte de ser un verdadero tesoro invaluable, es un lugar cuyo interior invita a la meditación y a vivir la fe.