“¿POR QUÉ BUSCAÍS ENTRE LOS MUERTOS
LA QUE ESTÁ VIVO?
¡NO ESTÁ AQUÍ, HA RESUCITADO!”
(Lc 24,5-6)
La historia
de Jesús no termina con su muerte, comienza de nuevo con su
resurrección.La resurrección de Cristo es una verdad
fundamental del cristiano expresada en todos los símbolos y
reglas de fe de la Iglesia antigua; así lo expresaba ya San
Pablo: “los testimonios más antiguos sobre la muerte
y resurrección de Jesús aparecen en la primera carta
de Pablo a los Tesalonicenses: creemos que Jesús murió
y resucitó (1Ts 4,14); y “aguardamos a su Hijo, al que
resucitó de la muerte, Jesús (1Tes 1,10)”.
Así mismo en su primera carta a los cristianos de Corinto expresa:
“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez
recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según
las Escrituras; que fue sepultado y que resucito al tercer día,
según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego
a los doce”.
Pablo habla aquí de la tradición viva de la resurrección
que recibió después de su conversión a las puertas
de Damasco (Hch 9,3-18).
La resurrección
obra de la Santísima Trinidad.
En la resurrección de Cristo actúan las tres divinas
personas juntas a la vez manifestando su propia originalidad. Se realiza
por el poder del Padre que “ha resucitado (cfr. Hch 2,24) a
Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta
su humanidad, con su cuerpo, en la Trinidad. Jesús se revela
definitivamente “Hijo de Dios con poder, según el Espíritu
de Santidad, por su resurrección de entre los muertos”
(Rm 1,3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder
de Dios (cfr. Rm 6,4; 2 Cor 13,4; Flp 3,10) por la acción del
Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús
y la ha llamado al estado glorioso del Señor.
En cuanto al Hijo, Él realiza su propia resurrección
en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del
Hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido
activo del termino: cfr Mc 8,31; 9,9-13). Por otra parte Él
afirma explícitamente: “Doy mi vida, para recobrarla
de nuevo... tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”
(Jn 10,17-18).
Los Padres contemplan la resurrección a partir de la persona
divina de Cristo que permaneció unida a su cuerpo y a su alma
separados entre sí por la muerte: “Por la unidad de la
naturaleza divina de Cristo que permanece presente en cada una de
la partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la
resurrección por la unión de las partes separadas”
(San Gregorio Niceno, res 1.1; Ds 325; 359; 539).
Testimonios, pruebas de la resurrección.
En el AT se anuncia ya la resurrección de Cristo según
las interpretaciones de los apóstoles Pedro y Pablo (Hch 2,24;
13, 35 ss) en el salmo 15,10: “No dejarás Tú mi
alma en el infierno, no dejarás que tu justo experimente la
corrupción”.
Cristo mismo lo predijo. El hecho de la resurrección lo prueban
el sepulcro vacio y las numerosas apariciones, en las cuales Jesús
conversó con los suyos, dejó que le tocaran y comió
con ellos, así como el testimonio y predicación de los
apóstoles.
La resurrección
de Jesús: Principio de una nueva Vida.
“Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación,
vana también es nuestra fe”(1 Cor 15,14).
Jesús ha resucitado en calidad de “primogénito
de entre los muertos (Col 1,18) o de “primogénito entre
muchos hermanos” (Rm 8,29). Del mismo modo que murió
“por nosotros”, resucitó también por nosotros.
Por su muerte nos liberó del pecado, por su Resurrección
nos abrió el acceso a una vida nueva. Esta es, en primer lugar,
la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (Rm 4,25).
Por su resurrección realiza la adopción filial, porque
los hombres se convierten en hermanos de Cristo, no por naturaleza,
sino por el don de la gracia porque está filiación adoptiva
confiere una participación real en la vida del Hijo único,
revelada plenamente en su resurrección. Por ella Cristo es
principio y fuente de nuestra resurrección futura: “un
lazo indisoluble une la resurrección de los muertos al fin
de los tiempos con la resurrección de Cristo acaecida en el
tiempo (1Cor 15,23) es Él resucitado primicia de los que durmieron
(1Cor 15,20) es el último Adán en quien todos los hombres
serán vivificados (1Cor 15,22).
Por otra parte su resurrección revela nuestra salvación
al tiempo que la lleva a cabo. Jesús nos hace partícipes
en el misterio de su resurrección. Es ese el don del Bautismo,
sacramento de la fe: “Sepultados con él en el bautismo,
con él también habéis resucitado por la fe en
la acción de Dios que lo resucitó de entre los muertos”
(Col 2,12).
Este don comporta una exigencia: creer en Cristo resucitado, implica
introducir por Él una vida nueva: “Así pues, si
habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo sentado a la diestra de Dios; aspirad a las cosas
de arriba no a las de la tierra” (Col 3,1-2).
Conclusión.
Para Cristo la resurrección significó su ingreso en
el estado glorioso, recompensa merecida por su humillación
y sufrimiento. Es la consumación victoriosa de su obra redentora.
Es figura de nuestra resurrección espiritual del pecado (Rm
6,3 ss) y es figura y prenda futura de nuestra resurrección
corporal (1Cor 15,20 ss; Flp 3,21).
Afirmamos también que la resurrección “es la acción
salvífica de Dios en Jesús. El crucificado es el resucitado,
y el resucitado es el crucificado” que proclama “la absolutamente
extraordinaria intervención de Dios en la historia humana”,
“que nos hace vislumbrar, desde los autores del NT, seis consecuencias
diferenciables de este acontecimiento: la resurrección revelaba
a Jesús crucificado en su verdadera identidad, de Hijo de Dios;
era la salvación y justificación de los pecadores (Rm
4,25; Hch 5,31); llamaba a los hombre a una nueva vida de fe (1 Cor
15,1-2.11); esperanza (1Cor 15, 12 ss) y amor (Jn 17,26); por último
el mensaje pascual debería ser comunicado al mundo entero”.
Por ello creer en Cristo resucitado es tomar la zaga de Jesús,
el camino del amor: Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte
a la vida, porque amamos a los hermanos (1 Jn 3,14).
Pero la fe no se da sin esperanza: “habéis muerto y vuestra
vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo,
vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis
gloriosos con Él” (Col 3,3-4).
La ley de la resurrección de Jesús será la ley
de nuestra propia resurrección. Ella aportará a la totalidad
de nuestro ser físico y espiritual la plenitud de la vida eterna.
