1.
¿QUÉ ES LA INCULTURACIÓN?
Desde que se implementó la segunda parte de nuestro Plan Diocesano
de Pastoral hemos escuchado que uno de los rostros de Iglesia que
queremos ser es el de una Iglesia inculturada. Muchos damos por sentado
que el término es comprendido por todos o nos limitamos a dar
una sencilla definición del mismo pensando que con eso basta
para que todos hagamos lo que nos toca en la inculturación
de la Iglesia. Pero si queremos hacer bien las cosas hemos de comprender
lo que la palabra inculturación significa.
La inculturación se define como el proceso de integración
de una cultura en otra. Veamos que se trata de un proceso, no es algo
que se logra por la yuxtaposición de un concepto o un elemento,
sino que es el seguimiento de un orden en el desarrollo de las fases
de un fenómeno, que en este caso es la asimilación de
los elementos que tenemos como pueblo mexicano y, particularmente,
potosino, con los elementos que la Iglesia postula en el seguimiento
de Cristo.
El proceso supone una concienzuda valoración de elementos que
nos permitan tomar una mejor y plena adhesión a Cristo utilizando
lo que nos es propio como pueblo. Jamás la inculturación
será válida si lesiona, desvincula y diluye la esencia
de un pueblo. Por lo cual, es necesario seguir un orden que permita
encontrar los elementos comunes que validen y potencien dicha integración.
La inculturación no quiere decir que “transplantemos”
las culturas primigenias donde se hizo vida el Evangelio (Éfeso,
Corinto, Galacia, Roma, Colosas, etc.) a las nuevas Iglesias particulares
que han surgido por la proclamación del mensaje salvífico,
sino cristificar la vida del creyente en su propia cultura.
Si nuestra inculturación se queda en una repetición
de meras actitudes, acciones o poses, entonces estamos haciendo “un
parche mal pegado”, pero si tomamos los elementos de la revelación
que el mismo Dios ha plasmado en cada pueblo, los interpretamos desde
la Luz del Señor y los integramos a la actuación de
la Iglesia, entonces estaremos haciendo una auténtica inculturación
que permitirá enriquecer a quienes ha llegado la Buena Nueva
de salvación.
Ejemplo de un inculturación mal lograda es nuestra liturgia,
que para el pueblo no dice mucho porque simplemente se transplantó
el modo ritual romano a la lengua vernácula castellana y no
se consideraron las expresiones culturales y religiosas del mestizo
pueblo mexicano.
2.
¿POR QUÉ UNA IGLESIA INCULTURADA?
La Iglesia se ha hecho presente en el mundo siguiendo el mandato del
Señor de anunciar a todos los pueblos la Buena Nueva y bautizar
a los que crean (cfr. Mt 28, 19-20). Mandato que ha permitido que
el mensaje de Dios resuene en todo el orbe (cfr. Sal 19, 5), pero
que ha supuesto el encuentro con otros modos de ser hombres y de responder
a los interrogantes que los cuestionan. Por ello la Iglesia, sabedora
de su misión y de la riqueza de cada pueblo, ha optado por
ir haciendo una inculturación que permita descubrir y destacar
los elementos de redención que el Creador ha suscitado en cada
uno. Con ellos quiere enriquecer y dimensionar el seguimiento de Cristo
desde identidades concisas que, en la pluralidad ideológica,
tradicional y cultural, permitan hacer llegar y apropiar a cada hombre
el mensaje del amor de Dios.
Desde el principio, podemos contemplar a la Iglesia empeñada
en hacer del mensaje evangélico fermento de los pueblos para
poder llegar a poseer la verdad de Cristo con respecto a la voluntad
salvífica del Padre.
3.
DESDE EL PRINCIPIO...
LA INCULTURACIÓN
El mismo hecho de la Encarnación del Hijo de Dios es una acción
de inculturación porque Aquél que estaba con Dios y
era Dios (cfr. Jn 1, 1) deja su realidad para involucrarse e integrarse
en la realidad del ser humano asumiendo su condición.
Como pueblo de México tenemos el milagro del Tepeyac que nos
permite dimensionar los elementos que se asumen y se comparten para
llegar a ser una Iglesia inculturada.
Si ponemos nuestra mirada en la Revelación de Dios, específicamente
en su Palabra, nos percatamos de que todo lo que Dios quiso dar a
conocer sobre Sí mismo pasa al través del hombre, de
su cultura, de su idiosincrasia, de su momento histórico, para
luego registrarse por escrito. Más aún, los dichos y
hechos de Jesús primero pasan (se “inculturan”)
por la comunidad apostólica y después se registran en
el texto.
Este es el modo en que la salvación de Dios quiere llegar a
todos los hombres.
Desde el inicio de la Iglesia se ha venido dando este fenómeno
de la inculturación. En algunos casos se ha logrado con éxito
y en otros ha quedado como un mero intento, un remedo de inculturación,
“un parche mal pegado”.
4.
¿LA IGLESIA POTOSINA INCULTURADA?
La Iglesia que peregrina en San Luis Potosí se ha ido conformando
desde esta dinámica del proceso de inculturación, pero
en el momento actual requiere hacer un esfuerzo analítico para
motivar y potenciar lo que no ha sido aún asimilado en esta
proceso inculturizador. Como Iglesia potosina somos el resultado de
esa integración de culturas autóctonas y la cultura
cristiana, pero aún existen elementos que se ha quedado en
el plano meramente ritual-repetitivo, fuera del contexto cristológico
que nos lleva a una especie de sincretismo que preserva algunos elementos,
la mayoría de las veces deformados y hasta totalmente reconceptualizados,
que son parte de la religiosidad de nuestro pueblo.
Aquí es donde hemos de poner la atención y el cuidado
necesarios para ayudar al pueblo a evangelizar dichas expresiones
de fe y vida que todavía no han sido ubicadas en el caminar.
5.
NUESTRO PLAN DICESANO
En el proyecto del Plan Diocesano se pone el rostro de Iglesia inculturada
en 6º lugar no porque esté hasta el final o tengan una
importancia menor sino porque la inculturación se logra como
proceso de encarnar el Evangelio de Cristo en la sociedad y la cultura
en que vivimos.
Es urgente que nos propongamos inculturar el Evangelio en nuestra
sociedad y no conformarnos con “teñir” la acción
pastoral con algún rasgo cultural primigenio. Es necesario
descubrir que la inculturación es un proceso que requiere la
vida misma de sus protagonistas. Proceso que, paulatinamente, irá
asimilando los diversos aspectos que, desde la óptica del Padre
celestial, han de incorporarse a la realidad eclesial particular.
Existen muchos aspectos que nuestra Iglesia particular ha logrado
inculturar felizmente, pero no podemos ni debemos darnos por satisfechos
porque aún queda mucho por hacer y requiere, como dice nuestro
Plan Diocesano (nº 210), ser reforzada en el presente para acercarnos
a ese ideal de hacer de nuestra Iglesia el espacio de realización
y plenitud que precisa todo bautizado.
De este modo descubrimos que, como Iglesia potosina de los albores
del tercer milenio, somos el resultado de este maravilloso proceso
en el que Cristo y su Evangelio han calado hondo en nuestro ser como
pueblo y viceversa. Hoy somos la Iglesia inculturada que nos permite
establecer nuestra identidad como ciudadanos del reino y de este país
en el que Dios nos quiso establecer para nuestro bien y su gloria.
Nuestro Plan Diocesano perfila 13 retos que se nos presentan para
fortalecer y enriquecer nuestra inculturación. Retos que se
han ido asumiendo desde el año 2000, pero que aún no
se han visto satisfechos por la amplitud que este campo presenta.
La esencia de estos retos es hacer del Evangelio y la cultura que
vivimos una encarnación que manifieste la presencia viva de
Aquél que nos ha llamado a ser uno con Él.
6.
LA VOZ DEL PAPA
El Papa Juan Pablo II ha ofrecido luces específicas sobre el
acontecimiento de la inculturación en su encíclica Redemptoris
Missio, donde señala la urgencia de encarnar el Evangelio en
las culturas de los pueblos (nº 52) teniendo como fuerza dinamizadora
y orientadora la caridad de Cristo (nº 51) y aspirando a la conformación
con Él.
Sólo los que viven la caridad de Jesús pueden “insertarse
en el mundo sociocultural de aquéllos a quienes son enviados,
superando los condicionamientos del propio ambiente de origen”
(R.M. 53).
7.
JESÚS, “EL GRAN INCULTURADO”
Jesús es “el gran inculturado” porque nadie mejor
que Él nos muestra el modo de cristificar la realidad del hombre.
Jesús no viene a imponer su divinidad en la naturaleza humana,
sino que se hace hombre para vivir la experiencia de la creatura y,
desde esa experiencia, redimensionar la existencia del ser humano.
Jesús toma todos los elementos humanos, los asimila, los ubica
y depura para darles dimensión de plenitud.
Así es como se sigue el proceso de la inculturación:
1º Tomar todos los elementos que presenta nuestra realidad como
pueblo,
2º Asumirlos en su sentido existencial (vivencial),
3º Ubicarlos y depurarlos,
4º Incorporarlos a la vida eclesial, como expresión auténtica
de la fe desde la propia identidad para, con ella, llegar a ser en
plenitud hijos de Dios.
8.
CONCLUYENDO
De este modo, el gran desafío que tenemos frente a nosotros
como Iglesia particular es vivir plenamente la inculturación
en una situación de constante cambio y de total desenraizamiento.
Hacer que Cristo y su Evangelio se encarnen en las diferentes expresiones
culturales debe ser un trabajo desde los medios de comunicación
masiva y desde la identificación del ser y quehacer del hombre
ante Dios, ante el mundo y ante sí mismo. Ya no se puede seguir
anunciando a Cristo y su mensaje desde el presbiterio, ahora debe
hacerse su proclamación desde todos los estrados posibles,
reiterando el amor y la misericordia de Dios que ha tomado la iniciativa
para la salvación del hombre.
El cristiano católico de este milenio debe configurarse con
Cristo, inculturándolo, para que la obra de salvación
y el Reino de Dios sean una realidad en nuestra Iglesia potosina.
