Pbro.
Lic. Ignacio Ortega Aguilar
"Como
el Padre me envió, también yo os envió"
(Jn 20,21)
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar
El encuentro con el Señor produce una profunda transformación
de quienes no se cierran a Él. El primer impulso que surge
de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza
adquirida en la experiencia de este encuentro. No se trata sólo
de enseñar lo que hemos conocido, sino también, como
la mujer samaritana, de hacer que los demás encuentren personalmente
a Jesús: «Venid a ver » (Jn 4, 29). El resultado
será el mismo que se verificó en el corazón de
los samaritanos, que decían a la mujer: «Ya no creemos
por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos
que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn
4, 42). La Iglesia, que vive de la presencia permanente y misteriosa
de su Señor resucitado, tiene como centro de su misión
«llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo».
Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente, es
decir, que el Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó,
es el único Salvador de todos los hombres y de todo el hombre,
y que como Señor de la historia continúa operante en
la Iglesia y en el mundo por medio de su Espíritu hasta la
consumación de los siglos. La presencia del Resucitado en la
Iglesia hace posible nuestro encuentro con Él, gracias a la
acción invisible de su Espíritu vivificante. Este encuentro
se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia, cuerpo místico
de Cristo. Este encuentro, pues, tiene esencialmente una dimensión
eclesial y lleva a un compromiso de vida. En efecto, «encontrar
a Cristo vivo es aceptar su amor primero, optar por Él, adherir
libremente a su persona y proyecto, que es el anuncio y la realización
del Reino de Dios».
El llamado suscita la búsqueda de Jesús: «Rabbí
que quiere decir, "Maestro" ¿dónde vives?
Les respondió: "Venid y lo veréis". Fueron,
pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él
aquel día» (Jn 1, 38-39). «Ese quedarse no se reduce
al día de la vocación, sino que se extiende a toda la
vida. Seguirle es vivir como Él vivió, aceptar su mensaje,
asumir sus criterios, abrazar su suerte, participar su propósito
que es el plan del Padre: invitar a todos a la comunión trinitaria
y a la comunión con los hermanos en una sociedad justa y solidaria».
El ardiente deseo de invitar a los demás a encontrar a Aquél
a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz de
la misión evangelizadora que incumbe a toda la Iglesia, pero
que se hace especialmente urgente hoy en América, después
de haber celebrado los 500 años de la primera evangelización
y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2000 años
de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.

Importancia
de la catequesis
La nueva evangelización, en la que todo el Continente está
comprometido, indica que la fe no puede darse por supuesta, sino que
debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza.
Este es el objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma
naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización.
«La catequesis es un proceso de formación en la fe, la
esperanza y la caridad que informa la mente y toca el corazón,
llevando a la persona a abrazar a Cristo de modo pleno y completo.
Introduce más plenamente al creyente en la experiencia de la
vida cristiana que incluye la celebración litúrgica
del misterio de la redención y el servicio cristiano a los
otros».
Es necesario reconocer y alentar la valiosa misión que desarrollan
tantos catequistas en todo el Continente americano, como verdaderos
mensajeros del Reino: «Su fe y su testimonio de vida son partes
integrantes de la catequesis». Deseo alentar cada vez más
a los fieles para que asuman con valentía y amor al Señor
este servicio a la Iglesia, dedicando generosamente su tiempo y sus
talentos. En la catequesis será conveniente tener presente,
sobre todo en un Continente como América, donde la cuestión
social constituye un aspecto relevante, que «el crecimiento
en la comprensión de la fe y su manifestación práctica
en la vida social están en íntima correlación.
Conviene que las fuerzas que se gastan en nutrir el encuentro con
Cristo, redunden en promover el bien común en una sociedad
justa»

La misión «Ad Gentes»
Jesucristo confió a su Iglesia la misión de evangelizar
a todas las naciones: «Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar
todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). La conciencia de
la universalidad de la misión evangelizadora que la Iglesia
ha recibido debe permanecer viva, como lo ha demostrado siempre la
historia del pueblo de Dios que peregrina en América. La evangelización
se hace más urgente respecto a aquéllos que viviendo
en este Continente aún no conocen el nombre de Jesús,
el único nombre dado a los hombres para su salvación
(cf. Hch 4, 12).
Lamentablemente, este nombre es desconocido todavía en gran
parte de la humanidad y en muchos ambientes de la sociedad americana.
Baste pensar en las etnias indígenas aún no cristianizadas
o en la presencia de religiones no cristianas, como el Islam, el Budismo
o el Hinduismo, sobre todo en los inmigrantes provenientes de Asia.
Ello obliga a la Iglesia universal, y en particular a la Iglesia en
América, a permanecer abierta a la misión ad gentes.
El programa de una nueva evangelización en el Continente, objetivo
de muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la
fe de los creyentes rutinarios, sino que ha de buscar también
anunciar a Cristo en los ambientes donde es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de América están
llamadas a extender su impulso evangelizador más allá
de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las
inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo
entero y comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen.
Se trata de muchos millones de hombres y mujeres que, sin la fe, padecen
la más grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería
erróneo no favorecer una actividad evangelizadora fuera del
Continente con el pretexto de que todavía queda mucho por hacer
en América o en la espera de llegar antes a una situación,
en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia
en América. El Papa manifiesta su deseo de que el Continente
americano participe, de acuerdo con su vitalidad cristiana, en la
gran tarea de la misión ad gentes, pide «fomentar una
mayor cooperación entre las Iglesias hermanas; enviar misioneros
(sacerdotes, consagrados y fieles laicos) dentro y fuera del Continente;
fortalecer o crear Institutos misionales; favorecer la dimensión
misionera de la vida consagrada y contemplativa; dar un mayor impulso
a la animación, formación y organización misional».
