

Don
Ignacio Montes de Oca
José
María Ignacio de Jesús Juan Pablo Montes de Oca y Obregón
conocido con su nombre arcaíco Ipandro Acaico. Nació
en la Ciudad de Guanajuato, el 26 de junio de 1840, sus padres fueron
el Lic. Don Demetrio Montes de Oca y doña María de la
Luz Obregón.
Ignacio había cumplido los dieciséis años, y
ya lo había decidido: sería sacerdote, todo él
sería para Dios, dejaría familia, patria, querencias,
y estaría para siempre al servicio del Señor. Ingresó
al Seminario Conciliar de México, después de unos cuantos
meses, lo enviaron a continuar sus estudios a la Pontificia Universidad
Gregoriana, cofundador del Colegio Pío Latino Americano, para
iniciar propiamente sus estudios eclesiásticos, en el ámbito
universitario pontificio.
Como se esperaba fue el más destacado alumno del Colegio Pío
Latino Americano, y uno de los más brillantes alumnos de la
Pontificia Universidad Gregoriana. Por eso pronto se enterará
el Papa Pío IX del "seminarista prodigio" de origen
mexicano y trató de conocerlo y de tenerlo relativamente cerca.
Entre las anécdotas cuentan que se celebraba el Octavario de
Plegarias por la Unidad de las Iglesias en la Iglesia de San Apolinar
de Roma. Presidía la Eucaristía en un acto ecuménico
el Papa Pío IX, quien había designado para pronunciar
la homilía, al joven sacerdote Ignacio Montes de Oca, quien,
audaz y seguro de sí mismo, pero con suma modestia, preguntó
al Romano Pontífice: ¿en qué lengua? Había
razón para ello, pues aunque la lengua oficial era el latín,
y el italiano la lengua del pueblo, como se trataba de un acto ecuménico
y San Apolinar es una Iglesia con Rito Oriental, y el acto ecuménico
correspondía ese día a la iglesia bizantina de rito
griego, el Papa le respondió: En griego, la complicada lengua
más muerta que viva, de Homero, de Eurípides y de Jenofonte.
Montes de Oca pronunció, en griego, una brillante homilía,
que casi nadie debió entender.
Precisamente el año de 1862 se graduó en Teología
con el título de Doctor, como simple seminarista. En México
recibió el Subdiaconado de manos del Ilustrísimo Señor
Münguía, Arzobispo de Michoacán, a cuya inmensa
arquidiócesis pertenecían tanto Guanajuato como San
Luis Potosí. Regresó a la Ciudad Eterna para doctorarse
en ambos Derechos Eclesiástico y Civil. Por tal motivo su fama
iba y venía en la corte pontificia y recibió la ordenación
sacerdotal de manos del vicario general de Roma, el Cardenal Patrizzi
el 28 de febrero de 1863, cuando aún no cumplía los
23 años; la ceremonia tuvo lugar en la Basílica romana
de San Juan de Letrán.
Antes de regresar a su Patria, ejerció su ministerio sacerdotal
en Inglaterra, no como ayudante o como simple vicario, sino como Señor
Cura, a pesar de ser los ingleses excepcionalmente celosos y exigentes.
El Papa ya no lo perdió de vista. A su llegada en 1865 fue
nombrado luego capellán de las Tropas Pontificias, pues ya
en Roma había sido Camarero Secreto del Santo Padre tan luego
como recibió la ordenación sacerdotal. El clima de México
era de persecución en pleno liberalismo. Unos cuantos años
después de su llegada a Guanajuato el Papa Pío IX lo
nombró Primer Obispo de Tamaulipas, el 6 de marzo de 1871,
lo llamó a Roma, y lo consagró Obispo él mismo
en la fiesta del Papa San Gregorio Magno, un 12 de marzo de 1871.
Ocho años duró en esa Diócesis, y después
de una fecunda y abnegada labor pastoral en Ciudad Victoria, fue trasladado,
en 1879, a la Diócesis de Linares como su Noveno Obispo, donde
trabajó durante otros cinco años.

| Cardenal Constantino
Patrizzi, quien ordenó sacerdote a Don Ignacio el 20 de
febrero de 1863. |
Apenas el 13 de noviembre de 1884 fue nombrado cuarto obispo de San
Luis Potosí, y el 14 de febrero de 1885 tomó posesión
de su primer mensaje al pueblo potosino, fue un mensaje de paz universal,
semejante a los mensajes papales de Juan XXIII en su Encíclica
"Paz en la tierra", y de Juan Pablo II. Dirigió la
diócesis durante 36 años con sabiduría, en medio
de enfrentamientos políticos, que acabaron por desterrarle
de su querido San Luis, tanto en el conflicto religioso con Don Benito
Juárez, como muchos años después en la Revolución
Carrancista.

Obispo,
poeta.
Habían pasado cuarenta años, y el Seminario Menor de
San Luis le celebraba solemne homenaje luctuoso a tan esclarecido
Príncipe Obispo de las letras castellanas en 1961. Diez años
después, en 1971, con motivo de su Jubileo de Oro Luctuoso,
de nuevo el Seminario Menor le dedican una placa plateada, el 14 de
noviembre, en sencilla pero emotiva velada literaria como “Póstumo
homenaje al ilustre poeta, elocuente orador, fecundo humanista y dignísimo
modelo de Bachilleres del Seminario”.
Pastoreo
social
Montes de Oca se conoce por sus frutos como el gran Evangelizador
de la Diócesis en donde destacó no solamente su monumental
obra poética, sino innumerables obras sociales, con donativos
de su patrimonio familiar, como la restauración de la Catedral,
la atención a su Seminario que lo elevó en cultura y
humanismo, con la erección de innumerables parroquias, con
el ornato y gusto artístico en la Catedral, en su Palacio Episcopal
hoy Palacio Municipal, en su biblioteca particular, una de las mejores,
si no es que la más valiosa de América en su tiempo.
Pero el tesoro espiritual más valioso que nos heredó
fue conjugar en difícil binomio, grandeza con humildad, aplausos
de todo el mundo con jornadas de pastoreo cabalgando horas y horas
para llegar a sus humildes feligreses de todas las parroquias de la
diócesis, ser pozo de ciencia, reguero de elocuencia, y predicador
humilde para llegar a todos, cultos y letrados casi simultáneamente
en el servicio de su heterogénea Grey.
Hoy se habla mucho del deber primordial de evangelizar, y Montes de
Oca se nos adelantó con más de cien años en esta
labor primordial de la Iglesia por medio de su celo por la Palabra,
su elocuente oratoria, su doctrina tan sólida, su emotiva proclamación
del Kerygma entre los indígenas de las regiones más
recónditas de la diócesis.
Comenzó trayendo a San Luis, desde el Extranjero, a las Damas
del Sagrado Corazón, famosas desde Europa por la sólida
formación que impartían a las jovencitas.
El Hospital Civil de San Carlos Borromeo, que luego pasó a
ser Hospital Miguel Otero y que hoy es el Centro de Salud. El conocido
y benemérito Asilo Aguirre que recomendó a generosos
y esplén-didos bienhechores, para proteger a la niñez
y a la juventud femenina que más peligro corría, a causa
de la pobreza en que vivían las familias de entonces.
Casi todas las parroquias carecían de escuelas particulares
parroquiales. Fue Monseñor Montes de Oca el iniciador de esas
escuelas parroquiales, con religiosas al frente, que se multiplicaron
con mucha rapidez. De esta época datan las florecientes escuelas
parroquiales de Matehuala, Rioverde, y Tierranueva. La Huasteca era
tierra virgen de misión, semejante por su incomunicación
a la Tarahumara.
Montes de Oca, a pesar de las mil y una dificultades para su visita
pastoral, las vistió todas, palmo por palmo, y prestó
una esmerada atención a sus párrocos fijando tres grandes
centros de Pastoral: Tancanhutz, Xilitla y Rioverde. Su preocupación
primordial era izar el despliegue en lo social y educacional y religioso.
En ella inició los preseminarios de la diócesis, y él
mismo ordenó de entre los hijos de los indígenas huastecos,
al padre Tito Orta, allá por el año 1920, casi en las
postrimerías de su pastoreo, y frisando los cincuenta años
de Obispo. Suplicó y casi obligó a los Párrocos
de la Huasteca que aprendieran el huasteco y el mexicano, para que
pudieran comprender mejor a sus rebaños y servir a los fieles
con más eficacia. Pues el padre Lucio Zúñiga
llegó a ser un escritor ilustre que dominó la lengua
huasteca, y nos heredó una buena gramática y un catecismo
en las dos lenguas de los indígenas, el huasteco y el náhuatl.
Como gran humanista, favoreció el crecimiento de la cultura
en la capital potosina. Hizo venir al Seminario a padres jesuitas,
y a padres paúles, que forjaron ese clero que tiene fama en
todo México de culto y maduramente preparado. De nuestro Seminario
Guadalupano egresaron futuros intelectuales, que le darían
renombre a la patria chica y a todo México. Como decía
el culto y agudísimo padre José Bustamante: “Ignacio
Montes de Oca fue de lo más precioso que ha producido Guanajuato.
Fue Oro”.

Su
muerte
Así la describe Don Pedro Moctezuma, gran amigo y servidor
hasta su muerte: “La muerte de Monseñor Montes de Oca
salió de México el 26 de Junio de 1914. Vivió
en Europa, especialmente en Roma y en España, hasta el 30 de
julio de 1921, fecha de su embarco en Cádiz rumbo a su diócesis
de San Luis Potosí. Yo le acompañé a la ida y
al regreso. Desde España lo acompañó también
su joven amigo el marqués Enrique de la Cuadra, testigo de
todo lo que yo narro ahora. Durante la travesía monseñor
Montes de Oca sufrió recaídas en su enfermedad cardiaca.
El 8 de agosto se sintió muy mal: le dieron varios vértigos.
Nos llamó a Enrique y a mí, y nos dijo que si moría,
se arrojara su cadáver al mar. Ya casi no veía, pero
escribió algunas cartas y los sonetos que publiqué como
“Sonetos Póstumos”. El 12 de agosto, a la vista
ya de Nueva York, se levantó a las tres de la mañana,
y se preparó para el desembarco. Llegamos a la casa rectoral
de la catedral de San Patricio, y se hospedó en las habitaciones
de Monseñor Lavalle.
El domingo 14 celebró la misa que fue la última de su
vida. El 16 volvieron a presentarse los desmayos con ciertas convulsiones.
Nos dijo que quemáramos todo su equipaje. Yo le pedí
que me regalara los manuscritos y por eso se salvaron. Quiero ser
enterrado aquí, nos dijo. Solamente que pidan de San Luis mi
cadáver y pague México el traslado, lo llevan para ser
sepultado en mi Catedral. Enseguida mandó llamar al padre Marti
y se confesó con él. El miércoles 17 de agosto,
a las once de la mañana, se le administró la extremaunción,
y a las dos de la tarde el sagrado viático. Hizo la profesión
de fe, según el ceremonial de los obispos. Toda la noche del
17 estuvo grave. Se presentaron frecuentes síncopes. Yo dormitaba
a ratos, alternándome con Enrique para cuidarlo.
En la mañana nos dimos cuenta de que estaba en agonía.
Enrique lo levantó un poco con sus brazos y yo empecé
a rezarle la recomendación del alma. A las 7:10 de la mañana
del día 18 de agosto de 1921 murió el Señor Montes
de Oca. En ese momento estábamos allí Enrique de la
Cuadra, un sacerdote italiano el padre Nicola, otro sacerdote irlandés
apellidado Mullane, la religiosa enfermera, un enfermero norteamericano
y yo. Hacía siete años que se había ausentado
de su grey. Al amanecer del día 8 de agosto de 1921, al extinguirse
en un rincón el cirio que por la noche había ardido
en la cámara mortuoria, rodeado de sacerdotes y enfermeros
de distintas nacionalidades y en los brazos de dos amigos que le habíamos
servido de báculo en su largo camino, entregaba a Dios su alma,
en la gran ciudad de Nueva York, el viejo postor de la grey potosina.
Muchas veces repitió en su agonía: "Vamos a poner
a salvo nuestro honor y el de nuestra diócesis con nuestra
propia muerte”.
A los cuatro días su cuerpo llegó a San Luis y descansa
en el suntuoso mausoleo de la Catedral, en la Capilla de San Luis
Rey. Ahí pueden admirar su monumento, con un busto de la Santísima
Virgen arriba, y elegantes ornamentos que simbolizan sus atributos:
poeta, humanista y obispo.

