
COMO EL PADRE ME ENVIO, TAMBIEN YO OS ENVIO
(Jn 20, 21)

Enviados por Cristo
Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo, envió
a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al mundo entero (cf.
Mc 16, 15), confiriéndoles los poderes necesarios para realizar
esta misión. Es significativo que, antes de darles el último
mandato misionero, Jesús se refiriera al poder universal recibido
del Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto, Cristo transmitió a los
Apóstoles la misión recibida del Padre (cf. Jn 20, 21),
haciéndolos así partícipes de sus poderes. Pero
también «los fieles laicos, precisamente por ser miembros
de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anuncia-dores
del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los
sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del
Espíritu Santo». En efecto, ellos han sido «hechos
partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética
y real de Cristo». Por consiguiente, «los fieles laicos
por su participación en el oficio profético de Cristo
están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia»,
y por ello deben sentirse llamados y enviados a proclamar la Buena
Nueva del Reino. Las palabras de Jesús: «Id también
vosotros a mi viña» (Mt 20, 4), 242 deben considerarse
dirigidas no sólo a los Apóstoles, sino a todos los
que desean ser verdaderos discípulos del Señor.
La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos
es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la evangelización
(cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, «evangelizar constituye,
en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad
más profunda». La Iglesia se encuentran, a las puertas
del Tercer milenio, y las exigencias que de ello se derivan, hacen
que la misión evangelizadora requiera hoy un programa también
nuevo que puede definirse en su conjunto como «nueva evangelización».El
Papa Juan Pablo II invita a todos los miembros del pueblo de Dios,
y particularmente a los que viven en el Continente americano a un
compromiso nuevo «en su ardor, en sus métodos, en su
expresión» a asumir este proyecto y a colaborar en él.
Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo
vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro
e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio
de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino
que Él nos ha conquistado a través de su misterio pascual.

Jesucristo, «buena nueva» y primer evangelizador
Jesucristo es la «buena nueva» de la salvación
comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo
tiempo es también el primer y supremo evangelizador. La Iglesia
debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora
en Jesucristo cruci-ficado y resucitado. «Todo lo que se proyecte
en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio».
Por lo cual, «la Iglesia en América debe hablar cada
vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino
del hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a los hombres,
despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo
ha de ser anunciado con gozo y con fuerza, pero principalmente con
el testimonio de la propia vida».
Cada cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su misión
en la medida en que asuma la vida del Hijo de Dios hecho hombre como
el modelo perfecto de su acción evangelizadora. La sencillez
de su estilo y sus opciones han de ser normativas para todos en la
tarea de la evangelización. En esta perspectiva, los pobres
han de ser considerados ciertamente entre los primeros destinatarios
de la evangelización, a semejanza de Jesús, que decía
de sí mismo: «El Espíritu del Señor…
me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva»
(Lc 4, 18). 250
Es necesario evangelizar a los dirigentes, hombres y mujeres, con
renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo principalmente
en la formación de sus conciencias mediante la doctrina social
de la Iglesia. Esta formación será el mejor antídoto
frente a tantos casos de incoherencia y, a veces, de corrupción
que afectan a las estructuras sociopolíticas. Por el contrario,
si se descuida esta evangelización de los dirigentes, no debe
sorprender que muchos de ellos sigan criterios ajenos al Evangelio
y, a veces, abiertamente contrarios a él. A pesar de todo,
y en claro contraste con quienes carecen de una mentalidad cristiana,
hay que reconocer «los intentos de no pocos… dirigentes
por construir una sociedad justa y solidaria».
Continúa en el próximo
número...