Conocer
nuestra historia es conocernos a nosotros mismos. La historia no es
algo distinto del hombre sino una parte de él, su vida misma.Hace
pocos días conocí a un hombre que durante cuarenta años
trabajó para una empresa; ese había sido su único
trabajo en la vida; lo comenzó cuando tenía 18 años.
Estuvo escalando puestos, siempre en la misma área, hasta llegar
a ser jefe de un departamento. La empresa quebró y él
se quedó sin su trabajo. Lo más grave para él
no es la falta de empleo, si bien es difícil encontrar uno
nuevo a su edad, sino el sentimiento de haber perdido ese trabajo,
de no estar más en esa fábrica. Se identificó
con ella. Fuera de allí se siente inútil, como si no
fuera él. La fábrica es parte de su vida, sin ella tampoco
su vida tiene sentido.
Para tener un conocimiento de sí mismo hay que leer la vida.
En esta lectura es necesario ver todos los momentos, buenos y malos,
y aceptarlos como algo propio, de su pertenencia; mejor aun, es necesario
reconocerse en ellos, cuyo conjunto forman la vida. Y lo que decimos
en relación a una persona vale también para la sociedad,
puesto que los grupos están formados de personas.
Comenzamos siendo Iglesia de San Luis Potosí el 31 de agosto
de 1854, pero ya desde antes existíamos como un conjunto de
personas con sus creencias, costumbres, culturas. Nuestras raíces
son Mexquitic, Salinas, Matehuala, Tamazunchale, Ciudad del Maíz,
Rioverde, Guadalcázar, Xilitla, etc., etc.
Asumir la historia personal y la del pueblo a que se pertenece es
asumir la propia identidad. Quien no reconoce y acepta su historia
no logra identificarse como tal y por lo tanto es difícil que
sea un proyecto de vida, es difícil que se reconozca como proyecto
de Dios. Será lo que otros quieran que sea, lo que lo hacen
creer que es o un desconocido, un nadie.
Quiera Jesucristo, el Señor de la historia, que en estas páginas
vayamos encontrando elementos que nos ayuden a descubrir el proyecto
que Dios tiene para nosotros, como iglesia y como personas, y que
se va manifestando por medio de signos a lo largo de la historia en
los diversos ámbitos, regiones y culturas, a veces ocultos
y mezclados con las formas del barro.
Conocer nuestra historia es conocernos, es conocer al hombre o a la
mujer que llevamos en nosotros y que busca su origen y desde allí
construye su futuro; al frágil y maravilloso ser humano que
porta un tesoro divino. Quiera Dios que descubramos cada vez más
su amor para amarle más, para amar a cada uno de nuestros hermanos,
obra suya. Que descubramos el plan que Él ha hecho para nosotros
y juntos digamos: Padre nuestro, venga tu Reino.
Pbro. J. Margarito de la Torre Torres