Don Manuel del Conde y Blanco
Segundo Obispo de San Luis

 

Nació en la capital potosina el 16 de febrero de 1816, en plena época de la Independencia. Estudió con miras a Dios desde pequeño, e ingresó al Seminario, que a la vez era por aquellos tiempos, el Colegio Guadalupano Josefino. Terminó sus estudios y fue ordenado sacerdote por el Excmo. Sr. Obispo de Michoacán, Don Cayetano Portugal, el día 18 de febrero de 1839 a la edad de 23 años en Cuitzeo de la Laguna.

Al igual que muchos obispos y romanos pontífices, subió la escala de los grados inferiores en la pastoral: de vicario a párroco, luego fue llamado al episcopado. Fue párroco de San Sebastián Mártir durante siete años, y luego por sus cualidades fue nombrado Párroco del Sagrario.

Es un misterio cómo los acontecimientos se van desarrollando bajo la mano invisible de Dios Providente y que el hombre no capta. La diócesis de San Luis Potosí surgió precisamente en los momentos menos oportunos, según la dialéctica humana. Los años de 1855 eran el término medio de un siglo agitadísimo para México. Fue la época de las Leyes de Reforma, de la desamortización de los bienes eclesiásticos, de la incautación de conventos, época en pocas palabras, de ruptura permanente del diálogo.

El Licenciado en Derecho, Don Manuel del Conde y Blanco, era hombre de San Luis, popular como Monseñor Joaquín Antonio Peñalosa a finales del segundo milenio, de feliz memoria; por eso al morir Mons. Pedro Barajas, fue elegido Vicario Capitular y pronto fue preconizado por el Papa Pío IX como segundo obispo de la Diócesis Potosina el 25 de junio de 1869. Lo consagró el Obispo de León, Dr. Don José María Diez de Solano, el 20 de marzo de 1870, cuando en Roma se celebraba el Concilio Vaticano I.

Para nuestra poca fortuna, tan insigne prelado apenas sobrevivió por dos años a la carga episcopal que le había sido impuesta por el Señor; y colmado de méritos, en plena madurez entregó su alma al Señor el 21 de junio de 1872 cuando apenas tenía 56 años de edad.

Grandes e imponderables fueron los méritos de este insigne prelado potosino. Su obra comenzó mucho antes de su consagración episcopal y por eso se inmortalizó, a pesar de lo poco que duró en la silla catedralicia. Su interés por la cultura del pueblo no tiene parangón. Se puede decir que fue “el hombre del Colegio Guadalupano Josefino”, al que dedicó su vida entera como estudiante, como doctor en ambos derechos, como profesor y rector del mismo, como canónigo y como obispo.

Gracias al segundo obispo, don Manuel del Conde y Blanco, se terminó de construir el seminario, antigua casa de ejercicios, en la finca que hoy ocupa el Santuario de San José. Don Manuel del Conde y Blanco es un digno hijo de las fecundas tierras potosinas, quien supo dar honor y esplendor a la patria, al estado y ciudad de San Luis Potosí, en especial a la Iglesia, a las letras.
Potosino por nacimiento, gloria de los “tuneros”, fue el primer obispo nacido, crecido, formado y disfrutado desde su niñez por los naturales de este altiplano potosino, de esa sangre que la tierra de la Gran Chichimeca ofrecía a la Iglesia Universal y a su propio pueblo. Obispo de patria, corazón y formación potosinos, fue el insigne hijo de estas tierras del desierto del Salado Don Manuel del Conde y Blanco.


Recopilado por Rodrigo Alemán Gil