“En verdad es justo y necesario, darte gracias siempre
y en todo lugar, Señor Padre Santo, Dios todo poderoso y eterno.
Pues, aunque no necesitas de nuestra alabanza,
es don tuyo el que seamos agradecidos; y aunque nuestras bendiciones no aumentan tu gloria, nos aprovechan para nuestra salvación”.


Con el corazón lleno de una inmensa gratitud, hemos llegado al final de una encomienda: dar a conocer la historia de nuestra Iglesia potosina. No ha sido una tarea fácil ni sencilla; muchas han sido las personas que han colaborado en esta empresa, que no ha tenido otra finalidad que la de celebrar, con gozo y alegría, los ciento cincuenta años de nuestra Iglesia diocesana.
En el transcurso de este año jubilar, mes a mes, surgieron, poco a poco, los esfuerzos y fatigas de aquellos hombres y mujeres que, escuchando atentamente la llamada del Señor, de “ir por todo el mundo anunciando el evangelio”, fueron sembrando en esta bendita tierra potosina la semilla de la fe.
Alimentada y fortalecida por la gracia del Señor, esta pequeña semilla produjo frutos abundantes, a tal grado que, constituidos sin mérito alguno, el beato Papa Pío Noveno, vicario de Cristo en esta tierra, elevó a la dignidad de diócesis a esta porción de fieles que peregrina desde entonces, junto a sus pastores, caminando con Cristo, anunciando su evangelio.
Por eso elevamos al Señor nuestra mente y nuestro corazón agradecidos por los innumerables dones que a lo largo de este tiempo se ha dignado concedernos, al mismo tiempo que reconocemos que no todo lo hemos hecho bien. Por eso, pedimos también perdón por nuestras faltas, con el firmísimo propósito de transformarnos en una iglesia convertida, que interpretando con fidelidad los signos de los tiempos, propicie un verdadero encuentro con Cristo vivo, mostrando así, un nuevo rostro de Iglesia, sobre todo, para aquellos, que al margen del progreso de los pueblos, hoy nada tienen.
En este último número de Caminos, presentamos la historia de las parroquias de Salitrera, La mantequilla, Cerritos, Bledos, San Francisco, así como el peregrinar de nuestro Seminario diocesano, y la biografía de nuestro Padre y Pastor, Don Luis Morales Reyes.
Que por intercesión de María, nuestra Señora de la Expectación y de San Luis Rey de Francia, El Señor acepte nuestro sacrificio de alabanza, en acción de gracias por los dones recibidos en estos ciento cincuenta años, y nos conceda utilizar para su mayor gloria lo que, sólo de su bondad hemos recibido, para que llenos de fortaleza y de alegría, le sirvamos, hoy y siempre, con renovado entusiasmo, y podamos seguir disfrutando continuamente de todos y cada uno de sus beneficios. Amén.


Pbro. José Manuel López Facundo.