Unas veces con capellán propio, otras al cuidado del párroco del Sagrario o del de Mexquitic, o desde 1955 del Vicario Fijo del Saucito, el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe del Desierto continúa siendo el segundo templo erigido a la Guadalupana fuera del Tepeyac y uno de los más importantes santuarios potosinos. Pertenece a la parroquia del Saucito.

Hacia 1625, antes de cumplirse el primer siglo de las apariciones en el Tepeyac, el Venerable Padre Juan Barragán Cano, oriundo de Celaya y vecino de San Luis Potosí, construyó en un lugar llamado Buenavista, a doce kilómetros al poniente de la ciudad una ermita a San Juan Bautista y colocó en ella una imagen de las más antiguas que se conocen de la Santísima Virgen de Guadalupe, pintada por Lorenzo de la Piedra en 1625, y que él había traído de México.



Buenavista era entonces, y lo sigue siendo, un lugar árido, pedregoso, rodeado por cerros áridos. Éstos forman una pequeña planicie hendida por un arroyo que trazaron las aguas broncas que bajan incontenibles cuando llueve. Junto a este arroyo construyó la ermita el Padre Cano y allí, consagrado al culto de la Santísima Virgen, vivió sólo sin más compañía que un mozo, retirado del mundo, como autentico ermitaño, hasta 1665 en que el Creador se dignó sacarlo de aquel yermo.
El padre Cano murió en olor de santidad, venerado por todos cuantos lo conocieron. Su entierro, muy solemne y concurrido, fue en la antigua iglesia parroquial de San Luis hoy Catedral el 6 de abril de 1665, en medio del altar mayor, según lo dice el acta de defunción, por ser un cuerpo al que se debe toda veneración, murió de 77 años; vivió en dicho desierto 37 años y días.

La ermita del Desierto sobrevivió muchos años a su fundador, el Venerable Padre Barragán Cano. Al correr del tiempo, ya por las virtudes de éste, la devoción a la imagen allí venerada, se hizo necesaria la construcción de un templo en forma. Lo empezó hacia 1740 el Padre Francisco Maldonado Zapata, y no lo acabó, como dice una inscripción en el cubo de la torre del lado izquierdo, pero la inscripción en el cubo de la torre del lado derecho dice que: “el Año de 1755 se finalizó este santo templo por el Brigadier Don Francisco Xavier de Uresti, capellán, a expensas de pocos bienhechores y la mayor parte de los pobres, a quienes la Santísima Virgen les alcance muchas gracias.”



En el Santuario del Desierto hay numerosos retablos o ex votos que dan fe de los muchos favores que la Madre de Dios allí concede a los que la invocan. Una muy vieja pintura que data de 1770 recuerda un hecho singular: En la peregrinación del mes de mayo de ese año, uno de los peregrinos se subió a la torre, accidentalmente perdió pisada y cayó desde una altura de quince metros. En su peligroso apuro invocó a la Señora, nuestra Madre Santísima de Guadalupe, la que lo protegió en tal forma que ni un leve rasguño se produjo en la mortal caída. Unos versos barrocos al pie de la pintura describen el suceso.

Desde tiempos muy remotos, con motivo de las epidemias o sequías, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del Desierto era traída año por año a la ciudad de San Luis Potosí en visita a las parroquias para pedir su intercesión. En 1810, al estallar las guerras de independencia, también fue trasladada a San Luis para “implorar su misericordia en aquellos tiempos de convulsión”. Pero esta vez, la imagen ya no volvió a su santuario, la dejaron definitivamente en la ciudad. Así pasó el tiempo, se consumó la Independencia y el Santuario continuaba vacío. En julio de 1823 los naturales de Mexquitic, viendo que la ausencia iba para largo, sin esperanzas, protestaron ante el gobernador.

Decían: “(…) desde el año de 1810 fue trasladada Nuestra Señora Madre de Guadalupe del Desierto a la capital de San Luis, para implorar sus misericordias en aquellos tiempos de convulsiones. Desde entonces, excelentísimo señor, su magnifico templo y fábrica se hallan abandonados y deteriorados. Las limosnas se han disminuido y las grandes dotaciones que para sus cultos se han fundado, aún cuando se cumplan sus recargas, nunca llegará a llenar su objeto y todo se contraría a los fines primarios de su fundador. Los indios que nos gloriamos de ser predilectos hijos, nos vemos privados de su majestuosa presencia en el sitio destinado a su culto, y a donde diariamente concurrimos a implorar sus piedades. Para no privarnos de ese consuelo y evitar que nuestras religiosas romerías sean en mayor distancia, suplicamos a vuestra señoría, dicte las providencias necesarias para su traslado a su Santo Templo del Desierto, como es de segura justicia. San Miguel Mexquitic, julio 10 de 1823”.



El Gobernador turnó la petición que le hacía el Ayuntamiento de Mexquitic al Párroco de la ciudad, Don Tomas Vargas, quien accedió a la solicitud de los indígenas y Nuestra Señora de Guadalupe del Desierto volvió a su Santuario. En los años siguientes, cuando los potosinos se veían en un apuro, traían de visita a la Imagen a las parroquias de la ciudad. Esta piadosa costumbre se acabó en 1887. En 1918 volvió a resurgir, pero no con la constancia de antaño. Entre esas venidas últimas es memorable la del año de 1945, cuando se le trajo del Desierto para que en la Catedral presidiera los actos del Cincuentenario de la Coronación de la Morena del Tepeyac, actos que concluyeron con el impotente regreso de la imagen del Desierto, llevada por unas veinticinco mil almas.

El Santuario del Desierto, maciza construcción barroca, con su par de torres de dos cuerpos y cúpula, cruciforme, mide en su interior 30.5 metros. Tiene un precioso altar de madera con retablo sobredorado y buenas pinturas y esculturas. Es interesante el púlpito de cantera tallada. El piso, que antes era de ladrillo y hoy es de mosaico, lo puso el Señor Cura de Mexquitic Don Herminio A. Pérez cuando era el encargado del Desierto; así mismo reparó el decorado de la iglesia, las ventanas, el dorado del retablo y la mesa del altar. La bendición del nuevo pavimento fue el dos de febrero de 1952.

Adjunto al Santuario está la nueva y amplia casa de ejercicios. Ruinas en un tiempo, la empezó a arreglar el citado padre Pérez y prosiguió la obra el Padre López. Hoy es un amplio edificio que rodea al Santuario por atrás y con capacidad para alojar 900 almas, que en promedio asisten a cada una de las cuatro tandas al año, dos para hombres y dos para mujeres. Un ojo de agua en el atrio, muertos los cipreses plantados en 1856, es lo único que alegra la aridez y soledad de aquel desierto. El desarrollo urbano, la ampliación de las comunidades y la importancia misma del lugar, le van menguando su secular condición de desierto y lo van acercando a la ciudad de San Luis Potosí. Mas allá de Capulines se ha formado un nuevo asentamiento humano, bien comunicado con Morales y con la zona urbana.



A partir de ese lugar se tendieron tres kilómetros de línea de alta tensión para llevar la energía eléctrica al Desierto. La inauguración fue el 26 de agosto de 1979. En tal fecha, después de la misa concelebrada por el Exmo. Sr. Obispo don Ezequiel Perea, el muy Ilustre señor Canónigo Don Moisés González Lino y el Párroco Don José Luis Castillo, con una asistencia de más de dos mil fieles, el prelado puso en servicio esta mejora, y develó la placa conmemorativa que reza:
Con ocasión del 125 aniversario de la Diócesis, la electrificación llegó a este Santuario siendo obispo el Dr. Don Ezequiel Perea Sánchez, gobernador del Estado el Lic. Guillermo Fonseca Álvarez y párroco el Pbro. José Luis Castillo Sánchez.



Colaboraron en esta Obra:
La C.F.E SUTERM SECC. SANTA MARÍA, S.L.P., Parroquia del Saucito, Celadores y Obreros de San Luis Potosí. Desierto, San Luis Potosí, agosto 26 de 1979.

El día 25 de agosto del año de 1981, el muy Ilustre Señor Delegado Apostólico de su Santidad en México, Don Girolamo Prigione, quiso visitar el Santuario del Desierto, como en efecto. Quedó
asombrado por el lugar, por el arte del templo y por la fe de los potosinos y dejó escrito de su puño y letra este mensaje:



“La fe es la aceptación del Evangelio, y creer significa practicar el Evangelio. En el silencio del desierto se señala más la presencia de Dios que nos habla e inspira a practicar la fe”.- G. Prigione.

Recopilado por Rodrigo Alemán Gil