Yo,
alma consagrada, soy llamado a ser un icono de la santidad de la Iglesia.
Como cada persona es única e irrepetible, por eso nadie me puede
sustituir en este compromiso personal que asumo, al haber respondido
con un “sí” semejante al de María a mi vocación,
señal del amor que Dios me tiene y por eso me ha llamado.
Soy una persona concreta, con mis luces y mis sombras, que voluntariamente
me he obligado a ser cristiano de tiempo completo, siempre y en todo
lugar, y que por eso quiero esforzarme por ser santo.
Soy
consagrado porque lo he elegido libremente y sé que mi elección
no se define “por lo que dejo” sino “por lo que prefiero”.
El elegir es lo que da el verdadero tono a mi vida y el que imprime
el carácter definitivo a mi comportamiento
“Porque querer es esto:
querer es decidirse,
es tomar una entre las cosas bellas;
es llenarse de luna
y
renunciar a todas las estrellas”
(J.M.Pemán).

