Consciente de ser llamado por Jesús, deberé vivir con coherencia, pues Jesús nunca decepciona, sino siempre es capaz de suscitar entusiasmo, cautivar, fascinar, seducir, enamorar y por eso a medida que uno vive para el Reino – a medida que deja a Jesús vivir en él – va creciendo el entusiasmo, la seducción, la ilusión, el enamoramiento del Señor.

Así la vida religiosa se realiza no como un “simple contrato” sino como una “alianza de amor esponsal” siendo una verdadera e íntima amistad con el Señor que hace imposible la rutina, el desaliento o la mediocridad.

La verdadera alianza de amor y la sincera amistad con Jesús se vive siempre en fidelidad creciente, con renovado aliento, estrenando a cada paso la ilusión primera, siendo mejor cada día como pide el Concilio (cfr. L.G. 46).