La POBREZA, en un mundo ávido de poseer, no consiste en no tener nada para después ir a pedir al que todo lo tiene sino en saber imitar a Cristo que “siendo rico se hizo indigente por nosotros”. El religioso debe vivir una vida sobria y desprendida de los bienes materiales que debe tener tres matices fundamentales: renunciar, depender y compartir. De esta manera las cosas no se convierten en idolatrías. Mientras más vacío se está de cosas más espacio se deja para Dios.
Esto no implica rechazar lo necesario para vivir con dignidad sino que, consciente de que todos tenemos que trabajar para erradicar la pobreza material del mundo, el religioso debe realizar sus labores, según su carisma, con gran desprendimiento pero sin caer en el error de eximirse cómodamente de la responsabilidad de poseer y administrar los bienes materiales como Dios manda dejando a otros en la comunidad para que ellos, como se dice, “saquen las castañas del fuego” (consigan los medios para que vivan los irresponsables).

La regla de oro de San Agustín en esta materia era “no aspirar a tener más sino a necesitar menos” y en el mundo actual todavía para vivir a plenitud el voto de pobreza es mejor tener algo para dar, aunque sea poco, que mucho que pedir. Este es el gran reto para los miembros de los institutos religiosos y, sobre todo, para las comunidades que deberán imitar seriamente a Cristo pobre.