La CASTIDAD,
estado de vida por el que opta el religioso, es como la base para vivir
a plenitud la entrega a Cristo pues el que sabe ser casto no tendrá
dificultad en realizarse en los votos de obediencia y pobreza ya que
el amor auténtico de y a Cristo será la guía segura
de su vida.
La castidad
por el Reino, signo del mundo futuro y fuente de una fecundidad más
abundante en un corazón no dividido, amerita que se tenga claro
que el genuino amor plantea exigencias concretas lo que hace que un
amor sea verdadero.
Quien hace
el voto de castidad, es una persona que ha comprendido en profundidad
el hondo sentido que tiene la dimensión sexual “personal”
para saber cómo vivirla, pues la libertad y la capacidad de amar
son lo más grande e íntimo que tiene la persona humana.
El voto de castidad no implica una renuncia a la afectividad, sino una
ofrenda a Dios de esa capacidad afectivo-sexual.
Por la vida
interior, indispensable en el consagrado, el conocimiento y el deseo
adquieren un carácter espiritual y contribuyen de este modo a
la formación de una verdadera personalidad sólida, la
de la PERSONA CONSAGRADA.
Conclusión
general: como nadie puede seguir siendo el mismo si cada día
se va ajustando al plan de Dios y pone a su disposición su ser
entero unido a una oración profunda, la vivencia de los votos
religiosos le alentará en el camino a que Dios le llama, a ser
para sus semejantes un icono de Cristo transfigurado (cfr. V. Cons.
I, 14).

