Fue
la cruz de Nuestro Señor Jesucristo la que en el desierto potosino
plantó e hizo germinar el árbol de las ciencias y de las
artes. Se cultivaron muchos en los conocimientos más elementales
y otros en las más altas ciencias especulativas.
Los
misioneros que habitaron nuestro entorno fueron grandes pedagogos que
se aplicaron a pacificar, aculturar y evangelizar a los guachichiles
que parecían vivir aun en una edad de piedra y muy resistentes
al avance de la cultura hispánica. En el momento de la llegada
de la cultura hispánica a lo que ahora es nuestro altiplano mexicano,
se frenaba por décadas el proceso de colonización.
Pero
desde luego que llegó el momento en que las armas cedieron a
la cruz y se aplacó la furia de guerra de los chichimecas. Fue
Fray Diego de la Magdalena con su báculo de romero (sacerdote
franciscano) quien comenzó a abrir escuelas y se convirtió
en el primer educador, él hizo lo que por 60 años no pudieron
las espadas (1531-1591).
A
la zaga de Fray Diego y de los franciscanos, unos cuantos años
después llegaron los Agustinos. Uno de ellos Fray Diego Basalenque
abrió una escuela para niños del pueblo, cosa que después
imitaron los mercedarios a su llegada.
Pero
tocó a los Padres Jesuitas ensanchar la obra educadora al fundar
en el 1621 su colegio. Su fundador y primer rector fue el P. Luis Molina.
Durante siglo y medio, gracias a estos pedagogos, la juventud potosina
tuvo donde prepararse para la vida y para las ciencias.
Pero
llegó el año de 1767 en que los Jesuitas fueron expulsados
de todos los dominios españoles. Algunos fueron ahorcados, otros
desterrados y a otros más fueron enviados a fundar la población
de soledad. Este año marcó un receso en el progreso de
San Luis, la educación se estancó y nadie supo suplir
a los Jesuitas, la población se vio obligada a emigrar a Michoacán,
México o Guadalajara. Esto se padeció durante unas seis
décadas.
Entre
los que tuvieron que emigrar de su tierra estaba un presbítero
llamado Don Manuel María de Gorriño y Arduengo, retoño
de acaudalada y prominente familia potosina. A los catorce años
abandonó el hogar para iniciarse en los estudios mayores. Fue
alumno de las mejores instituciones docentes de la época: el
Colegio de San Francisco de Sales de San Miguel de Allende, el Colegio
Real de San Ildefonso y el Colegio Mayor de Santa María de Todos
los Santos, del cual fue rector en la Ciudad de México; la Real
y Pontificia Universidad de México y la Universidad de Guadalajara.
En ésta en 1804, sacó el doctorado en Teología.
El
Padre Gorriño sintió la necesidad de un colegio para estudios
mayores en San Luis Potosí, movido por el hecho de no ver realizadas
las aspiraciones de sus propios compañeros de la infancia por
causas adversas. En medio de las guerra de Independencia es donde podemos
ubicar la gestación del Colegio Guadalupano Josefino, sin embargo
era imposible llevarlo a cabo por los desórdenes de la guerra.
Concluida
la Independencia el Padre Gorriño volvió a la carga, encontró
apoyo incondicional en el Lic. Ildefonso Díaz de León,
el cual una vez ya gobernador, expuso al ministro de Relaciones la idea
del Padre Gorriño: la devolución del Colegio de los Jesuitas
para abrir en él un nuevo colegio. Gracias a la decidida colaboración
del Licenciado Díaz de León, el Padre Gorriño pudo
ver realizado su viejo anhelo.
Así
el 2 de junio de 1826 se inauguró solemnemente, con beneplácito
y participación de la sociedad potosina, el nuevo colegio. Al
Padre Gorriño se le nombró primer rector y pronunció
la oración inaugural en la que, con un estilo pomposo
pero, a la vez, brillante y con elegancia, expuso las líneas
generales de lo que debía ser la educación de la juventud.
Virtud y ciencia, proclamó, son los principios fundamentales
de la instrucción. La primera se imparte no sólo con el
conocimiento de la moral, natural y teológica, sino en el régimen
de austeridad, disciplina y trabajo a que estarán sujetos los
alumnos del nuevo instituto. La educación ha de capacitar al
hombre en las diversas funciones que ha de desarrollar en la sociedad:
ha de formar ministros dignos de su religión, ciudadanos útiles
a la sociedad, jurisconsultos sabios y jueces incorruptibles, militares
impávidos en la defensa de la patria y hombres ilustres.
El
nuevo colegio nacía como un verdadero colegio - universidad,
abierto a todas las cátedras, aunque, por motivos económicos
y humanos, no podía sostener más que unas cuantas. Las
cátedras iniciales fueron las de teología, metafísica,
lógica, latín y derecho. Se aplazaron para 1827 las de
medicina, matemáticas, gramática, física, francés
y dibujo.
Entre
estos años y la erección del Obispado de San Luis Potosí,
el Colegio Guadalupano Josefino sufrió todas las consecuencias
de nuestra historia independiente. Tuvo, es cierto, magníficos
rectores, excelentes y afamados sacerdotes, todos ellos: Don José
María Guillén, Don Primo Feliciano Castro y Don José
María Guajardo, pero las penurias económicas, los avatares
de la política y las guerras civiles, no le permitieron proseguir
con pie firme y seguro.
Hecha
la erección de la Diócesis y una vez en posesión
de su obispado, el Ilmo. Sr. Pedro Barajas empezó a tratar lo
concerniente al Guadalupano Josefino. Cuando se hacían las solicitudes
para la erección, varias veces se expuso que había ya
en la ciudad un colegio que bien podía servir como seminario.
En esta forma y habiendo renunciado ya el gobierno al dominio sobre
el colegio, el destino lógico era que se elevara a categoría
de Seminario, y tenía todo para hacerlo: internado, rectores
eclesiásticos, cátedras de latín, filosofía
y teología, legados piadosos, etc.
El
colegio no se extinguiría; al contrario, se reforzaría
su viejo plan de estudios con los que exigía un Seminario Tridentino.
Y desempeñaría una doble función: la que ya tenía,
de colegio civil para la juventud potosina y de seminario para la formación
del clero.
La
entrega formal del Colegio a la diócesis fue el 9 de agosto de
1855, siendo rector Don Antonio Mascorro. El Sr. Barajas tuvo la satisfacción
de conferir por primera vez las órdenes sagradas a dos egresados
del citado colegio: el 2 de septiembre del 1855, recibieron el presbiterado
los señores Ignacio Rodríguez Fernández y Juan
Morales.
Viene
otro momento difícil para el seminario, se trata de la Reforma
en el que se le confiscaron a la Iglesia muchos de sus inmuebles, durante
este tiempo el seminario deambuló en los anexos de los templos
más nunca se suspendió su formación, prueba de
ello es que entre 1855 y 1869 el Sr. Pedro Barajas pudo realizar la
ordenación de 30 sacerdotes egresados del Seminario Diocesano.
Durante
la dictadura porfirista y bajo el episcopado del Sr. Ignacio Montes
de Oca y Obregón, en las últimas décadas del siglo
XIX el seminario alcanzó su culmen. La labor tenaz de los Sres.
Manuel del Conde y Ramón Corona, eficazmente secundados por un
cuerpo de superiores en verdad ilustre, preparó el campo para
las grandes mejoras materiales y morales que logró el Sr. Montes
de Oca. De las aulas de éste salieron muchos que después
descollaron como profesionistas. Uno de ellos, el Lic. Primo Feliciano
Velázquez. En aquel entonces todos los seminarios de la República
Mexicana estaban abiertos a la formación de todos los jóvenes.
Así se explica que jóvenes como López Velarde,
Amado Nervo, Enrique González Martínez y como nuestro
Manuel José Othón hayan tomado parte de sus estudios en
los seminarios.
El
año 1885 llegó a la diócesis el Sr. Montes de Oca.
Una de sus principales ilusiones y preocupaciones fue el seminario.
Con el fin de mejorarlo, trajo, primero, a los Jesuitas y, al irse estos,
a los Paulinos. Fue él quien, con ánimos de mejorar la
formación de los seminaristas, redujo el plan de estudios a los
estrictamente eclesiásticos y eliminó los demás,
que podían hacerse en el Instituto Científico y Literario
que ya había sido fundado en el 1859.
Después
de medio siglo de relativa paz, en 1914, con la revolución, el
seminario volvió a sufrir las consecuencias de la anarquía
y la persecución religiosa. En 1914 se le confiscó todo
al seminario, fue entonces cuando el seminario se cerró temporalmente.
Entre ruinas, al terminar la revolución, llegó el llorado
y santo Sr. Miguel M. De la Mora, el cual reabrió el seminario
en el anexo del hoy Santuario de San José. Se aprestaba a encumbrarlo
cuando estalló la persecución de Calles en el 1926. Un
nuevo saqueo y dispersión vino a cortar la marcha del seminario.
Se salvaron unos cuantos seminaristas, llevados rápidamente a
otras partes. A varios de estos tuvo el mismo Sr. De la Mora la satisfacción
de ordenar sacerdotes una vez solucionado el conflicto religioso.
Reabriendo
oficialmente el seminario en el 1929 y relativamente bien instalado
en casa rentada, sufrió de nuevo las estrecheces de la persecución
al empezar el Cardenismo. Fue así como vino a refugiarse en el
anexo del Santuario de Guadalupe (hoy Colegio Tepeyac).
Como
sus antecesores, el Sr. Guillermo Tritschler le prestó también
amorosa y preferencial atención al seminario.
Hacia
el 1954 siendo el Obispo el Sr. Gerardo Anaya y Diez de Bonilla y rector
el P. Jesús De la Mora, se encontraba el seminario en lo que
ahora es la Parroquia de Santiago Apóstol, en este tiempo se
consigue también el edificio del actual seminario menor en la
calle de Arista.
Posteriormente
se adquirirá el terreno actual donde se encuentra el Seminario
Mayor, que por cierto costó a 10 centavos el metro cuadrado.
Se puso la primera piedra por el Sr. Anaya . El Sr. Luis Cabrera Cruz,
quien sucedió al Sr. Anaya colocó una segunda piedra,
ya con un plano debidamente elaborado que contemplaba incluso la cimentación
en alto debido a la gran cantidad de lluvia y a los desbordamientos
del Rio Españita en aquel entonces. El Sr. Cabrera realizó
gran parte de la cimentación, obra sobre la que construyó
el Seminario Mayor el Sr. Estanislao Alcaraz Figueroa hoy Arzobispo
emérito de Morelia.
Una
vida nueva comenzó: el nuevo Seminario Mayor se inauguraba para
ser la casa de formación de muchos futuros sacerdotes. En el
curso 70-71, a mediados del segundo semestre, albergó a un total
de 46 seminaristas. 20 de ellos eran teólogos y 26 eran filósofos.
Siendo Rector en aquel entonces el M.I. Sr. Dr. D. Juan Manuel Rodríguez
Silva.
Al
ser preconizado el Sr. Ezequiel Perea como X Obispo de San Luis Potosí,
se consagró por igual a la causa del Seminario, asumiendo las
consecuencias y reacciones del posconcilio y también continuó
con la edificación de la casa, en este caso de la Capilla actual
que se concluyo en el año 1976. En este tiempo del Sr. Perea
fungieron como rectores Mons. Antonio Torres Herrera y el Cango. Francisco
Xavier Araiza Romo.
A
la llegada del Sr. Arturo A. Szymanski a la diócesis se trajo
al Curso Introductorio cerca de las demás casas, pues durante
el tiempo del Sr. Perea la experiencia había sido regional y
se había tenido los últimos cuatro años en la Ciudad
de Celaya. Don Arturo llevó a cabo la construcción de
la primera parte de la Biblioteca y promovió a la rectoría
al ahora recién nombrado Obispo Auxiliar de Texcoco Sr. Juan
Manuel Mancilla Sánchez. Posteriormente le sucedieron en la Rectoría
los Padres. Pedro Sánchez Solís, José Luis Guzmán
Pérez y Gilberto Amaya Martínez actualmente al frente
del Seminario.
BIBLIOGRAFIA
MONTEJANO
AGUIÑAGA RAFAEL, Semblanza histórica del Colegio Guadalupano
Josefino, en Gaceta Eclesiástica Potosina, San Luis Potosí
1976.