 |
EL
SEMINARISTA
DEL TERCER MILENIO
Miguel
Ángel Cruz García.
|
El
que se consagra a Dios,
se juega toda una carta,
y aventura su existencia
para entregarse total y
definitivamente a EL
Sembramos
hoy la semilla que dará fruto en el tercer milenio.
En
su ideal, el seminarista tiene un impacto y un toque producido por la
fe. Ante tal impacto, la respuesta ha sido la entrega de sí mismo
y todo cuanto se tiene y se dispone, expresando, así, la totalidad
de ser tomado por Dios y dejarse tomar.
El consagrado
no quiere tomar en sus propias manos, por si mismo, su vida, sino dejarse
tomar de la mano. Comprende que está bajo un misterio mayor.
Ya no quiere guardar para sí ningún ámbito de sus
vida, no quiere retener nada ni reservarlo para otra cosa que no sea
"lo único necesario", como la llamada de Dios, la respuesta
tiende de ser suya, definitiva e irrevocable.
El que
se consagra a Dios, se juega toda una carta, y aventura su existencia
para entregarse total y definitivamente a EL. El "SI" del
que se ha consagrado a Dios como respuesta a la llamada, es para siempre
y abarca toda su existencia. Por tal razón, el consagrado se
convierte en un grito ante el mundo de que el amor por Cristo y por
su causa, son capaces de hacer que se le entregue todo lo que es y todo
cuanto se dispone.
El consagrado
está llamado a ser un signo clarísimo de Cristo en la
Iglesia y, por eso, su mejor palabra es el testimonio de la propia vida.
Es un signo y es un estímulo, para todos, de que el Reino de
Dios es más importante que todos los valores de este mundo. Es
un fermento de buena salud y una señal de santidad. El Presbítero
es llamado a vivir, desde ahora, como se vivirá en el cielo donde
el vivir será un convivir y donde la única jerarquía
será el amor filial y fraterno. Por su modo de vivir anticipa
el cielo y pronuncia la Resurrección.
En efecto,
el seminarista, como el sacerdote de mañana, no menos que el
de hoy, deberá asemejarse a Cristo. El Seminarista como futuro
presbítero del tercer milenio será, en este sentido, el
continuador de los presbíteros de los milenios precedentes que
han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la vocación
sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único
sacerdocio de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.
Para
descubrir las orientaciones de la sociedad moderna, reconocer las necesidades
espirituales más profundas, los métodos pastorales que
habrá que adoptar, y así responder de manera adecuada
a las esperanzas humanas. Esto exige que el futuro sacerdote no sea
arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en
sus palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y
disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar
en todos relaciones leales y fraternas, dispuestos a comprender, perdonar
y consolar.
En este proceso educativo hacia una madura libertad responsable puede
ser de gran ayuda a la vida comunitaria del SEMINARISTA como futuro
presbítero y Pastor que guía
a las almas a Dios.
