“No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos…” (2Co 4,5). |

INTRODUCCIÓN
216 La Diócesis, en todas sus comunidades y estructuras, acorde con su espíritu materno y a la misión que se le ha confiado, está llamada a salir en búsqueda de todos los bautizados que no participan en la vida de las comunidades cristianas (cf. DA 168) y ha de salir al encuentro de quienes aún no creen en Cristo, pues tiene que responder adecuadamente a los grandes problemas de la sociedad en la cual está inserta.
217 Al constituirse en el primer ámbito de la comunión y la misión, ella debe impulsar y conducir a una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar la vida de Jesucristo.
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218 La comunión en nuestra Iglesia y de todas las Iglesias Particulares entre sí, se alimenta en la comunión con la Trinidad de la que debemos ser reflejo (cf. DA 155), pues el misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta de toda la Iglesia (cf. LG 4). En efecto, estamos llamados a ser en Cristo “como un sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). No se puede ser discípulo misionero sin vivir la comunión que Cristo quiere y hace posible (cf. Jn 17, 21).
219 Nosotros, como porción del Pueblo de Dios, reunidos y alimentados por la Palabra y fortalecidos por los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, en esta sociedad compleja y pluralista, queremos abrir una nueva ruta al servicio del Evangelio de la vida, que
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Para llevar esperanza y ofrecer el sentido de la vida a quienes lo han perdido o viven en medio de realidades tan retadoras...esta Iglesia debe anunciar el evangelio y seguir de forma valiente y decidida a Jesucristo (220)
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impulse a “intensificar nuestra respuesta de fe y anunciar que Cristo ha redimido todos los pecados y males de la humanidad” (DA 134).
1. LA CONVERSIÓN PASTORAL
1.1 RECOMENZAR DESDE CRISTO Y REEMPRENDER EL CAMINO DESDE EL VATICANO II
220 Para llevar esperanza y ofrecer el sentido de la vida a quienes lo han perdido o viven en medio de rea-lidades tan retadoras como nos señala el capítulo II (análisis de la realidad) esta Iglesia debe anunciar el evangelio y seguir de forma valiente y decidida a Jesucristo por eso queremos recomenzar desde Cristo. “Recomenzar desde Cristo” es la gran llamada y urgente tarea que nos proponemos, recogiendo el espíritu de Novo Mi- llennio Ineunte (cf. 28-29) y el Documento de Aparecida. Nuestra Arquidiócesis acepta este desafío que se deriva de aquellos otros que nos propusimos en el III Plan Diocesano de Pastoral: “EI encuentro con Jesucristo” y “Caminar con Cristo”.
221 “Recomenzar desde Cristo” significa recibir su vida divina, estar en comunión íntima con Él, escuchar y meditar continuamente su Palabra, amarlo, seguirlo y ser como Él, aceptar incondicionalmente la misión que nos confía, dejarse guiar por su Espíritu.
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222 “Recomenzar desde Cristo” significa estar, como Él, al servicio de una vida plena para todos: “Lo vemos cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10,46-52), cuando dignifica a la samaritana (cf. Jn 4, 7-26), cuando sana a los enfermos (cf. Mt 11,2-6), cuando alimenta al pueblo hambriento (cf. Mc 6,30-44), cuando libera a los endemoniados (cf. Mc 5,1-20). En su Reino de vida, Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecadores, sin importarle que lo traten de comilón y borracho; toca leprosos, deja que una mujer prostituta unja sus pies y, de noche, recibe a Nicodemo para invitarlo a nacer de nuevo. Igualmente, invita a sus discípulos a la reconciliación, al amor a los enemigos, a optar por los pobres” (DA 353).
223 Este “recomenzar desde Cristo” nos lleva a reemprender el camino trazado por el Concilio Vaticano II que, con su luminosa doctrina, puso de nuevo, en el centro de la vida y de la misión de la Iglesia la persona y el Evangelio de Jesucristo. Esta es la razón más profunda de la perenne fecundidad y viva actualidad de este gran Pentecostés que la Iglesia entera vivió, con audacia y esperanza, en el dramático tiempo de la segunda mitad del siglo pasado, del año 1962 a 1965.
224 Es bueno recordar las palabras del Beato Juan XXIII, al convocar este Concilio, el 25 de diciembre de 1961: “Acogiendo como venida de lo alto una voz íntima de nuestro espíritu, he
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LO QUE TOCA AHORA ES VER HACIA ADELANTE, HACIA EL FUTURO DESEADO PARABESTA ARQUIDIÓCESIS, A PARTIR DE LA EXPERIENCIA PASADA. (Circular 1/2008)
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hemos juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia católica y al mundo el nuevo don de un Concilio ecuménico... llamado a ofrecer al mundo, extraviado, confuso y angustiado bajo amenaza de nuevos conflictos espantosos, la posibilidad, para todos los hombres de buena voluntad, de fomentar pensamientos y propósitos de paz” (HS 5.7).
225 Juan XXIII convocó este Concilio a pesar de los muchos temores y resistencias que había a su alrededor. Lo hizo con gran fe y entusiasmo por Cristo y por la Iglesia, para darle amplio espacio a la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere. Lo hizo con la audacia que proviene del amor; así tomó la gran decisión que cambió la vida de la Iglesia y del mundo al que la misma Iglesia se acercó con simpatía y humilde servicio para transformarlo de acuerdo a lo más limpio, audaz y hermoso del Evangelio y llevarle a la vida plena en Jesucristo.
226 El Vaticano II puede describirse plenamente como “momento de gracia” para toda la vida de la Iglesia. Este Concilio constituye el punto de llegada, pero también el punto de partida del florecimiento de la fe católica, a través de las grandes directrices plasmadas en cada uno de los documentos emanados de él. Y ha sido una fuente inagotable de ins-piración para el magisterio postconciliar del Papa y de los Obispos.
227 Esta “nueva primavera” nos ofrece ante todo la oportunidad de hacer que aparezca con mayor nitidez y profundidad el protagonismo de Jesucristo; pues sólo en Él podremos encontrar nuestra plenitud (cf. Jn 1,12).
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228 Reemprender el camino desde el Vaticano II es una invitación a revivir ese espléndido acontecimiento, beber de su espíritu, releer sus documentos en este momento histórico para seguirlo aplicando y comprender mejor la vida y misión de la Iglesia en el presente y en el futuro.
229 Nuestra Arquidiócesis o Iglesia Particular quiere recomenzar siempre desde Cristo para llegar a ser, en todas sus expresiones, discípula y misio-nera, pues la maduración en el seguimiento de Jesús y la pasión por anunciarlo requieren que se renueve constantemente en su vida y en su ardor misionero (cf. DA 167).
230 Creemos que en el caminar de la Arquidiócesis, Jesucristo ilumina nuestra vida y todo trabajo evangelizador; y que por la gracia del Espíritu tenemos ahora, una ocasión providencial para hacer un serio discernimiento acerca de nuestra vida comunitaria, de las celebraciones litúrgicas, del trabajo catequético, de la acción social y solidaria, a fin de plantearnos en qué medida conducen al encuentro con Jesús vivo, si lo celebran, si lo prolongan y lo anuncian a quienes están lejos de Él o no lo conocen.
231 Como Iglesia Potosina estamos llamados a repensar profundamente y a relanzar con fidelidad y audacia nuestra misión en las nuevas circuns-tancias del siglo XXI (cf. DA 11); por eso, como Iglesia particular queremos llegar con prontitud a las personas y a las comunidades exhortándolas a configurarse con el Señor. Esto implica ser cada día más dóciles al Espíritu para vivir el encuentro con Cristo.
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232 En resumen, a todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 12). Ello no depende de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos misioneros de Jesucristo y de su Reino; discípulos que quieren reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu como protagonistas de vida nueva para nuestra Arquidiócesis.
233 Debemos seguir profundizando y afianzando los rasgos que han venido delineando el rostro de nuestra Iglesia Potosina: convertida, comunitaria, inculturada, solidaria, ministerial y misionera. Para acrecentar su ser de discí-pula y misionera, en el Cuarto Plan Dio-cesano de Pastoral, queremos como personas y estructuras diocesanas asumir una auténtica conversión pastoral.
1.2 PROMOVIENDO UNA CONVERSIÓN PASTORAL DE LAS PERSONAS Y LAS ESTRUCTURAS
234 Es necesario analizar si en este cambio de época nuestra Iglesia responde a las necesidades actuales de la vida; pues, ella viene de una época de cristiandad donde el modelo cultural vigente le favorecía, se acostumbró a que sus instancias estaban abiertas para el que viniera, para el que la buscara. Eso funcionaba en una comunidad evangelizada, pero en la nueva situación en la que nos encontramos, la Iglesia necesita transformar sus estructuras y orientarlas para que sean
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misioneras. Tenemos que ir hacia quienes, deseándolo y anhelándolo, no participan de las formas tradicionales de evangelizar y salir hacia quienes todavía no han escuchado la buena nueva del Reino.
235 La conversión pastoral despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de la vida: Obispo, Presbíteros, Diáconos, Consagrados y Consagradas, Laicos y Lai-cas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2,29; cf. DA 366).
236 La conversión pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. El modelo de esta renovación comunitaria se encuentra en las primitivas comunidades cristianas (cf. Hch 2,42-47; DA 369). Esto exige despojarnos de toda actitud que no sea evangélica y que desfigure el rostro de Cristo Buen Pastor y pasar “de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (DA 370).
237 El proyecto pastoral de la Diócesis debe ser una respuesta cons-ciente y eficaz para atender las exigencias del pueblo al que está llamada a servir. No se trata sólo de estrategias pastorales, sino de ser fieles en la imitación del Maes-tro y de ser dóciles a la acción del Espíritu, siempre deseoso de comunicar vida en cada rincón de la tierra. Hemos de ser audaces para abandonar las estructuras caducas que no favorecen la transmisión de la fe y entrar decididamente en un proceso constante de renovación misione-ra. Esta decisión debe impregnar todas las
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Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. (242)
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estructuras eclesiales y todos los programas pastorales de la Diócesis (cf. DA 371-372; 365).
1.3 ANIMADOS POR EL ESPÍRITU DE LA COMUNIÓN
238 “La Iglesia, como comunidad de amor, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que es comunión y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo”. La experiencia de fe siempre se vive en una Iglesia Particular (cf. DA 159). Recordemos al respecto también la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Dios no quiso salvarnos aisladamente, sino formando un Pueblo” (LG 9).
239 La espiritualidad de la
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comunión ha de ser el principio educativo en todos los lugares de nuestra Iglesia Potosina donde se forme al hombre y al cristiano, donde se eduque a los ministros del altar, a las personas consagradas y a los agentes de pastoral, donde se construyan las familias y las comunidades (cf. NMI 43).
240 Puesto que la Iglesia es comunión ya por naturaleza, el trabajo en conjunto debe permitir necesariamente la complementación entre organismos y estructuras que tienen distintas riquezas y recursos.
241 La Eucaristía deberá ser en nuestra Arquidiócesis la fuente de
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la unidad eclesial y, a la vez, su máxima manifestación, epifanía de comunión; por eso, en cada celebración eucarística hemos de sentirnos interpelados por el ideal de comunión que el libro de los Hechos de los Apóstoles presenta como modelo para la Iglesia de todos los tiempos. (cf. Hch 2,42ss; 4,32ss.; MND 21. 22). Esta es la razón por la cual la Iglesia potosina asume este reto: ser “casa y escuela de comunión” (NMI 43).
1.4 DÁNDOLE FORMA EUCARÍSTICA A LA VIDA Y A LA MISIÓN DE LOS DICÍPULOS MISIONEROS
242 “Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada” (EE 6). En el camino de las comunidades que integran nuestra Iglesia local, siempre hemos constatado la cercanía fervorosa del pueblo de Dios a la Eucaristía tanto en la celebración de la Santa Misa como en la adoración eucarística. Somos un pueblo que ha visto crecer su fe y amor a Dios en torno a las variadas y creativas expresiones de devoción a Jesús presente en la Eucaristía. La Eucaristía nunca dejará de ser el principal motivo para alentar nuestra vida inmersa en tantos acontecimientos no siempre favorables.
243 Ante un mundo roto y carente de unidad, la Iglesia de San Luis experimenta también en sus familias y en sus estructuras la dificultad real para vivir la comunión y la unidad. La Iglesia Potosina sabe sobre la urgencia de ser cohe-rente entre su vida y su misión para que su presencia
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sea signo de la llegada del Reino de Dios. Esta coherencia será resultado en gran parte de la forma como vivamos con un sentido eclesial cada Ce-lebración de la Eucaristía, comprendiendo y asimilando la unidad inquebrantable que existe en el interior del mismo misterio eucarístico entre la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Así, el momento de la Santa Misa será el máximo referente de nuestra unidad eclesial, ya que si en el misterio eucarístico evitamos una visión yuxtapuesta de estas dos partes del rito (Palabra y Eucaristía), lo mismo deberá acontecer en el camino de nuestra vida eclesial (cf. SCa 44).
244 El antídoto contra el relativismo que nos lleva no sólo a desviarnos de la verdad, sino también a distanciarnos de los demás, es por excelencia la Celebración de la Eucaristía. La Euca-ristía por medio de la Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4,12), nos anuncia la Verdad en su más alta expresión, contenidos y compromisos; y por la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor, somos impregnados del misterio de amor que está en la Trinidad. “La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones” (EE 10).
245 Siendo éste el momento de Dios para suscitar auténticos Discípulos Misioneros en la Iglesia Potosina para que nuestros pueblos tengan vida, necesitamos con determinación acceder como pastores, consagrados y laicos al Misterio de la Eucaristía no sólo como un recuerdo de fe, sino “en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose en cada comunidad que lo ofrece por medio de un ministro consagrado” (EE 12). Será muy alta la responsabilidad de los sacerdotes al presidir la
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Eucaristía, pues lo han de hacer in persona Christi (en la persona de Cristo), recordando las palabras de Jesús: “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22,19). “Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo” (SCa 23).
246 La unión con Cristo que se rea-liza en la Eucaristía nos capa-cita para emprender nuevos tipos de relaciones sociales, ya que la unión con Cristo es unión con todos los demás a los que Él se entrega (cf. SCa 89).
1.5 LLAMADOS A SER MISIONEROS
247 Al llamar Jesús a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el Evangelio del Rei-no a todas las naciones (cf. Mt 28,19. Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús nos vincula a Él como amigos y hermanos y nos hace partícipes de su misión. En San Luis Potosí, con la valentía que nos da el Espíritu (cf. Jn 20,22), queremos anunciar a Cristo donde Él no es aceptado, con nuestra vida, con nuestra acción, con nuestra profesión de fe y con su Palabra (DA 377), pues por el Bautismo y la Confirmación somos misioneros, con un corazón abierto a todas las culturas y a todas las opiniones.
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248 La misión ha de iniciar compartiendo la experiencia del encuentro con Cristo, dando testimonio de Él y anunciándolo con gratitud y alegría, pues cuando el discípulo está enamorado de Cristo no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4,12). En efecto, el discípulo sabe que “sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro” (DI 3).
249 La misión de los pastores en la Arquidiócesis ha de considerar que el acompañamiento de la religiosidad popular es un punto de partida imprescindible para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda. Por eso, el discípulo misionero también tiene que ser sensible a ella para saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables (cf. EN 48). De igual manera, para que nuestra evangelización alcance una dimensión integral no debe olvidar la opción preferencial por los pobres, la promoción humana y la auténtica liberación cristiana (cf. DA 146).
250 Es necesario formar a los discípulos en una espiritualidad de la acción misionera, que se basa en la docilidad al impulso del Espíritu, a su potencia de vida que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia. “El discípulo misionero, movido por el impulso y el ardor que proviene del Espíritu, aprende a expresarlo en el trabajo, en el diálogo, en el servicio, en la vida cotidia-na” (DA 284).
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LES INVITO A CUIDAR MÁS LA VIDA ESPIRITUAL, PASTORAL Y COMUNITARIA, A LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES. A LOS RETIROS EPIRITUALES Y A LAS REUNIONES DE DECANATO. ALIMENTEMOS MÁS NUESTRA VIDA SACERDOTAL CON UNA PRÁCTICA SÓLIDA, SISTEMÁTICA Y CONSTANTE DE ESTUDIO Y UNA INTENSA VIDA DE ORACIÓN. (Circular 1/2008) |

2. CON UNA CLARA Y DECIDIDA OPCIÓN POR LA FORMACIÓN DE LOS DICÍPULOS MISIONEROS
251 Si queremos que el anuncio del Reino llegue a todos los ámbitos de la sociedad, es necesario cuidar con esmero el proceso de formación de los discípulos, pues todo discípulo misionero requiere una sólida formación, que implica un proceso en el que podemos distinguir cinco momentos: el encuentro con Cristo, la conversión, el discipulado, la comunión y la misión; como ya se explicitó en los números 189-214 (cf. DA 278).
252 La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo la pedagogía de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). Para esto, nuestra Iglesia Potosina requiere de una clara y decidida opción por la formación de todos sus miembros, sea cual sea la función que desarrollen y cobra especial relevancia cuando pensamos en la tarea formativa que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto sociocultural (cf. DA 276).
253 Este es el reto fundamental: mostrar la capacidad de nuestra Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que comuniquen con gratitud y alegría su experiencia de Cristo. La tarea principal de la formación será ayudar a encontrarnos siempre con Cristo y así reconocer, acoger, interiorizar y desarrollar la experiencia y los valores que constituyen la propia identidad y misión cristiana en el mundo (cf. DA 278).
254 Sentimos la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades un proceso de
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iniciación en la vida cristiana que comience por el Kerigma, guiado por la Palabra de Dios, que conduzca a un encuentro personal cada vez mayor con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, experimentado como plenitud de la humanidad, y que lleve a la conversión, al seguimiento en una comunidad eclesial y a una maduración de la fe en la práctica de los sacramentos, el servicio y la misión (cf. DA 289 y CELAM, Plan global 2007-2011, 3.4).
255 El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y en la invitación personal de Jesucristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz. El Señor despertaba las aspiraciones profundas de sus discípulos y los atraía hacia sí, llenos de asombro. El seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena. El discípulo es alguien apasionado por Cristo a quien reconoce como el Maestro que lo conduce y acompaña (cf. DA 277).
2.1. LOS DICÍPULOS MISIONEROS EN UN PROCESO DE FORMACIÓN PERMANENTE
2.1.1 Presbiterio
256 En el proceso de formación el discípulo requiere elementos peculiares, de acuerdo al servicio que debe realizar en la Iglesia. Presbiterio es el lugar privilegiado en donde el sacerdote debe encontrar los medios específicos para su realización y alcanzar la configuración plena con Jesucristo; allí mismo debe ser ayudado a superar los límites y debilidades propios de su naturaleza humana.
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Es de desear que en la Arquidiócesis los párrocos estén disponibles para favorecer la vida en común con sus vicarios. (262)
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257 Mediante el ministerio presbite-ral, el Señor continúa ejerciendo, en medio de su Pueblo, aquella actividad que sólo a Él pertenece en cuanto Cabeza de su Cuerpo. El sacerdocio ministerial ha de ser en nuestro mundo un testimonio palpable de que Cristo no se ha alejado de su Iglesia, sino que continúa vivificándola. Por este motivo, la Iglesia, Pueblo de Dios, considera el sacerdocio ministerial como un don otorgado a Ella en el ministerio de algunos de sus hijos (cf. DMVP 1-2).
258 A imagen viva y transparente del Buen Pastor, el presbítero está llamado a ser el hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades. La caridad pastoral, fuente de la
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espiritualidad sacerdotal, anima y unifica su vida y ministerio. Consciente de sus limitaciones valora la pastoral orgánica y se inserta con gusto en su presbiterio (cf. DA 198).
259 El Obispo y los presbíteros deben tener clara conciencia de que son ministros de la Palabra, pero para llegar a ser tales, es necesario que sean oyentes asiduos y permanezcan habitados por ella; pues en la comunidad del Señor todos, también los maestros (cf. 1Co 12,28), continúan siendo siempre discípulos del único Maestro, Jesucristo (cf. Mt 23,8); aquellos que son encargados de anunciar la Palabra están siempre al servicio de la Palabra y sometidos a Ella (cf. Hch 6,4).
260 De esta manera, la Palabra que el Presbítero anuncia, incluso
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cuando predica, resuena para él como discípulo, de manera que renueva su fe y confirma su adhesión al Señor. No se olvide, por otra parte, que la Palabra de Dios pronunciada sin obediencia, sin fe o sin saborearla, no puede hacer otra cosa que endurecer el corazón (cf. Mc 10,5) del propio predicador hasta el grado de llegar a cerrarlo (cf. Lc 19,22).
261 Los presbíteros han de estar vinculados existencialmente a la Eucaristía de tal modo que sea el centro y cumbre de su ministerio sacerdotal. “De este modo el presbítero será capaz de sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva, encontrando en el Sacrificio Eucarístico, verdadero centro de su vida y de su ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar los diversos quehaceres pastorales” (EE 31).
262 Es de desear que en la Arqui-diócesis los párrocos estén dis-ponibles para favorecer la vida en común con sus vicarios, estimándolos efectivamente como a sus cooperadores y partícipes de la solicitud pastoral; por su parte, para construir la comunión sacerdotal, los vicarios han de reconocer y respetar la autoridad del párroco (DMVP 29).
2.1.2 Vida Consagrada
263 La vida consagrada está llamada a ser una vida discipular, apasionada por Jesús, camino al Padre misericordioso guiada por el Espíritu Santo; por lo mismo, de carácter profundamente místico y comunitario (cf. DA 220).
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264 Quienes viven la experiencia de la vida consagrada están llamados a seguir trabajando con generosidad, e incluso con heroísmo, para que en la sociedad reine el amor, la justicia, la bondad, el servicio y la solidaridad, según el carisma de los fundadores. Han de esme-rarse por vivir con profunda alegría su consagración, que es medio de santificación personal y de redención para sus semejantes.
265 “La vida consagrada está llamada a ser experta en comunión, tanto al interior de la Iglesia como de la sociedad. Su vida y su misión deben estar insertas en la Iglesia particular y en comunión con el Obispo. Para ello, es necesario crear cauces comunes e iniciativas de colaboración, que lleven a un conocimiento y valoración mutuos y a compartir la misión con todos los llamados a seguir a Jesús” (DA 218).
266 Los consagrados han de ser testigos de que hay una mane-ra diferente de vivir con sentido, recordando a los demás que el Reino de Dios ya ha llegado, que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la presencia amorosa de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro hermano y Señor, y del Espíritu Santo nuestro Consolador.
2.1.3 Laicos
267 El apostolado laical solamente puede obtener toda su eficacia con una formación doctrinal sólida, teo-lógica, moral y filosófica, acomodada al carácter y a las cualidades de cada uno
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PARA CUMPLIR SU ELEVADA TAREA, EL SACERDOTE DEBE TENER UNA SÓLIDA ESTRUCTURA ESPIRITUAL Y VIVIR TODA SU VIDA ANIMADO POR LA FE, LA ESPERANZA Y LA CARIDAD. (Circular 1/2008) |

(cf. AA 28.29). Esta formación debe consi-derarse como fundamento y condición de todo apostolado fecundo. La renovación de la Iglesia no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia. Se espera de los laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una vida coherente con el Evangelio (cf. IA 44).
268 Los laicos, como parte del Pue-blo de Dios, también están llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu está diciendo a nuestra Iglesia y nuestras parroquias, a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta (cf. DA 366).
269 La formación de los laicos y lai-cas debe contribuir ante todo a una actuación como discípulos misioneros en el mundo, en la perspectiva del diálogo y de la transformación de la sociedad. Es urgente una formación específica para que puedan tener una incidencia significativa en los diferentes campos, sobre todo “en el mundo vasto de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios y de otras realidades abiertas a la evangelización” (DA 283).
270 El Consejo Diocesano de Laicos ha de tener como objetivo primordial coordinar y animar el apostolado laical organizado para lograr una Iglesia más comprometida evangélicamente y en armonía con el Plan Diocesano de Pastoral, buscando nuevos caminos para
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transformar la realidad compleja y desafiante, en la que estamos inmersos.
3. ALGUNAS INSTITUCIONES DIOCESANAS AL SERVICIO DE LA FORMACIÓN
3.1 VICARÍA DE PASTORAL Y EQUIPOS DE CADA SECRETARÍA
271 La Vicaría de Pastoral, constitui-da por el Vicario Episcopal y los titulares de cada una de las Secretarías, en nombre del Obispo tendrá que propo-ner un proyecto que permita coordinar e impulsar la aplicación del Plan Diocesano de Pastoral en sus directrices fundamentales; entre las cuales destaca el cuidado por la comunión y la formación de los agentes (cf. Ordenamiento de la Curia 2.1).
272 Teniendo en cuenta que en la pastoral de la Arquidiócesis el eje central es el Plan Diocesano de Pastoral, se requiere que todas las fuerzas vivas de la Iglesia particular, es decir, los diversos organismos eclesiales: comunidades religiosas, asociaciones y movimientos laicales, pequeñas comunidades, comisiones y equipos, garanticen con su colaboración la convergencia de las diversas iniciativas diocesanas y los programas de acción.

| La espiritualidad, en el Seminario, deberá responder a la identidad de la propia vocación. (274) |
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3.2. SEMINARIO
273 El seminario es el tiempo de la formación inicial, una etapa donde los futuros presbíteros comparten la vida a ejemplo de la comunidad apostólica en torno a Cristo Resucitado, y a su luz disciernen continuamente su opción vocacional. Por eso los alumnos tienen como centro la vida eucarística. Oran y meditan la Palabra de Dios, y a partir de ella reciben las enseñanzas que van iluminando su mente y moldeando su corazón para el ejercicio de la caridad fraterna y de la justicia por el servicio. El ejercicio pastoral les prepara para vivir una sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor. Su docilidad al Espíritu, les lleva a convertirse cada día en signo personal y atractivo de Cristo Sacerdote (cf. DA 316).
274 Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor, es el primer inspirador y modelo de todo formador.
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No hay verdadera labor formativa en el Seminario al margen de Cristo y sin el influjo permanente del Espíritu Santo. La espiritualidad deberá responder a la identidad de la propia vocación. El Proyecto Formativo del Seminario requiere:
a) Una referencia permanente a la persona de Cristo que se expresa en una progresiva configuración con Él.
b) Una consonancia total con el proyecto pastoral de la Arquidiócesis, así como con el Magisterio de la Iglesia.
c) Un proceso integral que atienda a las dimensiones de la formación: humana, espiritual, intelectual y pastoral; fruto de un verdadero encuentro personal con Jesucristo (cf. DA 319).
275 A lo largo del período de formación
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La parroquia es el lugar donde viven y se forman los discípulos misioneros de Cristo. Es una célula viva de la Iglesia y lugar privilegiado donde los fieles adquieren una experiencia concreta de Cristo y de la comunión eclesial. (279)
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se debe cultivar un amor tierno y filial a María, que como discípula enseña a escuchar, discernir, responder y a comprometerse en el proyecto del Padre manifestado en Jesucristo. Ella brindará a los futuros sacerdotes fortaleza y esperanza en los momentos difíciles y los alentará a ser incesantemente discípulos misioneros para el Pueblo de Dios (cf. DA 320).
3.3. DECANATO
276 El decanato tiene como fin promover la pastoral en un sector de la Arquidiócesis, facilitando así la atención de los fieles entre las parroquias vecinas; por eso, tiene una decisiva importancia en la pastoral orgánica y debe convertirse en un instrumento indispen-sable para la aplicación de los proyectos diocesanos de pastoral.
277 En esta instancia pastoral, el Decano es un colaborador inmediato del Obispo en la demarcación territorial, para coordinar e integrar ahí toda la acción pastoral en comunión con los otros decanatos. El Decano se cuenta entre aquellos “más próximos colaboradores del Obispo diocesano… que ejercen un oficio pastoral de índole supra-parroquial” (ES 29,1).
278 El Colegio de Decanos es una instancia establecida en la Arquidiócesis que tiene como fin primor-dial coordinar y apreciar justamente todo lo relacionado con las actividades de la vida pastoral. Es constituido por el Obispo según las necesidades y las circunstancias; fomenta, entre otras tareas, la comunión y la participación corresponsable en la Iglesia diocesana (cf. Estatutos del Colegio de Decanos 24. 26).
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3.4. PARROQUIA
279 La parroquia es el lugar donde viven y se forman los discípulos misioneros de Cristo. Es una célula viva de la Iglesia y lugar privilegiado donde los fieles adquieren una experiencia concreta de Cristo y de la comunión eclesial; por eso nuestras parroquias tendrán que ser casas y escuelas de comunión. “Toda parroquia está llamada a ser el espacio donde se recibe y acoge la Palabra, se celebra y se expresa en la adoración del Cuerpo de Cristo, se da testimonio de solidaridad y así es la fuente dinámica del discipulado misionero” (DA 172).
280 La parroquia está llamada a ser receptiva y solidaria, espacio de la iniciación cristiana, de la educación y la celebración de la fe. La parroquia, comunidad de comunidades y de movimientos (cf. IA 41; SD 58), debe estar abierta a la diversidad de carismas, servicios y ministerios organizados de modo comunitario y responsable. Tiene que ser integradora de los movimientos de apostolado ya existentes, estar atenta a la diversidad cultural de sus habitantes y abierta a los proyectos pastorales decanales, diocesanos, así como a las realidades circundantes (cf. DA 170). La parroquia es la Iglesia que vive entre las casas de los hombres.
281 La situación actual de la parro-quia nos pide una renovación en sus
EN EFECTO EL DICÍPULO SABE QUE SIN CRISTO NO HAY LUZ, NO HAY ESPERANZA, NO HAY AMOR, NO HAY FUTURO. (BENEDICTOXVI, DI 3).
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sus estructuras, de modo que llegue a ser una red de comunidades y grupos capaces de articularse y sus miembros sean promovidos como discípulos misioneros de Jesucristo (cf. DA 172), pues la “parroquia renovada multiplica las personas que prestan servicios y acrecienta los ministerios” (DA 202). Su propia renovación exige que se deje iluminar siempre de nuevo por la Palabra viva y eficaz. Requiere, tanto la sectorización en unidades territoriales más pequeñas, con equipos propios de animación y coordinación pastoral, que permitan una mayor proximidad a las personas y movimientos (cf. DA 372), como actitudes nuevas en quienes recae directamente el cuidado pastoral de los mismos, pues, “solamente un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia” (DA 201).
282 Si queremos que nuestras parro-quias sean centros de irradiación misionera en sus propios territorios, deben ser también lugares de formación permanente. Esto requiere que se organicen en ellas variadas instancias formativas que aseguren el acompañamiento y la maduración de todos los agentes pastorales y de los laicos insertos en el mundo (cf. DA 306). A esta finalidad han de contribuir el Consejo de Pastoral Parroquial, equipos de servicio de la Palabra, la liturgia y la caridad, así como los distintos movimientos y asociaciones que las integran.
3.5. OTROS CENTROS DE INFORMACIÓN
283 Para favorecer el crecimiento integral de las personas y, especialmente, para fortalecer la vivencia de la fe, se han creado a diversos niveles, en algunas
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parroquias y decanatos, centros de formación que en medio de sus limitaciones han ido adquiriendo el grado de “escuelas”. Dichos centros manifiestan una gran variedad en su estructuración y calendarización de programas; la gran mayoría de ellos, están condicionados por los recursos a su alcance. Peculiar importancia tiene al respecto la Escuela Arquidiocesana de Teología.
284 Dichas escuelas están llamadas a una reestructuración, de tal manera que brinden u ofrezcan un servicio más cualificado a quienes en ellas se forman, para que sean capaces de hacer un anuncio más eficaz del Evangelio en el momento complejo y plural de nuestra cultura.
285 Para dar cauce y llevar a la práctica lo expuesto en este capítulo, es oportuno recordar lo que decía el sabio Papa Pablo VI: “La Iglesia necesita recuperar el anhelo, el gusto y la certeza de su verdad… la Iglesia necesita, además, sentir que fluye otra vez por todas sus facultades humanas la ola de amor, de ese amor al que llaman caridad, y que precisamente es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Pablo VI, Discurso, 29 de no-viembre de 1972).
286 La Iglesia es la comunidad de los convocados a salir de sí mismos para hacer presente el amor de Dios en la historia, al modo de Jesucristo. Por eso debe configurarse con Jesucristo su Maestro y Señor, el Gran Misionero que salió de la casa del Padre y vino hasta nosotros para traernos aquella vida abundante que brota de las entrañas del Padre. Veamos ahora cómo debemos imitar a Jesús y realizar lo que Él nos manda.
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