CAPITULO 3:

LA IGLESIA EN SAN LUIS

ENCUENTRA Y SIGUE

A JESUCRISTO: CAMINO, VERDAD Y VIDA




















“Le dice Tomás:‘Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ Le dice Jesús: ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí…’” (Jn 14,6).

 

 

1. JESUCRISTO:

CAMINO, VERDAD Y VIDA

143 Ante los desafíos que nos presenta el análisis expuesto, surgen algunas preguntas: ¿Cómo puede la Iglesia en San Luis Potosí iluminar la realidad en los aspectos sociales, políticos, económicos y religiosos? ¿Cómo puede contribuir, aun cuando sea en pequeña medida, a modificar la situación de pobreza y de miseria de tantas personas, según lo hemos visto en el análisis de la realidad?

144 Queremos, los discípulos y misioneros de esta Arquidiócesis, responder a los retos que nos presenta la realidad, renovando a fondo el ser y quehacer de nuestra Iglesia Potosina, con y desde la fuerza del Espíritu que nos llama hoy a encontrarnos con Jesús, el

Mesías, el Hijo de Dios (cf. Mc 1, 1); transmitiendo la Buena Nueva a personas y comunidades inmersas en una realidad tan retadora (cf. 50-142). Con la seguridad de que quien se encuentra con Él experimenta la vida Nueva del Reino (cf. DA 30 y 103).

1.1 JESUCRISTO

145 La vida de la Iglesia tiene su centro impulsor en la persona y en el acontecimiento de Jesús: “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado” (DA 18).

146 Encontrarlo y seguirlo lleva a una identificación con Él, hasta

¿Cómo puede la Iglesia en San Luis Potosí iluminar la realidad en los aspectos sociales, políticos, económicos y religiosos? ¿Cómo puede contribuir, aun cuando sea en pequeña medida, a modificar la situación de pobreza y de miseria de tantas personas, según lo hemos visto en el análisis de la realidad? (143)

 

 

 

compartir la misión que el Padre le encomendó, por eso puede decirse que discipulado y misión son como las dos caras de una misma moneda (DI 3). Ser discípulo implica asumir la vida nueva en la persona de Jesús y ofrecer esa vida a todos (cf. Ga 2,20-21).

147 Jesucristo es la expresión del gran amor de Dios que se ha revelado. Es “el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre” (DA 107). En Él, en Cristo y gracias al Espíritu Santo, el Padre nos hace hijos en su Hijo y pone a nuestro alcance la plenitud de la vida, haciéndonos partícipes de su comunión Trinitaria. Las palabras de Jesús en el Evangelio sintetizan su identidad y su misión, cuando afirma: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Él se nos presenta como meta de todos nuestros pasos hacia el Padre; para alcanzar esta meta, Jesús mismo es el Camino (cf. Jn 14,6).

148 En la persona de Jesús, el Dios invisible toma rostro y carne, el Dios eterno se hace historia, el Dios santo asume nuestra fragilidad, se acerca a nosotros y nos ofrece su amistad (cf. Jn 14,9-10; Col 1,15).

149 En resumen, Jesús es el Camino que nos permite descubrir toda Verdad y lograr la plena realización de nuestra Vida. “Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano… ¿Quién conoce a Dios? ¿Cómo podemos conocerlo?... Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad” (DI 3).

1.2 EL ANUNCIO DEL REINO

150 De los evangelios sinópticos, aprendemos que el anuncio fundamental de Jesús en su ministerio te-rreno fue que el Reino de Dios es Él mismo como enviado del Padre y está al alcance de todo aquel que lo escuche, acepte y se abra a su acción salvadora. De este Rei-no participamos plenamente cuando nos adherimos totalmente a Jesucristo en la fe entrando decididamente en el camino de la conversión (cf. Mc 1,15).

151 El Reino se percibe como la presencia poderosa de Dios que actúa en la historia, para llevar a cabo su plan de vida y salvación para todas sus criaturas. Tiene una dinámica histórica y otra trascendente: se hace realidad en el presente y se desarrollará plenamente en el futuro. En la predicación y en las acciones realizadas por Jesús con los enfermos y marginados encontramos ya los signos que hablan de su presencia entre nosotros. De ahí que se nos presente como un gran tesoro que hay que conseguir sin importar lo que tengamos que entregar a cambio de él (cf. Mt 13,44).

152 El Reino, manifestado plenamente en la muerte y resu- rrección de Jesús, se convierte luego en el tema de la predicación misionera de la comunidad, ya que Jesús al llamar a sus seguidores les da un encargo muy preciso: anunciar el Evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28,19). Cumplir este encargo es parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma (cf. DA 144). A partir de todo esto es como podemos justificar por qué la Iglesia es semilla del Reino (cf. RMi 17.20).

 

 

 

2. MODELOS DE DICIPULO MISIONERO

153 El encuentro con Jesús nos abre la ruta para un proceso vital, personal y comunitario de conversión que nos lleva a vivir una vida nueva. A este proceso llamado respuesta, la Iglesia lo llama discipulado. En el encuentro con Cristo se descubre el significado de su persona y su propuesta. Jesucristo se nos presenta como el Único Liberador y Salvador, que con su muerte y resurrección rompió las cadenas opresivas del pecado y de la muerte, que revela el amor misericordioso del Padre y la vocación, dignidad y destino de la persona humana. El nuevo testamento nos presenta ejemplos innumerables de hombres y mujeres que transformaron radicalmente su vida al convertirse en discípulos de Cristo. Los ejemplos de la virgen María y del apóstol Pablo nos animarán, sin duda, a ser discípulos incondicionales de Jesucristo.

2.1. MARÍA

154 “María es la máxima realización de la existencia cristiana. Es la mujer fuerte y libre” (DA 266). Ella brilla ante nuestros ojos como la imagen perfecta y fidelísima del seguimiento de Cristo. La Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe destinada a guiarnos y fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con su Hijo Jesucristo y por medio de Él, con el Creador del cielo

y de la tierra. “Por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios; así como por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús, es la discípula más perfecta del Señor” (DA 266).

155 En la Virgen María la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa. “Frente al lector orante de la Palabra de Dios, se levanta idealmente el perfil de María, la Madre del Señor que ‘conservaba estas cosas, y las meditaba en su corazón’ (cf. Lc 2,19; 2,51; Mensaje de clausura XII Asamblea general del Sínodo de los Obispos)”. Por eso, estando íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, ella puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada (cf.DA 271). María “nos recuerda que la belleza y la realización del ser humano está en su vinculación por el amor con Dios, y que la plenitud de nuestra libertad está en la respuesta positiva y generosa que le damos” (DA 141).

156 María ante el Misterio de la Encarnación vive un proceso que va del reconocimiento de su pequeñez a la aceptación de la magnificencia divina con una total adhesión de su vida al proyecto del Padre (cf. Lc 1,26-38). La Virgen María fomenta la comunión “y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida al otro, especialmente si es pobre o necesitado” (DA 272). “María hace que la Iglesia se sienta familia” (DP 295).

157 En María Santísima vemos perfectamente realizado el modo

cONOCER A JESÚS ES EL MEJOR REGALO QUE PUEDE RECIBIR CUALQUIER PERSONA; HABERLO ENCONTRADO NOSOTROS ES LO MEJOR QUE NOS HA OCURRIDO EN LA VIDA Y DARLO A CONOCER CON NUESTRAS PALABRAS Y OBRAS ES NUESTRO GOZO.(DA 29)

 

 

sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. Cada vez que celebramos la Eucaristía y nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a María que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. María inaugura la participación de la Iglesia en el sacrificio del Redentor. Ella acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, imagen de la Iglesia naciente, es el mo-delo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía (cf. SCa 33).

158 En el acontecimiento guadalupano la relación del discípulo con María adquiere una dimensión cristológica y comunitaria. La relación única y perso-nal de la Madre con cada hijo ha adquirido una dimensión comunitaria al establecer con el pueblo mexicano una relación especial que nos ha hecho ser una Nación en la historia, nación a la que María ha acompañado siempre con su amor maternal, conduciéndola sobre todo en el camino de la fe y de la fidelidad a Cristo y a su Iglesia (cf. CEM 2000, 430-431).

159 María de Guadalupe, según la tradición narrada en el Nican Mopohua, al llamar “juanitzin” (señor Juan) a Juan Diego, nos da también una pauta para la evangelización: dignificar a los hermanos (as), especialmente a los que se sienten menos a los ojos del mundo.

160 ¡Permanezcamos en la escuela de María! (cf. DA 270), pues ella “nos ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, servicio, entrega y gratuidad que deben distinguir a los discípulos

de su Hijo” (DA 272). Permanezcamos en la pleplegaria junto a María, estrella de la espe-ranza “¿Quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su “sí” abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros y plantó su tienda entre nosotros?” (cf. Jn 1,14; Spe Salvi 49).

2.2 PABLO

161 La figura del apóstol de los gentiles se ha ido engrandeciendo con el paso del tiempo, y su doctrina sigue siendo fundamental hoy para la Iglesia, y un ejemplo para los cristianos; de forma que su pensamiento se convierte en seguida en alimento espiritual para los fieles de todos los tiempos (cf. Benedicto XVI, Audiencia General, 4 de febrero de 2009).

2.2.1 El Encuentro

162 Toda la historia de la salvación nos muestra que es Dios quien siempre toma la iniciativa y sale al encuentro del hombre para salvarlo. Así sucede en el caso particular del apóstol Pablo. Jesús el Hijo de Dios, sale al encuentro de su perseguidor y lo detiene en su camino, envolviéndolo con su luz y su Palabra; la luz representa la gloria o presencia del Señor (cf. Ez 1,28).

163 Pablo, al ser envuelto por una gran luz, es iluminado por Jesucristo, quien se le da a conocer, y le hace percibir la verdad de su propia vida, de cada cosa y de cada persona. Por eso, lo que en un momento le fue valioso y querido, lo considerará basura comparado con el conocimiento de Jesucristo (cf. Flp 3,8).

 

 

164 La experiencia del encuentro con el Señor es tan impactante, que provoca reacciones muy diversas en el sujeto concreto (cf. Is 6,5; Ex 3,6; Lc 5,8). En Pablo se da un efecto que produce en él una gran transformación: de ser un hombre con autoridad, con celo y decisión para perseguir a los seguidores de Jesús, cae postrado frente a quien, desde ahora en adelante, llamará “Señor”, el cual dis-pondrá enteramente de su persona para que dé a conocer su Nombre (cf. Hch 9, 4.15; 22,7).

165 Entre Jesús resucitado y Pablo se da un diálogo breve pero intenso, propio de estos eventos extraordinarios: “Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? El respondió: ¿Quién eres Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hch 9,4b-6). En ese diálogo hay una interpelación a Pablo, una pregunta a Jesús, la revelación de la identidad de Jesús y un imperativo. Diálogo que deja en claro tres cosas: perseguir a los discípulos es perseguir a Jesucristo, Jesús es el Señor y Pablo entrará en un proceso de formación.

166 De esta manera, el encuentro de Pablo con Jesucristo se da a dos niveles. Por un lado la visión, la cual, sin embargo, le deja algunas dudas, y las manifiesta en su pregunta: ¿quién eres? Por otro lado, la Palabra del Resucitado que le deja claro lo que está sucediendo y le especifica lo que debe hacer. Su futuro dependerá también de su formación bajo la Palabra.

167 La experiencia vivida con Cristo resucitado le abre a Pablo un nuevo camino a Damasco, en donde se encontrará con quienes hasta ese momento habían sido sus enemigos, y ahora los tratará

como si fueran conocidos y compañeros de toda la vida, con la caracterización de una misma fe y la libertad común, pues ha sido el mismo encuentro con Cristo el que han vivido aquellos hermanos.

168 A partir de este encuentro con el Señor Jesús, se inicia la transfiguración de Pablo. Asimismo, a partir de ahí, Pablo se sabe “separado para el Evangelio”, por lo tanto, consagrado a la evangelización. Él empleará conjuntamente la idea de siervo y de apóstol. Siervo fiel, apegado a su Señor con todo el afecto de su corazón (cf. Rm 1,1).

2.2.2 Experiencia transfigurante de Pablo discípulo

169 La conversión es un movimiento que va de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, a participar de la resurrección de Cristo (cf. Hch 9,3; 22,6; 26,13). Pablo inicia su transfiguración reflejando la gloria de Dios que se le manifestó en Jesucristo, hasta decir “no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

170 Jesucristo le cambió la ruta y lo introdujo en un camino que puede entenderse perfectamente como un proceso. Dándole a conocer el Evangelio lo hace vivir el itinerario del discípulo, transfigurándolo en un hombre nuevo. De ir contra la Iglesia, Jesús lo envía a la Iglesia; de dirigirse contra los discípulos, Jesús lo envía a ser instruido por un discípulo; después de ir dotado de poder y respirando amenazas y muerte (cf. Hch 9,1-2), ahora es conducido a la ciudad ciego e indefenso, dispuesto justamente a recibir instrucción de parte de su perseguido (cf. Hch 9,6). La ceguera es símbolo de

 

 

Es Jesucristo el que define el tiempo; es el Señor quien marca el nuevo itinerario. El discípulo no debe “apresurarse,” necesita vivir un proceso de interiorización que le permita alcanzar su configuración con el Maestro. (171)

la transición que está viviendo, pues ésta será temporal; representa un período de espera a que se le diga qué hacer.

171 Es Jesucristo el que define el tiempo; es el Señor quien marca el nuevo itinerario. El discípulo no debe “apresurarse,” necesita vivir un proceso de interiorización que le permita alcanzar su configuración con el Maestro. Pablo vive un proceso penitencial interno que se exterioriza a través de la oración y el ayuno; se concentra en la contemplación y en la escucha del Resucitado.

Sus sentidos no tienen “distracción” alguna, ni sus ojos ven, ni su boca come o bebe (cf. Hch 9,9). Es el inicio de su transfiguración, para tomar la misma forma de Aquél con quien se ha encontrado en el camino. Es la transición a una nueva etapa.

172 Es Jesús Maestro quien a- leccionará a su nuevo discípulo a través de instrumentos por Él elegidos de antemano. De tal forma que ya no será Gamaliel sino Ananías, y Bernabé posteriormente, así como los profetas y maestros de Antioquía, quienes le darán a conocer el Camino. Los Apóstoles y Presbíteros de Jerusalén confirman y precisan su línea pastoral (cf. Ga 2,1-2; Hch 15,1-4).

173 ¿Qué tiene de singular Ananías para recibir la misión de instruir a Pablo? Parece un hombre sin relevancia. San Lucas, en su austera presentación del tal Ananías, provocará que brille el único elemento que lo identifica además de su nombre: era “un discípulo” (cf. Hch 9,10). Sólo el que ha vivido o vive el camino del discipulado podrá conducir a otro por este mismo camino. La presencia de Ananías es

 

 

de capital importancia, pues recibe la encomienda divina de devolverle la vista a Pablo, es decir, de “concluir” esta etapa fundamental de su discipulado. Ananías, como instrumento divino, intervendrá en su proceso, no de aprendizaje intelectual, sino de trasformación interior, de transfiguración.

174 Pablo no fue un simple entusiasta de Jesucristo, sino un hombre transfigurado. Siendo él consciente de su transformación interna, la cual superaba el simple cambio de convicciones o de manera de actuar, y afectaba más bien su ser interno, dirá a la Iglesia de Roma que con Jesús se muere, con Jesús se es sepultado, con Jesús resucita y nace un hombre nuevo (cf. Rm 6,5-11; Ga 6,15). La tradición paulina más tardía dirá que Pablo recorrió el camino de la fe, el camino del discípulo, como un atleta en una noble competición, con el reglamento del amor (cf. 2Tm 2,5;

4,7-8). 2.2.3 Pablo, Apóstol, da a conocer a Aquel que lo ha “alcanzado”

175 Jesucristo, enviado del Padre para la edificación del Reino, asocia en esta misión a los que Él quiere (cf. Mc 3, 13). Es Él quien elige y envía a Pablo a llevar su Nombre a las gentes, concediéndole la gracia de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo (cf. Hch 9,15; Ef 3,8), pues es Jesucristo el verdadero consagrado y enviado, apóstol del Padre (cf. Jn 10,36), portador de la buena noticia de gracia y de bendición para todos los hombres.

176 En su proceso de maduración, Pablo reconoce que ha sido “se-parado para el Evangelio”, consagrado a la evangelización (cf. Rm 1,1). Instrumento

Es Él quien elige y envía a Pablo a llevar su Nombre a las gentes, concediéndole la gracia de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo (cf. Hch 9,15; Ef 3,8). (175)

 

 

 

y apóstol (delegado o embajador), siervo fiel, que con todo el afecto de su corazón realiza cada tarea encomendada.

177 El ministerio de Pablo, concre-tizado en el anuncio explícito de la Palabra a los “no judíos”, nos manifies-ta la fuerza creadora de la misma, pues ella genera y da vida a la comunidad, sin la cual no puede ni siquiera entenderse la nueva identidad cristiana. A lo largo de su ministerio trabaja intensamente catequizando y organizando a las comunidades para que se conviertan en expresiones siempre nuevas de la fe en Jesucristo, por ejemplo: Corinto, Tesalónica, Éfeso, etc.

178 Cuando surgen algunos signos que apuntan a la división en las comunidades, ésta será una preocupación constante y un tema frecuente en su reflexión. La exhortación a la unidad es de capital importancia en sus escritos (cf. 1Co 1,10-16; Ef 4,1-5). En la enseñanza del apóstol, la diversidad de carismas no ha de contribuir a la división sino a la integración de la comunidad, ya que en el ejercicio de los mismos hay que buscar la edificación del Cuerpo de Cristo (cf. 1Co 12,4-11; Ef 4,11-12).

179 Pablo, al convertirse en instrumento del Resucitado, vive su apostolado como un impulso natural, propio de su conciencia de haber sido enviado a evangelizar (cf. 1Co 9,16). Se ve a sí mismo como servidor cultual de Jesucristo entre los gentiles.

180 El apostolado es para Pablo una actividad tan altamente sagrada que la ofrece como una forma de culto a Dios (cf. Col 1,25). Su dedicación a la evangelización es como el servicio del sacerdote,

“dedicado por entero” al ser servicio de Dios en su Templo (cf. Rm 12,1), a tal grado que su actividad apostólica la considera un acto litúrgico en sí mismo, por eso hablará del deber “sacerdotal” de predicar el Evangelio de Dios (cf. Rm 15,16).

181 Pablo reconoce con sencillez que se une al grupo de apóstoles que lo eran antes que él (cf. 1Co 15,5-9; Ga 1,1) y describe su doble llamado, a ser discípulo de Jesucristo y a proclamarlo entre los gentiles (cf. Ga 1,15-16; Rm 1,5). Su única ambición es predicar el Evangelio donde Cristo todavía no ha sido nombrado (cf. Rm 15,20).

182 La expresión del apóstol: “predicar a Cristo crucificado” (1Co 1,23) es ante todo una experiencia. Pablo no habla de oídas, sino de todo lo que ha tenido que padecer por mantener su fide-lidad a la predicación, por ser fiel al nombre de Jesús. La fuerza de su testimonio brota precisamente de su unión vital con Jesucristo. “Todo lo puedo en Cristo que me conforta” (Flp 4, 13). El esfuerzo o el sacrificio jamás le resultan un obstáculo para continuar su tarea; más aún, en ciertos momentos esto lo enardece y le sirve de impulso para reafirmar su decisión.

183 Los así llamados viajes misioneros del Apóstol Pablo nos proporcionan las rutas trazadas por la Palabra a través de las vías del imperio. La especificación de su estancia prolongada en algunas de las comunidades cristianas fundadas por él, son muestra de la dedicación y hasta del afecto que tiene por aquellos que ha engendrado a la fe.

184 Sus cartas apostólicas son escritos que han visto la luz a partir de algunas situaciones que vivían

las comunidades y de los problemas que se suscitaron en ellas; por este medio Pablo transmite la profundidad del misterio de Cristo que él ha interiorizado y, desde Cristo, encuentra la luz del Espíritu para dar respuestas oportunas y eficaces para la buena marcha de las mismas. Sus cartas son verdaderas síntesis de fe y de vida. En ellas ofrece criterios valiosísimos para fortalecer la vida cristiana. Además, en sus escritos, Pablo abre frecuentemente su corazón y nos transmite su pasión por Cristo, por la obra que Dios realiza a través de su servicio y por las comunidades a las que se ha entregado.

3. CAMINO PARA UN AUTÉNTICO DICIPULADO, HOY

3.1 LA SITUACIÓN DEL HOMBRE DE HOY

185 Al considerar el ejemplo de Pa-blo, el gran discípulo de Cristo, descubrimos que experimenta un proceso interior para llegar a convertirse en seguidor fiel de Jesucristo. Este proceso se inicia desde una determinada situación personal y social y transita por un camino que conducirá a una vida nueva. Ahora al considerar la situación sociopolítica, económica y religiosa en que viven los hombres y mujeres de esta época pode-mos formular esta pregunta ¿puede cualquier persona inmersa en la cultura postmoderna convertirse en discípulo Cristo? Conviene recordar, a este respecto, lo que nos presenta el análisis de la realidad (cf. 50-142) y lo que afirma el documento de Aparecida. En efecto ya sabemos que la cultura actual tiende a:

a) Proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y a la dignidad del ser humano.

b) Dar el dominio a los ídolos del poder, la riqueza y el placer,

poniéndoles por encima del valor de la persona, y convirtiéndolos en la norma máxima de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización de la sociedad (cf. DA 387).

c) “Considerar las relaciones humanas como objeto de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso res-ponsable y definitivo” (DA 46; cf. Supra 50-58)

d) Exagerar los derechos indivi-duales y subjetivos; a un cuidado exa-gerado por la propia persona y a un descuido casi total por los que nos rodean. Esta tendencia se da de manera práctica e inmediatista, sin preocupación por criterios éticos (cf. DA 47).

e) Provocar adicción por las sensaciones y a crecer sin referencia a los valores e instancias religiosas.

f) Generar nuevos sujetos, con nuevos estilos de vida, de maneras de pensar, de sentir, de percibir, y con nuevas formas de relacionarse (cf. DA 51).

186 A la situación ya señalada, de explotación y opresión, se añade algo nuevo: la exclusión social. La exclusión, fruto de la globalización, afecta en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (cf. DA 65).

187 Así pues podemos afirmar que este ser humano fragmentado, cuya concepción de sí mismo se desva-nece, es a quien Jesús nos envía para anunciarle el evangelio de la vida. Es el mismo Cristo que a través de nuestra palabra y testimonio invita al hombre de hoy a ser su discípulo (cf. DA 44). Por esto

 

 

El apostolado es para Pablo una actividad tan altamente sagrada...su dedicación a la evangelización es como el servicio del sacerdote, “dedicado por entero” al servicio de Dios en su Templo (cf. Rm 12,1), (180)

necesitamos salir al encuentro del hombre concreto pues él ha de ser el camino que debe recorrer la Iglesia para cum-plir su misión; pues, “el acontecimiento Cristo es el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo” (DA 243). Proclamamos: ¡Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización de nuestra vida! (cf. MF 1). Él es quien da a conocer el hombre al propio hombre y le descifra su misterio (cf. GS 22).

188 Así pues es al hombre de hoy, afectado por algunas sombras, pero también por algunos destellos de luz esperanzadores como son: mayor sensibilidad respecto a la dignidad de la persona, búsqueda de sentido y trascendencia de la vida, valoración de lo sencillo y lo pequeño como lugar de grandes experiencias (cf. DA 52) y afirmación de la conciencia de

que el propio destino no se construye sin los otros (cf. DA 53) y que da más importancia a la fuerza del testimonio (cf. DA 55); es ante este hombre que proclamamos: Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

3.2 EL PROCESO DE UN DICÍPULO

189 A este hombre, cuyas características apenas hemos señalado, queremos presentarle la Buena Nueva de Jesucristo. La Virgen María por su fe, su obediencia a la voluntad de Dios, su capacidad para escuchar la Palabra y guar-darla en el corazón, por su disponibilidad para llevarla con prontitud y alegría y ponerla en práctica, es para nosotros un ejemplo de este proceso (cf. Lc 1,39-56) y el apóstol Pablo con su entrega apasio-nada, nos invita a desgastarnos en favor de aquéllos a quienes el Señor tiene elegidos de antemano (cf. Rm 8,28-30).

 

Todo discípulo necesita realizar un proceso que tiene estos elementos: encuentro con Cristo, conversión, discipulado, comunión y misión.

3.2.1 Encuentro

190 Quienes integramos la Iglesia Potosina queremos vivir el encuentro con Jesucristo, para experimentar su fuerza transformadora como sucedió con María, los Doce y Pablo el apóstol de los gentiles; ya que el encuentro con Jesús abre la ruta para este proceso vital, personal y comunitario, de conversión y de vida nueva, que conocemos como “disci-pulado”. En los Evangelios podemos confirmar cómo el llamado, la formación y la unión fraterna de los discípulos es fruto de la acción del Espíritu, que les lleva a descubrir en Jesús la Buena Nueva en persona, y por eso el seguimiento de Cristo no puede entenderse sino como la adhesión

total a Él y a compartir por envío suyo, la misión que el Padre le encomendó.

191 El “seguimiento”, entonces, se convierte para nosotros en la prolongación y actualización de la misión de Jesús, anunciando el Reino y ofreciendo su vida a todos los hombres. Sabemos por experiencia que “el encuentro personal con el Señor, si es auténtico, llevará consigo la renovación tanto personal como eclesial” (IA 7).

192 Es a partir del encuentro con Cristo como todo bautizado podrá asumir mejor esta tarea: ser ins-trumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante las dificultades y resistencias que puedan encontrarse. Éste es el mejor servicio que la iglesia tiene que

Todo discípulo necesita realizar un proceso que tiene estos elementos: encuentro con Cristo, conversión, discipulado, comunión y misión. (189)

 

 

Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones (cf. DA 14); y nos ayudará a vincularnos más estrechamente a Él, fuente de vida (cf. Jn 15, 5-15) y portador de palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68).

193 Participar de la vida de Jesucristo nos impulsa a asumir su estilo de vida y sus motivaciones, correr su misma suerte y hacernos cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas, como sus discípulos misioneros. Tenemos que ayudar a que muchos más católicos asuman su compromiso en la transformación de la sociedad, pues, un buen número de pro-blemas y deficiencias en nuestra sociedad se debe a que el divorcio entre la fe y la vida se ha agravado (cf. ChFL 2).

194 Hoy, el encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad (cf. Os 2,14) es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misio-nera (cf. DA 154), ya que al recibir la fe en el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que nos debe llevar a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abbá”, es decir, Padre (cf. DA 157).

195 Jesús plantea a sus discípulos que no desea tratarlos como siervos, sino como amigos. El amigo ingresa a la vida de Jesús, hasta apropiársela: escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir la vida de Jesucristo en su propia existencia (cf. Jn 15, 12. 14), modificando desde Él la forma de relacionarse con todos (cf. DA 132).

196 De aquí que no se pueda exigir a los cristianos un renovado compromiso evangelizador si éste no es fruto de una sólida espiritualidad que brote del encuentro con Jesucristo; puesto que “no somos discípulos por una

decisión ética, sino por el encuentro con su persona” (DA 243).

197 Nuestra vida cristiana exige una espiritualidad Trinitaria que tenga como punto de partida la experiencia bautismal arraigada en la Trinidad-Amor, que nos permita superar el egoísmo y abrirnos a los otros (cf. DA 240). La espiritualidad que hemos llamado “del camino” se gesta en el encuentro con Jesucristo, se alimenta con la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, con la participación activa y fructuosa en la Eucaristía (especialmente dominical) y se fortalece en la práctica de la caridad.

198 En el seguimiento de Cristo se han de aprender y practicar las bienaventuranzas del Reino, viviendo al estilo del mismo Jesucristo: su amor y su obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada y su amor servicial hasta el don de la vida (cf. DA 139). Sólo así los discípulos serán testigos creíbles de la muerte y resurrección del Señor hasta que Él vuelva.

3.2.2 Conversión

199 Si queremos la vida nueva, necesitamos a ejemplo de San Pablo entrar en un proceso de conversión, sabiendo que la conversión es un don de Dios. Se trata de un camino que puede entenderse perfectamente en clave de proceso, en el que participan dos protagonistas: Dios y el ser humano.

200 Dicha conversión es fruto del encuentro con la persona de Jesucristo vivo (cf. Mc 1,15). Es dejarse guiar por el Espíritu Santo. Es Dios que nos invita a volver

 

 

vita a volver nuestro corazón a Él. Es un cambio de mentalidad y de vida que se manifiesta en una fe con proyección social. Es llevar el amor de Cristo principalmente a los pobres, enfermos e indigentes (cf. IA 30; Lc 14,13.21). Es un proceso diario de entrega al seguimiento de Cristo que nos capacita para vivir en libertad (cf. Ga 5,1).

201 Como dicen nuestros Obispos mexicanos: “La conversión es un don que implica necesariamente un proceso personal de reencuentro y reconciliación con Dios, de reincorporación a la comunidad y de compromiso social, que lleva a la búsqueda del perdón a través del arrepentimiento sincero, el propósito de enmienda, el rechazo del mal y del desorden y orienta al rescate de los valores perdidos” (CEM 2000, 120).

202 La conversión personal tiene dimensiones eclesiales que interpelan a todos los miembros de la Iglesia a una creciente identificación con el estilo personal de Jesucristo, “…que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y excluidos” (CEM 2000, 123).

3.2.3 Discipulado

203 El encuentro con Cristo y la conversión nos llevan a adherirnos verdaderamente a Cristo, es decir a convertirnos discípulos suyos. “Ser discípulo es un don destinado a crecer” (DA 291).

El discípulo ha de ir modelando su existencia hasta llegar a la identificación plena con Jesús que lo llama por su nombre (cf. Jn 10,3). En el amor de Jesús madura la res-puesta del discípulo: “Te seguiré a don-dequiera que vayas” (Lc 9, 57), correspondiendo con amor a Quien lo amó primero (cf. DA 136). Es un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo para entregarse sin reservas a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6).

204 En esta experiencia de mode-lar la existencia o de transformación, destacamos como rasgos del discípulo los siguientes: •Tenga como centro la persona de Jesucristo, fuente de toda madurez humana y cristiana; y adopte su estilo de vida y sus mismas motivaciones. Posea espíritu de oración. •Sea amante de la Palabra y busque hacerla vida. •Viva la reconciliación constante y participe de la Eucaristía. •Insertarse comprometida y solidariamente en la comunidad eclesial y social. •Sea fervoroso misionero, como la expresión auténtica de su amor (cf. DA 292).

205 Jesús, el Maestro, formó perso-nalmente a sus apóstoles y discípulos. Cristo nos da el método: “Vengan y vean” (Jn 1, 39), “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Con Él, y por la fuerza del Espíritu, podemos desarro-llar las propias potencialidades y ayudar a las personas a formarse como discípulos y misioneros (DA 276).

206 Los apóstoles de Jesús, así como una gran multitud de santos que venera esta Iglesia de San Luis Potosí, han marcado su espiritualidad y su estilo de

 

 

 

 

vida. En ellos descubrimos y agradecemos la vida nueva que nos ha regalado el Padre en su Hijo Jesucristo.

3.2.4 Comunión

207 El discípulo, al vivir en comunión con Cristo, establece nece-sariamente vínculos nuevos y singulares con todos los seguidores de Jesús; por eso proclama con gozo y fe firme que Dios es comunión. Esta comunión es el proyecto magnífico de Dios Padre; Jesucristo, es el punto central de la misma, y el Espíritu Santo trabaja constantemente para crearla y restaurarla cuando es rota. La Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por Dios iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino (cf. IA 33).

208 El discípulo descubre, como experiencia, que la comunión es realizada de modo pleno en la Eucaristía.

La unión con Cristo que se realiza en la Eucaristía nos capacita también para nuevos tipos de relaciones sociales: la mística del Sacramento tiene un carácter social. En efecto, la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos. La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo (cf. SCa 89); y nos lanza a servir a los hermanos, al estilo de Cristo misericordioso.

209 La fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa (cf. DA 156).

3.2.5 Misión

210 ¿Cómo podemos entender la mi-sión? Contrariamente a lo que se piensa en nuestra sociedad, el Evangelio nos enseña que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Se vive mucho mejor cuando tenemos libertad interior para darlo todo: Quien aprecie su vida terrena, la perderá (cf. Jn 12,25). La vida se alcanza y madura en la medida en que se entrega para dar vida a los otros (cf. DA 360). A esto estamos llamados como

 

Iglesia potosina: salir al encuentro del hermano para ofrecerle el servicio de la Buena Nueva y el servicio fraterno.

211 Para nosotros, al igual que en todo el Pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misione-ra y la misión es para la comunión” (DA 163). La misión prolonga el encuentro, autentifica la conversión, incrementa la comunión y hace efectiva la solidaridad con todos los hombres. Cristo, al final de su vida terrena, con toda la autoridad del Padre, envía a su Iglesia, constituida por los Once testigos de su Resurrección, a enseñar y consagrar a los pueblos a la Santa Trinidad, prometiendo su presencia hasta el fin de los tiempos (cf. CEM 2000, 183; Mt 28,20).

212 La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo (cf. Hch 1, 8; DA 145).

213 Asumimos como Iglesia dioce-sana el compromiso de la Gran Misión Continental, que nos exigirá convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Nuestra Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, en el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de las personas, especialmente de los pobres. Necesitamos que cada una de nuestras comunidades cristianas se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo.

214 Pedimos y esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra espe-ranza. Esta apertura al Espíritu Santo requerirá asegurar espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor misionero incontenible y produzca un estimulante testimonio de comunión que atraiga a muchos hacia la vida nueva de Jesucristo (cf. DA 362). “Necesitamos recomenzar desde Cristo” (DA 41) para no perder el gusto por la misión y ser audaces en la realización de esta tarea.

215 Todo lo que nos ofrece el presente capítulo nos lleva a recor-dar que no hay discipulado sin comunión. El encuentro con Cristo, el discipulado, la conversión y la actividad misionera sólo pueden darse plenamente en el seno de una comunidad, en el seno de la Iglesia. Por eso, el siguiente capítulo está dedicado a abordar las exigencias que con-lleva el compromiso misionero de nuestra Iglesia Potosina. Veamos ahora a qué nos compromete nuestro Cuarto Plan Diocesano de Pastoral.