HISTORIA DE LA PARROQUIA

ORIGEN DE LA PARROQUIA

La parroquia surgió para adaptar la acción de la primitiva comunidad urbana a las zonas rurales recién evangelizadas. Desde su inicio se concibió como Iglesia local en una <<comunidad extramuros>> a cargo de un presbítero, a diferencia de la diócesis que está a cargo de un obispo, al paso del tiempo se fue convirtiendo en una institución jerárquica, es decir, fieles de un territorio en torno a un párroco y en centro popular de servicios religiosos.

Significado del término

Parroquia procede del latín parochia, o del griego paroikia, que significa avencindamiento; paroikos equivale a vecino y paroikein a residir. Por consiguiente forman la parroquia los que <<viven junto a>> o <<habitan en vecindad>>.

Significado Bíblico

Según la tradición griega paroikein equivale a ser extranjero o emigrante, peregrinar o vivir como forastero con domicilio en un país, con cierta garantía de protección por parte de la comunidad, pero sin derecho de ciudadanía. Se traduce el término también como peregrinari. La parroquia es en el Antiguo Testamento, la comunidad del pueblo de Dios, que vive en el extranjero sin derecho de ciudadanía.

En el Nuevo Tetamento se encuentra el vocablo paroikos con el mismo significado del Antiguo. Según el sentido bíblico la Iglesia es parokia, es decir comunidad de creyentes que se consideran extranjeros (Ef 2,19), de paso (1Pe 1,17), emigrantes, (1Pe 2,11) o peregrinos (Heb 11,13). Se tiene pues un doble significado: peregrinar en el extranjero y vivir en vecindad.

La comunidad cristiana en sus incios se congrega y es dirigida y gobernada por el obispo. En los siglo II y III la unidad pastoral era la civitas lo que hoy llamamos diócesis, era prácticamente una parroquia, los presbíteros ejercían su ministerio colegialmente junto al obispo, dividir en porciones el territorio, el obispo tenía toda la responsabilidad. Pero cada comunidad episcopal, tenía autonomía en lo litúrgico, y en lo disciplinar, aunque todas ellas estaban unidas por la fraternidad cristiana.

Al crecer el número de cristianos en Roma, llega a ser insuficiente la basílica laterana del Papa para acoger a toda la asamblea cristiana en la celebración eucarística y, es el Papa San Dámaso (259-268) el que estableció por primera vez <<parroquias circunscritas>>. Y son estos lugares de culto con diferentes títulos - que el Papa recorría en determinados días del año los que dan origen a las parroquias. Los sacerdotes encargados de estas iglesias formaban parte del presbiterio del obispo.

En el siglo IV parroquia designa a la diócesis y en siglo V a la parroquia rural. En la ciudad aparecieron las parroquias mucho más tarde.

Al extenderse la evangelización a las zonas rurales, los centros de misión y catecumenado se convirtieron en parroquias. La parroquia surgió pues, cuando un presbítero se hizo cargo pastoral de una zona del campo. Estas comunidades dependían de la comunidad urbana episcopal. Todavía el único responsable de la comunidad cristiana era el obispo.

Desde este momento Parroquia significa una circunscripción menor a cargo de un presbítero. El término diócesis sinónimo de provincia imperial, se entendió como circunscripción territorial mayor a cargo de un obispo.

En las ciudades se inició la construcción de edificios para el culto con objeto de facilitar a los fieles su participación en la liturgia. Estos constaban de una sala de reunión, un baptisterio, un almacén para las ayudas caritativas y una vivienda presbiteral. Así se aseguraba la acción pastoral, a saber, la celebración dominical, la catequesis bautismal, la formación de lectores, la disciplina penitencial, la regulación matrimonial, etc. Las parroquias fueron funcionales más que territoriales, con una estrecha relación entre sí por medio de las visitas papales o episcopales que se hacían con el fin de mantener la unidad de la Iglesia diocesana.

A lo largo del s. V también se multiplicaron los lugares de culto en el campo por iniciativa de los obispos y bajo su supervisión. Apareció la parroquia como conventus minor rural, cristalización del conventus maior de la ciudad. De este modo se aseguraban la liturgia dominical, la catequesis, los escrutinios bautismales y el bautismo. Estos centros rurales se ocuparon pronto de los necesitados y de la educación del pueblo. En una palabra, las reuniones comunitarias cristianas surgieron por necesidades pastorales, exigencias espirituales y encamaciones culturales populares.

Las masas campesinas fueron rápidamente bautizadas, con la consiguiente pérdida del catecumenado y la generalización del bautismo de infantes. También sufrió consecuencias pastorales la penitencia -hasta entonces única en la vida como segundo bautismo- que cayó en desuso y se comenzó a reiterar a partir del siglo VI sin demasiado vigor. Por falta de impulso creador cedió la espontaneidad litúrgica a la codificación. Disminuyó el dinamismo misionero y aumentó la preocupación sacral y sacramental.

A los lugares domésticos de reunión cristiana sucedieron las basílicas, sobre todo en las grandes ciudades. El templo era lugar de reunión de la gran asamblea, cada vez más masiva, para terminar por convertirse en un lugar sagrado, cuyo centro sería el sagrario.

La pertenencia a la Iglesia no era ya fruto de una decisión personal y libre derivada de la actividad misionera y del catecumenado, sino consecuencia del nacimiento natural. Se nacía en la Iglesia de modo semejante a como se nacía en la familia o en el país. Del modelo fraternal de la comunidad cristiana se pasó al prototipo del conglomerado social formado por todos los ciudadanos de un lugar, en el que no se distinguía lo civil de lo cristiano, ya que las instituciones temporales se cristianizaron, al paso que se sacralizaron los ámbitos de la sociedad. De la domus ecclesiae se dio el salto a la ecclesia paroecialis, es decir, a la Iglesia de masas.

El origen de las iglesias rurales con una organización permanente comenzó a comienzos del s. IV. recibiendo un gran impulso en el s. VI. En las Iglesias rurales se celebraba ya el culto, pero solamente la iglesia episcopal tenía baptisterio. Como el número de los fieles crecía, los obispos concedieron a sus sacerdotes rurales determinados privilegios. Incluso se llegó a organizar en estas iglesias un presbyteríum, con diáconos, subdiáconos, lectores y porteros, semejante al del obispo.

Con la nueva idea de la circunscripción eclesiástica y civil entró en juego el concepto de territorialidad. Se construyeron grandes templos, estos nuevos templos parroquiales, eran cada vez más amplios para atender a una pastoral de masas, fomentaron la oratoria sagrada, la ritualización solemne, la sacramentalización, la administración beneficial, pero se dió la debilidad progresiva de la acción profética y el deterioro de las relaciones interpersonales de la feligresía entre sí, e incluso con su párroco, lo cual provocaba indiferencias e insatisfacciones.

En la Iglesia española del s. IV ya existían parroquias rurales, según se desprende del concilio de Elvira. Eran lugares de culto dependientes de la Iglesia principal episcopal. Sabemos que, al entrar en España los pueblos germánicos a partir del otoño del 409, había iglesias en el campo. Ciertamente había ya parroquias cuando se celebró en el 447 el primer concilio de Toledo. En este tiempo se intercambiaban también entre nosotros los términos parroquia y diócesis. En muchos documentos antiguos, iglesia equivale a parroquia, y presbítero a rector o párroco. Del s. V al s. VIII se confíguró definitivamente en todas partes el sistema parroquial desde el punto de vista financiero, administrativo y cultual.

A partir delos s. V y VI se crearon en España y Francia muchas iglesias rurales denominadas parochiae, con un sacerdote propio. De este modo creció velozmente el sistema, parroquial. Gracias a los sínodos se establecieron los derechos diocesanos y parroquiales. Deber de los obispos era visitar las parroquias y celebrar sínodos, mientras que los párrocos estaban obligados a predicar y bautizar, visitar enfermos,
enterrar y administrar privadamente la penitencia, aunque no la reconciliación pública.

La reforma parroquial carolingia

La reforma carolingia de los siglos VIII y IX pretendió situar a las parroquias bajo la jurisdicción del obispo. En la época carolingia existía en la Iglesia una gran red de parroquias en el interior de las diócesis. La parroquia era el conventus legítimas de la población, ya totalmente bautizada; la aldea se había convertido en parroquia.

En una palabra, a, partir del s. VIII se da un cambio en la Iglesia hacia lo territorial, de acuerdo a la estructura feudal por las reformas de Carlomagno, quien divide su imperio en diócesis y parroquias, obligando a obispos y sacerdotes a residencia local. Anteriormente predominaba la función misionera itinerante. Ahora cobra relieve la función cultual y administrativa.

En el s. IX se erigieron muchas parroquias, debido al crecimiento de la población y a la expansión de la cultura en el pueblo. Junto a la ecciesia baptismalis había en la parroquia otros lugares sagrados: oratoria, basilicae, capellae, etc., para facilitar a los
fieles la asistencia al culto y fomentar sus devociones.

A partir de este tiempo, el párroco tuvo dos tareas principales: administrar el beneficio en virtud de la justicia y atender a la cura animarum sacramentalizada en virtud del deber. Poco a poco se establecieron obligaciones y derechos parroquiales. Los fieles
no quedaban ligados a una comunidad libremente elegida, sino a un párroco que realizaba casi todas las funciones pastorales: bautismo, comunión pascual, confesión anual, bendición del consentimiento conyugal, viático, unción y funerales.

A partir del s. X se usó ampliamente el término parroquia o ecclesia. Los habitantes del
territorio serán denominados parroquianos. El espíritu cristiano empieza a decaer, se pide a los fieles cumplan con una serie de obligaciones: cumplimiento dominical y
pascual, pago de los diezmos y primicias, bautismo, funerales en tierra sagrada, mandamientos de la Iglesia y rechazo de herejías relacionadas con la brujería, la magia y la hechicería. Los bautizados tenían la obligación de recibir los sacramentos en su parroquia.

Las parroquias de la Edad Media no eran iguales; se diferenciaban por su origen, ubicación, cultura popular y estilo sacerdotal. Por supuesto, no se podían erigir nuevas parroquias sin el consentimiento del obispo. Todas tenían unos límites precisos y un santo titular como patrón. No obstante, las parroquias en los siglos XIV y XV tenían un escaso nivel espiritual.

 

La reforma parroquial tridentina

Mediante el decreto De refomatione, correspondiente a la sesión XIV de 1563, el concilio de Trento sancionó el estatuto jurídico de la parroquia considerada el órgano principal de la pastoral. Decidió que cada populus (una población) constituyese una parroquia y que tuviese su propio pastor. El pastor, que debería conocer a sus ovejas, residiría en el territorio y cuidaría del ministerio de la palabra (predicación e instrucción religiosa) y del ministerio de los sacramentos. Decidió, asimismo crear seminarios para que se asegurase una sólida formación a los párrocos.

Entonces apenas se distinguía la parroquia urbana de la rural. Desde entonces, la parroquia tridentina se basó en la figura del párroco, en la celebración de la misa y de los sacramentos, en la predicación y catequesis y en la participación del pueblo por medio de las ofrendas.

Trento justificó la división de las grandes parroquias con la doble razón de favorecer la práctica sacramental y la comunicación de los feligreses con su párroco. Si la parroquia no podía dividirse, se añadían al párroco uno o más coadjutores como ayudantes, con el deber de residencia.

Naturalmente, era difícil crear en las ciudades nuevas parroquias se carecía de la idea de comunidad, y apenas contaban los seglares. Deberes, obligaciones y responsabilidades eran del cura. Se entendió el populus más como personas que habitan en un mismo territorio que cómo feligreses que deciden libre y personalmente una afiliación comunitaria.

De este modo, la parroquia se tornó en algo masivo e impersonal, con consecuencias evidentes para el mantenimiento de la cristiandad. Así se plasmó el sentido jurídico de la parroquia. Trento intentó que la parroquia fuese el medio más idóneo de instruir religiosamente al pueblo, y el lugar más adecuado de celebración y de contacto pastoral con los bautizados. Se pretendió, en suma, que prevaleciese el aspecto servicial del párroco sobre el beneficial.

 

Configuración canónica de la parroquia

La configuración canónica de la parroquia territorial se cristalizó definitivamente en el Código de Derecho Canónico de 1917 bajo el pontificado de Benedicto XV. Ahí se
dice que la parroquia "es una parte territorial de la diócesis con su iglesia propia y población determinada, asignadas a un rector especial como pastor propio de la misma para la necesaria atención de las almas (c. 216)22. En esta descripción se encuentran elementos fundamentales: dependencia de lá diócesis, territorio determinado, templo propio, feligresía concreta y responsable adecuado.

De este modo, la parroquia era un templo con pila bautismal para infantes, origen de toda la sacramentalidad, donde un cura párroco atendía las demandas religiosas de sus feligreses en un triple sentido: caritativo, catequético y sacramental. Cuatro han sido durante mucho tiempo los lugares clásicos del cometido parroquial: el templo (para lo sacramental y devocional), el despacho (para la atención de las demandas), la sacristía o una sala (para la catequesis) y las casas de los feligreses (para la visita de enfermos). La concepción jurídica de la parroquia se advierte todavía en las disposiciones que deben observar los párrocos.

En los años que siguen a la primera guerra mundial llegan a la parroquia los movimientos cristianos de renovación y se produjo una efervescencia en su interior. Aparece la renovación de la parroquia desde distintos frentes y con diversos objetivos.