Sed
testigos del Evangelio como los Apóstoles
Homilía
de S.S. Juan Pablo II durante la misa de Pentecostes
Domingo,
31 de mayo de 1998
1. Credo
in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: Creo en el Espíritu
Santo Señor y dador de vida.
Con
estás palabras del Símbolo nicenoconstantinopolitano,
la Iglesia proclama su fe en el Paráclito; fe que nace de la
experiencia apostólica de Pentecostés. El pasaje de los
Hechos de los Apóstoles, que la liturgia de hoy ha propuesto
a nuestra meditación, recuerda efectivamente las maravillas realizadas
el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles constataron
con gran asombro el cumplimiento de las palabras de Jesús. El
como refiere la perícopa del evangelio de san Juan que acabamos
de proclamar habla asegurado en la víspera de su pasión:
«Yo Le pediré al Padre que os dé otro Consolador
que esté siempre con vosotros» (Jn 14, 16). Este «Consolador,
el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre,
será quien os enseñe todo y os vaya recordando todo lo
que os he dicho» (Jn 14, 26).
Y
el Espíritu Santo, descendiendo sobre ellos con fuerza extraordinaria,
los hizo capaces de anunciar a todo el mundo la enseñanza de
Cristo Jesús. Era tan grande su valentía, tan segura su
decisión, que estaban dispuestos a todo, incluso a dar su vida.
El don del Espíritu había puesto en movimiento sus energías
más profundas, dirigiéndolas al servicio de la misión
que les había confiado el Redentor. Y será el Consolador
el Parákletos quien los guiará en el anuncio del Evangelio
a todos los hombres. El Espíritu les enseñará toda
la verdad, tomándola de la riqueza de la palabra de Cristo, para
que ellos, a su vez, la comuniquen a los hombres en Jerusalén
y en el resto del mundo.
2.
¡Cómo no dar gracias a Dios por los prodigios que el Espíritu
no ha dejado de realizar en estos dos milenios de vida cristiana! En
efecto el acontecimiento de gracia de Pentecostés ha seguido
produciendo sus maravillosos frutos, suscitando por doquier celo apostólico,
deseo de contemplación, y compromiso de amar y servir con absoluta
entrega a Dios y a los hermanos. También hoy el Espíritu
impulsa en la Iglesia pequeños y grandes gestos de perdón
y profecía, y da vida a carismas y dones siempre nuevos, que
atestiguan su incesante acción en el corazón de los hombres.
Prueba
elocuente de ello es esta solemne liturgia, en la que están presentes
numerosísimos miembros de los movimientos y las nuevas comunidades,
que durante estos días han celebrado en Roma su congreso mundial.
Ayer, en esta misma plaza de San Pedro, vivimos un inolvidable encuentro
de fiesta, con cantos, oraciones y testimonios. Experimentamos el clima
de Pentecostés, que hizo casi visible la fecundidad inagotable
del Espíritu en la Iglesia. Los movimientos y las nuevas comunidades,
que son expresiones providenciales de la nueva primavera suscitada por
el Espíritu con el concilio Vaticano II, constituyen un anuncio
de la fuerza del amor de Dios que, superando todo tipo de divisiones
y barreras, renueva la faz de la tierra, para construir en ella la civilización
del amor.
3.
San Pablo, en el pasaje de la carta a los Romanos que acabamos de proclamar,
escribe: «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios,
ésos son hijos de Dios» (Rm 8, 14).
Estas
palabras brindan ulteriores sugerencias para comprender la acción
admirable del Espíritu en nuestra vida de creyentes. Nos abren
el camino para llegar al corazón del hambre: el Espíritu
Santo, a quien la Iglesia invoca para que dé «luz a los
sentidos», visita al hombre en su interior y toca directamente
la profundidad de su ser.
El
Apóstol continúa: «Vosotros no estáis sujetos
a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios
habita en vosotros (...). Los que se dejan llevar por el Espíritu
de Dios, ésos son hijos de Dios. (Rm 8, 9.14). Además
al contemplar la acción misteriosa del Paráclito añade
con entusiasmo: «Habéis recibido, no un espíritu
de esclavitud (...), sino un espíritu de hijos adoptivos, que
nos hace gritar: "¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu
y nuestro espíritu dan un testimonio concorde de que somos hijos
de Dios» (Rm 8, 15-16). Nos encontramos en el centro del misterio.
En el encuentro entre el Espíritu Santo y el espíritu
del hambre se halla el corazón mismo de la experiencia que vivieron
los Apóstoles en Pentecostés. Esa experiencia extraordinaria
está presente en la Iglesia, nacida de ese acontecimiento, y
la acompaña a lo largo de los siglos.
Bajo
la acción del Espíritu Santo, el hombre descubre hasta
el fondo que su naturaleza espiritual no está velada por la corporeidad,
sino que, por el contrario, es el espíritu el que da sentido
verdadero al cuerpo. En efecto, viviendo según el Espíritu,
él manifiesta plenamente el don de su adopción como hijo
de Dios.
En
este contexto se inserta bien la cuestión fundamental de la relación
entre la vida y la muerte, a la que alude san Pablo cuando dice: «Si
vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el
Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis»
(Rm 8, 13). Y es precisamente así: la docilidad al Espíritu
ofrece al hombre continuas ocasiones de vida.
4.
Amadísimos hermanos y hermanas, es para mi motivo de gran alegría
saludaros a todos vosotros, que habéis querido uniros a mi en
la acción de gracias al Señor por el don del Espíritu
Esta fiesta totalmente misionera extiende nuestra mirada hacia el mundo
entero con un recuerdo particular para los numerosos misioneros sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos, que gastan su vida, a menudo en condiciones
de enorme dificultad, para difundir la verdad evangelice.
Saludo
a todos los presentes: a los señores cardenales, a los hermanos
en el episcopado y en el sacerdocio, a los numerosos miembros de los
diferentes institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica,
a los jóvenes, a los enfermos, y especialmente a cuantos han
venido desde muy lejos para esta solemne celebración.
Un
recuerdo particular para los movimientos y las nuevas comunidades, que
ayer tuvieron su encuentro y que hoy veo aquí presentes en gran
número; no en número tan grande como ayer, pero también
grande. Dirijo un saludo muy especial a los muchachos y a los jóvenes
que están a punto de recibir los sacramentos de la confirmación
y de la Eucaristía.
Queridos
hermanos, ¡qué admirables perspectivas presentan las palabras
del Apóstol a cada uno de vosotros! A través de los gestos
y las palabras del sacramento de la confirmación, se os dará
el Espíritu Santo que perfeccionará vuestra conformidad
a Cristo, ya iniciada en el bautismo, para haceros adultos en la fe
y testigos auténticos e intrépidos del Resucitado. Con
la confirmación, el Paráclito abre ante vosotros un camino
de incesante Redescubrimiento de la gracia de la adopción como
hijos de Dios que os transformará en alegres buscadores de la
Verdad.
La
Eucaristía, alimento de vida inmortal, que gustaréis por
primera vez dentro de poco, os dispondrá a amar y servir a vuestros
hermanos, y os hará capaces de ofrecer ocasiones de vida y esperanza,
libres del dominio de la «Jesús carne» y del miedo.
Si os dejáis guiar por Jesús, podréis experimentar
concretamente en vuestra vida la maravillosa acción de su Espíritu
del que habla el apóstol Pablo en el capitulo octavo de la carta
a los Romanos. Convendría leer hoy con mayor atención
ese texto, cayo contenido resulta particularmente actual en este año
dedicado al Espíritu Santo para rendir homenaje a la acción
que el Espíritu de Cristo realiza en cada uno de nosotros.
5.
Veni, Sancte Spiritus!
También
la magnifica secuencia, que contiene una rica teología del Espíritu
Santo, merecería ser meditada, estrofa tras estrofa. Aquí
nos detendremos sólo en la primera palabra: Veni, ¡ven!
Nos recuerda la espera de los Apóstoles, después de la
Ascensión de Cristo al cielo.
En
los Hechos de los Apóstoles san Lucas nos los presenta reunidos
Un el cenáculo, en oración, con la Madre de Jesús
(cf. Hch 1, 14). ¿Qué palabra podía expresar mejor
su oración que ésta: «Veni, Sancte Spiritus»?
Es decir, la invocación de aquel que al comienzo del mundo aleteaba
por encima de las aguas (cf. Gn 1, 2) y que Jesús les había
prometido como Paráclito.
El
corazón de María y de los Apóstoles espera su venida
en esos momentos, mientras se alternan la fe ardiente y el reconocimiento
de la insuficiencia humana. La piedad de la Iglesia ha interpretado
y trasmitido este sentimiento en el canto del «Veni Sancte Spiritus».
Los Apóstoles saben que la obra que les confía Cristo
es ardua, pero decisiva para la historia de la salvación de la
humanidad. ¿Serán capaces de realizarla? El Señor
tranquiliza su corazón. En cada paso de la misión que
los llevará a anunciar y testimoniar el Evangelio hasta los lugares
más alejados de la tierra, podrán contar con el Espíritu
prometido por Cristo. Los Apóstoles recordando la promesa de
Cristo durante los días que van de la Ascensión a Pentecostés,
concentrarán todos sus pensamientos y sentimientos en ese veni,
¡ven!
6.
Veni, Sancte Spiritus! Al empezar así su invocación al
Espíritu Santo, la Iglesia hace suyo el contenido de la oración
de los Apóstoles reunidos con María en el cenáculo;
más aún, la prolonga en la historia y la actualiza siempre.
Veni,
Sancte Spiritus! Así continúa repitiendo en cada rincón
de la tierra con el mismo ardor, firmemente consciente de Que debe permanecer
idealmente en el cenáculo, en perenne espera del Espíritu
Al mismo tiempo, sabe que debe salir del cenáculo a los caminos
del mundo, con la tarea siempre nueva de dar testimonio del misterio
del Espíritu
Veni,
Sancte Spiritus! Oremos así con María, santuario del Espíritu
Santo, morada preciosísima de Cristo entre nosotros, para que
nos ayude a ser templos vivos del Espíritu y testigos incansables
del Evangelio.
