Vosotros
Laicos soís la sal de la tierra
Homilía
del S.S. Juan Pablo II en la misa por la canonización de los
mártires de Podlasia
10
de junio de 1999
1. «¿Quién
nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8, 35).
Acabamos
de escuchar las palabras de san Pablo, dirigidas a los cristianos de
Roma. Es un gran himno de gratitud a Dios por su amor y su bondad. Este
amor alcanzó su cima y su expresión más perfecta
en Jesucristo. En efecto, Dios no perdonó a su Hijo, sino que
lo entregó por nosotros, para que tuviéramos la vida eterna
(cf. Rm 8, 32). Injertados en Cristo mediante el bautismo somos hijos
elegidos y amados de Dios. Esta certeza debería estimularnos
a perseverar en la fidelidad a Cristo. San Pablo entiende esa fidelidad
como unión con Cristo en el amor.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡con cuánta elocuencia resuenan esas
palabras del Apóstol de los gentiles en Podlasia, que ha dado
intrépidos testigos del evangelio de Cristo! El pueblo de esta
tierra ha dado, a lo largo de los siglos, innumerables testimonios de
su fe en Cristo y de adhesión a su Iglesia, especialmente durante
las crueles persecuciones y las duras pruebas de la historia.
Saludo
a todos (...)
2.
«Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que
sean uno como nosotros» (Jn 17, 11).
Cristo
pronunció estas palabras la víspera de su pasión
y muerte. En cierto sentido, son su testamento. Desde hace dos mil años,
la Iglesia avanza en la historia con este testamento, con esta oración
por la unidad. Sin embargo, hay algunos períodos de la historia
en los que esa oración resulta particularmente actual. Nosotros
estamos viviendo precisamente uno de esos períodos. Si el primer
milenio de la historia de la Iglesia estuvo marcado esencialmente por
la unidad, ya desde el inicio del segundo milenio se produjeron las
divisiones, primero en Oriente y más tarde en Occidente. Desde
hace casi diez siglos el cristianismo vive desunido.
Esa desunión
se ha expresado y se expresa en la Iglesia que desde hace mil años
realiza su misión en Polonia. En el período de la primera
República, los extensos territorios polaco-lituano-rutenos constituían
una región donde coexistían las tradiciones occidental
y oriental. Sin embargo, se fueron manifestando gradualmente los efectos
de la división que, como es sabido, se produjo entre Roma y Bizancio
a mitad del siglo XI. Poco a poco se fue despertando también
la conciencia de la necesidad de restablecer la unidad, especialmente
a raíz del concilio de Florencia, en el siglo XV. El año
1596 tuvo lugar un acontecimiento histórico: la así llamada
«Unión de Brest». Desde entonces, en los territorios
de la primera República, y especialmente en los orientales, aumentó
el número de las diócesis y de las parroquias de la Iglesia
greco-católica. Aun conservando la tradición oriental
en el ámbito de la liturgia, de la disciplina y de la lengua,
esos cristianos permanecieron en unión con la Sede apostólica.
En la
diócesis de Siedlce, donde nos encontramos hoy, y en particular
en la localidad de Pratulina, se brindó un testimonio especial
de ese proceso histórico. En efecto, aquí fueron martirizados
los confesores de Cristo pertenecientes a la Iglesia greco-católica,
el beato Vicente Lewoniuk, y sus doce compañeros.
Hace
tres años, durante su beatificación en la plaza de San
Pedro, en Roma, dije que «dieron testimonio de fidelidad inquebrantable
al Señor de la viña. No lo defraudaron, sino que, habiendo
permanecido unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, dieron los
frutos esperados de conversión y santidad. Perseveraron, incluso
a costa del sacrificio supremo. (...) Como siervos fieles del Señor,
confiando en su gracia, testimoniaron su pertenencia a la Iglesia católica
en la fidelidad a su tradición oriental. (...) Con ese gesto
generoso los mártires de Pratulina defendieron no sólo
el templo frente al cual fueron asesinados, sino también a la
Iglesia que Cristo confió al apóstol Pedro, porque se
sentían sus piedras vivas» (Homilía en la misa de
beatificación, 6 de octubre de 1996, no. 2-3: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 11 de octubre de 1996, p.
3).
Los mártires
de Pratulina defendieron la Iglesia, que es la viña del Señor.
Permanecieron fieles a ella hasta la muerte, y no cedieron a las presiones
del mundo de entonces, que precisamente por eso los odiaba. En su vida
y en su muerte se cumplió la petición de Cristo en la
oración sacerdotal: «Yo les he dado tu Palabra, y el mundo
los ha odiado (...). No te pido que los retires del mundo, sino que
los guardes del maligno. (...) Santifícalos en la verdad: tu
palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también
los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo,
para que ellos también sean santificados en la verdad»
(Jn 17, 14-15. 17-19). Dieron testimonio de su fidelidad a Cristo en
su santa Iglesia. En el mundo en el que vivían, con valentía
trataron de derrotar, mediante la verdad y el bien, al mal que se extendía,
y con amor quisieron vencer al odio que reinaba. Como Cristo, que por
ellos se entregó a sí mismo en sacrificio, para santificarlos
en la verdad, también ellos entregaron su vida por la fidelidad
a la verdad de Cristo y en defensa de la unidad de la Iglesia. Esta
gente sencilla -padres de familia- en el momento crítico prefirió
la muerte antes que ceder a presiones que atentaban contra su conciencia.
«¡Qué dulce es morir por la fe!», fueron sus
últimas palabras.
Les agradecemos
ese extraordinario testimonio, que se ha convertido en patrimonio de
toda la Iglesia que está en Polonia para el tercer milenio, que
ya se aproxima. Dieron una gran contribución a la construcción
de la unidad. Cumplieron hasta el fin, mediante el generoso sacrificio
de su vida, la oración de Cristo al Padre: «Padre santo,
cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros»
(Jn 17, 11). Con su muerte confirmaron la fidelidad a Cristo en la Iglesia
católica de tradición oriental.
Ese mismo
espíritu animó a las multitudes de fieles de rito bizantino-ucranio,
obispos, sacerdotes y laicos, que durante los cuarenta y cinco años
de persecución han mantenido la fidelidad a Cristo, conservando
su identidad eclesial. En este testimonio, la fidelidad a Cristo se
mezcla con la fidelidad a la Iglesia y se transforma en servicio a la
unidad.
3.
«Como tú, Padre, me has enviado al mundo, yo también
los he enviado al mundo» (Jn 17, 18).
Los mártires
de Pratulina dan testimonio de su fe, recordándonos que Cristo
llamó y envió a todos sus discípulos para que,
a lo largo de los siglos hasta el fin de los tiempos sean heraldos de
la venida de su reino. Esta llamada universal a dar testimonio de Cristo
nos la recordó con mucha claridad el concilio Vaticano II, en
el decreto sobre el apostolado de los laicos: «Es el propio Señor
(...) quien invita de nuevo a todos los laicos a que se unan a él
cada vez más íntimamente y a que, sintiendo como propias
las cosas que a él le pertenecen, se asocien a su misión
salvífica» (Apostolicam actuositatem, 33). Esta invitación
del Concilio es particularmente actual ahora, al acercarse el tercer
milenio. Cristo mismo la dirige, al final del siglo XX, a través
de los padres conciliares, no sólo a los obispos, a los sacerdotes,
a los religiosos y religiosas, sino también a todos sus discípulos.
Hoy, indicando el ejemplo de los trece mártires de Pratulina,
nos lo dirige en particular a nosotros.
Hoy,
más que nunca, hace falta un auténtico testimonio de fe,
que se manifieste en la vida de los discípulos laicos de Cristo:
mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Hace falta un decidido
testimonio de fidelidad a la Iglesia y de responsabilidad frente a la
Iglesia, que desde hace veinte siglos lleva a todo pueblo y a toda nación
la salvación, anunciando la inmutable doctrina del Evangelio.
La humanidad se encuentra ante dificultades de varias clases, ante problemas
y transformaciones muy fuertes; muchas veces experimenta dramáticos
sobresaltos y laceraciones. En ese mundo, muchos, especialmente jóvenes,
quedan desconcertados y heridos. Algunos caen víctimas de las
sectas y de deformaciones religiosas, o de manipulaciones de la verdad.
Otros sucumben a diversas formas de esclavitud. Se difunden actitudes
de egoísmo, injusticia e insensibilidad ante las necesidades
ajenas.
La Iglesia
afronta estos y otros muchos desafíos de nuestro tiempo. Quiere
prestar a los hombres una ayuda eficaz y por eso, necesita el compromiso
de los fieles laicos, los cuales, bajo la guía de sus pastores,
deben participar activamente en su misión salvífica.
Queridos
hermanos y hermanas, mediante el santo bautismo habéis sido injertados
en Cristo. Formáis parte de la Iglesia, su Cuerpo místico.
Por medio de vosotros, Cristo quiere actuar con la fuerza de su Espíritu.
A través de vosotros quiere «anunciar a los pobres la buena
nueva, proclamar a los cautivos la liberación y a los ciegos
la vista». Por medio de vosotros, quiere «dar la libertad
a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor»,
(cf. Lc 4, 18-19). Como laicos, fieles a vuestra identidad, viviendo
en el mundo, podéis transformarlo activa y eficazmente con el
espíritu del Evangelio. Sed la sal que da a la vida el sabor
cristiano. Sed la luz que brilla en las tinieblas de la indiferencia
y del egoísmo.
En la
carta a Diogneto leemos: «Lo que es el alma para el cuerpo, eso
son para el mundo los cristianos. De la misma manera que el alma está
en todos los miembros del cuerpo, así los cristianos están
esparcidos por todas las ciudades del mundo» (2, 6). La nueva
evangelización nos plantea grandes desafíos. Mi predecesor
el Papa Pablo VI escribió en la exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi: «El campo propio de su (de los laicos) actividad
evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de
lo social, de la economía, y también de la cultura, de
las ciencias y las artes, de la vida internacional, de los medios de
comunicación social, así como otras realidades abiertas
a la evangelización como el amor, la familia, la educación
de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento,
etc.» (n. 70).
Con gran
alegría constato que en Polonia se están desarrollando
mucho la Acción católica, varios tipos de organizaciones,
las asociaciones y los movimientos católicos, y entre ellos los
movimientos juveniles, como la Asociación católica de
jóvenes y el movimiento Luz y vida. Se trata de una nueva acción
del Espíritu Santo en nuestra patria. Demos gracias a Dios por
ello. Sed fieles a vuestra vocación cristiana. Sed fieles a Dios
y a Cristo, que vive en la Iglesia.
4.
Hoy veneramos las reliquias de los mártires de Podlasia y
adoramos la cruz de Pratulina, que fue testigo mudo de su fidelidad
heroica. Tenían esta cruz en las manos y la llevaban en lo más
íntimo de su corazón, como signo del amor del Padre y
de la unidad de la Iglesia de Cristo. La cruz les dio la fuerza para
dar testimonio de Cristo y de su Iglesia. En ellos se cumplieron las
palabras de san Pablo, recogidas en la liturgia de hoy: «Si Dios
está con nosotros, ¿quién estará contra
nosotros?» (Rm 8, 3). Con su muerte se insertaron de modo especial
en el gran patrimonio de fe que comenzó con san Adalberto, y
prosiguió con san Estanislao y san Josafat Kuncewicz, el patrono
de la Rus', hasta nuestros tiempos.
Es incalculable
el número de los que en Polonia o más bien en el territorio
de la primera República, que abarcaba zonas de Polonia, Lituania
y Rutenia, sufrieron por la cruz de Cristo los mayores sacrificios.
Varias veces en su historia, nuestra nación debió defender
su fe y soportar la opresión y la persecución por su fidelidad
a la Iglesia. Especialmente el largo período que siguió
a la segunda guerra mundial se caracterizó por una lucha particularmente
intensa contra la Iglesia, librada por el sistema totalitario. Se trataba
de prohibir la enseñanza de la religión en la escuela,
se impedía la profesión pública de la fe, así
como la construcción de iglesias o capillas. ¡Cuántos
sacrificios se debían afrontar! ¡Cuánta valentía
hizo falta para conservar la identidad cristiana! Sin embargo, no lograron
eliminar la cruz, signo de fe y amor, de la vida personal y social,
porque estaba profundamente arraigada en los corazones y en las conciencias.
La cruz se transformó para la nación y para la Iglesia
en fuente de fuerza y signo de unidad entre los hombres.
La nueva
evangelización necesita auténticos testigos de la fe,
personas enraizadas en la cruz de Cristo y dispuestas a afrontar sacrificios
por ella. En efecto el verdadero testimonio de la fuerza vivificante
de la cruz lo dan quienes, en su nombre, derrotan en sí mismos
el egoísmo y los demás males, y los que desean imitar
el amor de Cristo hasta el fin.
Es preciso
que, como en el pasado, la cruz siga estando presente en nuestra existencia
como una clara señalización del camino que se ha de seguir
y como la luz que ilumina toda nuestra vida. Ojalá la cruz, que
con sus brazos une el cielo y la tierra y a los hombres entre sí,
crezca en nuestra tierra y forme un gran árbol, lleno de frutos
de salvación; que engendre nuevos y valientes heraldos del Evangelio,
que amen a la Iglesia y sean responsables de ella; verdaderos heraldos
de la fe, estirpe de hombres nuevos, que enciendan la antorcha de la
fe y la lleven encendida cruzando el umbral del tercer milenio.
Cruz
de Cristo, te adoramos.
Te veneramos en todo tiempo.
De ti brota la fuerza y la fortaleza.
En ti está nuestra victoria.
