2008
HOMILIA
EN LA MISA DEL SANTO CRISMA
Mis queridos
hermanos presbíteros:
1.-Hace un
mes, nos encontrábamos, como familia sacerdotal, viviendo nuestros
ejercicios espirituales, en una experiencia única de fraternidad,
de meditación, de reflexión, de comunión y de intimidad
con el Señor; vivimos una experiencia de discipulado: fascinados
y llenos de estupor por el rostro resplandeciente y amable de Jesucristo,
como Pedro, Santiago y Juan en el Tabor.
Esos días,
compartimos la riqueza intelectual y espiritual de este presbiterio
potosino, al hacer juntos una lectura sacerdotal del Documento Conclusivo
de Aparecida. Nos sentimos emocionados y dimos gracias a Dios por sus
dones y carismas que ha concedido a nuestra comunidad sacerdotal.
Hoy, nuevamente,
nos congrega la gracia y el amor de Jesucristo, Sumo Sacerdote, en esta
peculiar y emotiva liturgia eucarística para la bendición
de los óleos de catecúmenos y de los enfermos y la consagración
del Crisma. Nos acompañan amablemente feligreses de varias parroquias.
Estamos aquí para manifestar y fortalecer, una vez más,
nuestra comunión y para renovar pública y gozosamente
nuestras promesas sacerdotales. Pienso que, como dice el profeta, mañana
tras mañana, a cada sacerdote, el Señor le repite a su
oído y corazón de discípulo: ¡Sígueme!
¡Sígueme en mi oración! ¡Sígueme en
la entrega a mi pueblo, por amor!
Su presencia
fraterna es también para mí una pregunta y una llamada
del Señor para que revise en qué medida he cumplido con
mi deber de amor pastoral; en qué medida he alentado su vida
y ministerio, dando buen testimonio, reconociendo y agradeciendo lo
que van realizando ustedes en sus comunidades, con alegría y
esperanza. ¡Cuántas y cuán diversas tareas que les
llevan a desgastarse por el Evangelio! ¡Cuántos desafíos
y retos se les presentan! ¡Cuántos obstáculos y
dificultades se oponen a su ministerio! ¡Cuánta soledad
e incomprensiones! ¡Cuántos gozos y satisfacciones!
Gracias,
hermanos sacerdotes, por su palabra sembrada cada día, por su
testimonio, su entusiasmo, su fidelidad, su servicio incansable, por
su santidad de vida y por ser discípulos misioneros de Jesucristo.
Dios conoce todo esto, y mucho más, que ustedes hacen por su
Reino de vida y de amor, de justicia y de paz. En este día del
nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial, les felicito y les aseguro,
una vez más, mi cariño, mi amistad y mi oración.
En mi Visita Pastoral, particularmente, he visto cómo sus fieles
creen en ustedes, les aman de verdad, ven y comprenden sus fatigas,
los necesitan, los buscan.
2.- La bendición
del óleo de catecúmenos y la consagración del Crisma
en esta Eucaristía llevan, ahora, mi pensamiento hacia la Iniciación
a la Vida Cristiana de la que habla ampliamente Aparecida y a la que
los Obispos de México queremos darle especial relieve al ser
objeto de estudio de nuestra próxima asamblea general. También
quisiera que entre nosotros se dé, al Bautismo, Confirmación
y Eucaristía, la trascendencia que tienen en la vida del cristiano
y de la Iglesia.
Ante todo,
se constata la dolorosa y desafiante realidad que un alto porcentaje
de católicos no participan en la Eucaristía dominical
ni en los sacramentos, y su identidad cristiana es débil y vulnerable.
Por tal motivo, se nos cuestiona: “O educamos en la fe, poniendo
realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o
no cumpliremos nuestra misión evangelizadora. Se impone la tarea
irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación
cristiana que, además de marcar el qué, dé también
elementos para el quién, el cómo y el dónde se
realiza”(287).
A este respecto,
preguntémonos: ¿Cómo celebramos estos sacramentos?
¿Cómo preparamos a los fieles? ¿Qué procesos
evangelizadores desarrollamos?
Se trata
de “recomenzar desde Cristo”, como dicen el Papa y los Obispos
latinoamericanos. “Recomenzar” por el kerygma que conduzca
a un encuentro personal, cada vez mayor, con Cristo vivo, que lleve
a la conversión, al seguimiento y a una maduración de
la fe en la práctica de los sacramentos, en el servicio y en
la misión. Me parece que esto lo hemos venido trabajando en el
Segundo Plan de Pastoral. Toca seguir por este camino con perseverancia,
método y profundidad.
Se nos pide
también que, en cuanto sea posible, redescubramos la “catequesis
mistagógica” para que el itinerario formativo del cristiano
tenga un carácter de experiencia con Jesucristo para una verdadera
y feliz celebración de los sacramentos.
Habrá
que trabajar arduamente para que todo católico tenga como centro
la persona de Jesucristo, posea espíritu de oración, sea
amante de la Palabra de Dios y participe de la Eucaristía; que
se inserte cordialmente en la comunidad eclesial y social, sea solidario
en el amor y fervoroso en la misión. ¡He aquí un
gran desafío!
3.- Otro
reto pastoral que tenemos, en este momento, es la elaboración
del Tercer Plan Diocesano de Pastoral. Nos encontramos en un momento
significativo de este proceso. Les invito a que nos empeñemos
a fondo. Que nosotros, sacerdotes y pastores, vayamos a la vanguardia
de esta tarea diocesana, con entusiasmo y creatividad. Tenemos que escuchar
a Dios, escuchar la realidad y escucharnos entre nosotros; alentar el
diálogo con los laicos y su valiosa participación para
que sea una obra de todos. Así será también compromiso
y realización de todos.
Hagamos el
mejor proyecto posible, de acuerdo a nuestras capacidades. Estamos trazando
el camino de nuestra Iglesia Particular para los próximos años,
preguntándonos: ¿Qué le dice el Espíritu
a esta Iglesia Potosina? ¿Qué quiere el Señor de
nosotros? No olvidemos lo que dice Aparecida: “Un único
proyecto evangelizador es esencial para asegurar una comunión
misionera”. Queremos cambiar nosotros mismos. Queremos transformar
la realidad según el querer de Dios. Queremos ser fieles discípulos
y audaces misioneros de Jesucristo.
En la Eucaristía
de clausura de nuestros ejercicios espirituales, les pedí que
trabajemos para que el Tercer Plan de Pastoral sea como una venida del
Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza;
que sea un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión,
la rutina; que sea viento nuevo que nos haga salir al encuentro de las
personas, las familias, las comunidades, los pobres, los alejados y
los pueblos, para comunicarles y compartirles el don del encuentro con
Jesucristo vivo que ha llenado y transformado nuestras vidas.
También
les exhorté a caminar acompasados con el acontecimiento, el documento
y el espíritu de Aparecida, y en camino hacia la celebración
del medio siglo del Concilio Vaticano II, en los años 2012- 2015;
ambos calificados justamente como un nuevo Pentecostés en la
Iglesia. Este es el sueño y la ilusión que hoy les reitero,
queridos hermanos sacerdotes. Que en este día de nuestro sacerdocio,
de nuestro nacimiento de sacerdotes discípulos misioneros, cada
uno de nosotros, con profunda fe, generoso compromiso e inmensa alegría,
pronuncie las mismas palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar
la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos,
para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia
del Señor”.
Con estos
sentimientos les deseo a todos ustedes, unidos a sus comunidades y a
sus feligreses, unas Felices Pascuas de Resurrección.
San Luis
Potosí, S.L.P., Marzo 20 de 2008.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.