2008


HOMILIA EN LA EUCARISTÍA DE CLAUSURA DE LA XXII ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL

1.- Agradecimiento.

Demos gracias a Dios por las copiosas bendiciones que nos concedió en esta Asamblea. Gracias, queridos asambleístas, por su valiosa participación y entrega generosa en esta XXII Asamblea Diocesana de Pastoral que echó los primeros trazos para el camino diocesano de los próximos años.

Agradezco, de todo corazón, al P. Andrés Vargas, Vicario Episcopal de Pastoral, a todo su Equipo de la Vicaría de Pastoral, así como a todos los que prestaron diversos y valiosos servicios para la realización de esta Asamblea; muchos de los cuales quedan escondidos a nuestros ojos pero Dios los ve y Él los recompensará, en abundancia.

2.- Mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad.

Estos días hicimos el ejercicio de mirar la realidad “opaca y compleja” y escuchar a Dios que nos habla desde ella. Ante el lado oscuro de esta realidad, nos reconocemos Iglesia, “comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios, congregada, reconciliada, unida y enviada por la fuerza de la Resurrección de su Hijo y la gracia de conversión del Espíritu Santo” (DA, 100,h). Nos alientan, por otro lado, las luces del bien que brillan en esa realidad. Recordamos lo que dice el Papa: “Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano” (DI, 3).

3.- Discípulos misioneros, al estilo de Jesús.

El Evangelio proclamado en esta Eucaristía, nos trae el fragmento conclusivo del lavatorio de los pies y vuelve sobre el tema del amor hecho humilde servicio. El Señor subraya, en la intimidad de la última cena, que la vida cristiana no es sólo comprender, sino también practicar; no es sólo conocer, sino hacer, siguiendo su ejemplo.

Los discípulos misioneros debemos aprender esta lección del Maestro. Contemplémoslo. Al arrodillarse ante sus discípulos para lavarles los pies, Jesús se entrega a ellos y realiza el gesto de su muerte en la cruz. Al humillarse ante ellos, les invita a entrar en la plenitud de su amor y a entregarse recíprocamente. Con todo su amor abraza a todos y no excluye, ni siquiera al traidor, de sus gestos de bondad y de servicio. Oigamos al Maestro que nos dice: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos” (Jn. 13, 16-17).

Jesús es el Dios que ama, que sufre, que muere en un gesto de servicio y de amor a los suyos. Dios es amor, nos dice San Juan, y la medida del amor es amar sin medida. La medida de la grandeza divina de Cristo no es el poder, sino el servicio y la entrega de sí mismo hasta la muerte, haciéndose el hombre-para-los-demás.

El discípulo misionero que piensa, habla y actúa como Cristo participará necesariamente de su destino de humillación y de gloria. Seguir el ejemplo de Jesús es repetir sus actitudes: amor y servicio, entrega y renuncia. El amor sincero y el servicio alegre, al estilo de Jesús, han de ser el modo de actuar de nosotros sus discípulos y misioneros.

Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos”. Esta es una bienaventuranza que no nos gusta practicar. Por tal motivo, podemos decirle al Señor: “Abre mis ojos a las muchas ilusiones que cultivo sobre mi servicio, Señor. Refuerza mis rodillas que se niegan a plegarse para lavar los pies. He de confesarte, Señor, que soy muy, muy débil, que ando muy lejos de tu ejemplo de vida. Señor, ten piedad de mi corazón, que no conoce todavía la bienaventuranza del servicio verdadero y humilde”.

4.- La alegría de los discípulos misioneros.

Regresamos ya a nuestros hogares, comunidades y parroquias. ¿Qué nos llevamos de esta Asamblea Diocesana? ¿Qué compromisos estamos dispuestos a cumplir? ¿Nos ilusiona y entusiasma de verdad un nuevo proyecto diocesano de pastoral? Cada uno dará respuesta a estas y otras preguntas, mientras se nos vayan proponiendo las tareas y los tiempos del proceso de elaboración del Tercer Plan Diocesano de Pastoral, en las siguientes asambleas parroquiales y decanales, zonales y diocesanas. Les invito, encarecidamente, a que sean respuestas positivas, entusiastas y comprometidas, que vengan desde lo hondo de su corazón, lleno de amor a Cristo y a esta querida Iglesia Potosina.

No quiero terminar sin recordarles una entrañable enseñanza del Documento de Aparecida. Se trata de la alegría. Los Obispos latinoamericanos nos invitan a tener este talante en nuestro trabajo de discípulos y misioneros: la alegría. Por tal motivo, titulan el tercer capítulo: “La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo”. Pienso que todo este capítulo es como un grande y solemnísimo prefacio que concluyen con esta convicción:“El ser amados de Dios nos llena de alegría” (DA, 117).

Hermanos y hermanas asambleístas, que su corazón se vaya embargado también por este otro pensamiento de Aparecida: “Aquí está el reto fundamental que enfrentamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde gratitud y de alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias” (DA, 14).

Que la Virgen Santísima, Discípula y Misionera, nos contagie del júbilo desbordado de su canto joven, del gozo de su Magnificat.

San Luis Potosí, S.L.P., Abril 17 de 2008.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.