2008

HOMILIA EN LA EUCARISTIA DE CLAUSURA DEL IV CONGRESO
EUCARISTICO ARQUIDIOCESANO.

1.- Esta tarde, estamos aquí, para clausurar nuestro 4º. Congreso Eucarístico Arquidiocesano y para recordar y celebrar a Jesucristo que, en aquella noche santísima del Jueves Santo, se quedó con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía, Sacramento de su amor incondicional. Así nos lo recuerda S. Lucas, en el Evangelio proclamado: “Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con sus discípulos. Y les dijo: ¡Cómo he deseado celebrar esta Pascua antes de morir! Porque les digo que no la volveré a celebrar hasta que tenga su cumplimiento en el reino de Dios”(Luc.22, 14-16).

Esa noche, el Señor cumplió aquella promesa suya que hizo después de la multiplicación de los panes, cuando dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo” (Jn. 6, 51). Aquella tarde, nos prometió un alimento que no sólo satisface por un momento, sino que da vida para siempre. No nos habló de la pequeña vida de aquí abajo, nos habló de la vida eterna, de una vida que ninguna muerte destruirá que, en cambio, destruirá todas las muertes.

Veinticinco años más tarde, como nos lo dice la primera lectura, S. Pablo les escribe a los Corintios y les habla de la Eucaristía como de algo conocido para los seguidores de Jesús: “Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (I Cor.11, 23-25). Aquellos cristianos no dudaban de que aquello que comían y bebían era realmente la carne y la sangre de su Maestro y su Dios.

Veinte siglos después, los cristianos seguimos en todos los rincones del mundo, repitiendo aquellas mismas palabras y gestos, con la certeza de cumplir un mandato del Señor, con la seguridad de que esas palabras, pronunciadas por los sacerdotes, siguen teniendo el mismo efecto que aquella noche produjeron las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes… Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía”.

2.- Esta tarde, desde San Luis Potosí, nos unimos a la Iglesia entera que celebrará, en Canadá, el 49º. Congreso Eucarístico Internacional, del 15 al 22 de junio, con el tema: “La Eucaristía, don de Dios para la vida del mundo”; y en la ciudad de Morelia, México, el 4o. Congreso Eucarístico Nacional, del 30 de abril al 4 de mayo, con el lema: “La Eucaristía, don de Dios y vida para nuestras familias”.

Al preguntarnos qué es un Congreso Eucarístico, podemos decir que se trata de una fuerte vivencia de la Iglesia en torno al centro de nuestra fe, en torno a Cristo realmente presente en el Sacramento del Altar. Es una oportunidad para agradecer el tesoro divino de la Eucaristía, pedir perdón por las ofensas, olvidos e indiferencias, y preguntarnos: ¿Qué hemos hecho de este gran Sacramento?

Un Congreso Eucarístico es una vivencia de fe, una manifestación pública, solemne y gozosa, de nuestro amor y gratitud a Jesucristo en la Eucaristía, para comprometernos a buscarlo y encontrarlo, a conocerlo y seguirlo, a comerlo, adorarlo y anunciarlo; es una ocasión privilegiada para honrar este don de Dios en medio de la vida cristiana. Este don de Dios que tiene especial importancia en nuestro tiempo, pues nuestro mundo moderno conoce, en medio de los portentosos avances científicos y técnicos, un vacío interior, experimentado como una ausencia de Dios; nuestro mundo experimenta aquella hambre espiritual que sólo puede ser satisfecha por el alimento de vida que es Cristo mismo en la Eucaristía.

Es la Eucaristía la memoria de Dios que salva, alimenta y consuela a todo hombre y mujer. Es la Eucaristía el memorial de la muerte y de la resurrección de Jesucristo que ofrece al mundo el Evangelio de la paz definitiva, que sigue siendo un objeto de esperanza en la vida presente. Ante los gérmenes y signos de confrontación, conflicto y división entre los hombres, la Eucaristía es fuerza generadora de reconciliación y de unidad, es creadora de comunidad en cada sociedad.

3.- En la oración para la celebración del Congreso Eucarístico Internacional decimos: “Te bendecimos, Padre nuestro, y te damos gracias por tu Hijo Jesús, don de tu amor para la vida del mundo… Renueva nuestra fe en la Santa Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo… Nútrenos con tu Palabra y con tu Pan de Vida”.

El Papa Juan Pablo II decía: “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es el don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación (…) ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega hasta el extremo, un amor que no conoce medida” (EE, 11).

Él mismo concluyó y coronó su largo pontificado durante el Año de la Eucaristía que estableció de octubre de 2004 a 2005. Con la celebración de ese año, él quería reavivar en lo más íntimo de la Iglesia la admiración que debe despertar el don por excelencia de la Sagrada Eucaristía y la adoración de este sacramento que contiene a la Persona misma del Señor Jesús en su santa humanidad. Y llegó a decirnos, invitándonos al asombro y al estupor ante este Misterio: “La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino” (EE, 19).

4.- ¿Cuál debe ser nuestra respuesta a Dios mismo que se nos da en la Eucaristía? ¿Cómo debemos responder a ese amor sin medida, a ese amor “hasta el extremo”? Yo les propongo tres posibles respuestas entre las muchas que el Señor espera de nosotros.

Ante todo, la respuesta de la fe. La Iglesia da su primer homenaje a ese misterio mediante una respuesta de fe total, llena de admiración y de adoración. El Papa Benedicto XVI nos dice que la Eucaristía es un misterio que se ha de creer: “El sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana” (SC, 6).

La segunda respuesta, al corazón eucarístico de Jesús, es: dejarse reconciliar en la unidad y construir la paz por la justicia y la caridad. La celebración de la Eucaristía despierta en los discípulos de Cristo la responsabilidad que tienen de su propia y permanente necesidad de reconciliarse y de ser artesanos de reconciliación, es decir, artesanos del perdón, de la paz, del amor fraterno, de la solidaridad. La Eucaristía es un desafío constante a la calidad de vida y amor de los discípulos de Cristo que nos hace preguntarnos: ¿Qué hemos hecho por los demás? La Eucaristía es una continua convocatoria a participar en la restauración de la condición humana y del tejido social. En una de las plegarias eucarísticas la Iglesia dice: “Dios nuestro, tu Espíritu mueve los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión. Con tu acción eficaz consigues que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza” (Reconc. II).

La última respuesta es el compromiso de reunirse el domingo, Día del Señor. El domingo es el día en el que, por encima de cualquier otro, el cristiano está llamado a recordar la salvación que le fue ofrecida en el bautismo y que hace de él un hombre nuevo en Cristo. La presencia del cristiano en la Eucaristía dominical, en la Misa del domingo, no obedece primeramente a un precepto, sino que es, antes que nada, un testimonio de su identidad como bautizado y de su amor por Jesucristo. Por eso mismo, el Papa nos exhorta diciendo: “El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Señor resucitado. Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo presente en el hoy y el ahora de sus vidas. Él es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la vida. Por eso, la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana” (Aparecida, DI, 4).

5.- Termino recordando la oración eucarística que los discípulos de Emaús le dirigieron al Señor hace dos mil años y que el Papa actualiza haciendo referencia a las noches que hoy nos amenazan: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer” (Luc. 24, 29).

“Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz. Estamos cansados del camino, pero tú nos confortas en la fracción del pan. Ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.

Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día. Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres, humildes e indígenas. Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y sus legítimas esperanzas. ¡Oh Buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros! AMEN.

San Luis Potosí, S.L.P., Abril 11 de 2008.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.