2008

HOMILIA EN LA EUCARISTIA DE MI XXXII ANIVERSARIO EPISCOPAL.

1.- ¿Cuáles son los sentimientos que embargan el corazón de los creyentes cuando celebran sus aniversarios y cumpleaños? ¿Cuáles son mis sentimientos en este 32 aniversario de obispo?

El primero, es la gratitud. Dirijo mis ojos hacia el rostro paternal de Dios y le doy gracias, postrado en adoración filial, por los incontables regalos con los que ha colmado mi vida. Él me perdona y me sostiene, me alienta y me ama. Pienso también en tantas personas que me han acompañado y han compartido conmigo su vida, gratuitamente. No me he sentido solo. Me ha confortado el amor y la ayuda fraterna de muchas personas, comenzando con mis padres y familia hasta todos ustedes que hoy están conmigo.

Otro sentimiento es el asombro. Dios, con su amorosa providencia, me ha llevado por caminos y experiencias sorprendentes. Me ha conservado la vida, me ha llamado al sacerdocio ministerial y me ha confiado la inmensa gracia de ser obispo en su Iglesia. Junto con el asombro, me viene también la ilusión. Siento el deseo y el compromiso de seguir amando y sirviendo, cada vez mejor, al Pueblo de Dios en esta querida Iglesia Potosina. Siento la ilusión de llegar hasta el final, dando cada día mi vida por el Evangelio.

Un sentimiento siempre presente en cada aniversario que celebro es el arrepentimiento. Hoy, Dios me invita amorosamente a entrar en el fondo de mi propia verdad y a reconocer que he lesionado mi relación con Él y con mis hermanos. Me invita a hacer la confesión de mi vida. Me llama a resucitar y a entrar en una vida nueva. Me pide entrar en el espíritu del Salmo 50 que es luminosa síntesis de todos los sentimientos del creyente: adoración, amor, ofrenda, acción de gracias, arrepentimiento, petición.

Pero hay uno más, que me sugiere el Evangelio proclamado y que deseo vivir intensamente: la alegría.

2.- Escuchamos al Señor que dice a los suyos estas inquietantes palabras: “Yo les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”. (Jn. 16,20)

Y a continuación, Jesús se vale de la imagen delicada de la mujer que va a dar a luz un hijo, para expresar el paso de la aflicción a la alegría abundante. La alegría de la mujer es doble: han terminado sus propios sufrimientos y ha dado al mundo un nuevo ser. La alegría cristiana va unida al dolor, pero desemboca en la vida nueva que es la Pascua del Señor.

Pensemos que Jesús mismo vive esta experiencia. Él fue el grano de trigo que, muriendo en el surco, dio espléndida cosecha de vida nueva. Y sabemos que precisamente es esa vida nueva reside la alegría que nadie podrá arrebatar a los que son de Cristo.

Recordemos también a San Pablo. A causa de las persecuciones que le vienen por la predicación del Evangelio, afirma ante los corintios: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Cor. 7,4) Y les dice a los tesalonicenses que los que se convierten reciben “la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones” (1 Tes. 1,6).

Hoy, como ayer, quien se compromete en el inmenso y minado campo de la predicación de la Palabra de Dios y en la tarea de la misión, seguramente encontrará grandes tribulaciones, pero tiene garantizada la alegría. Es la alegría de reconstruir el corazón humano, de darle nueva vitalidad a tantas vidas marchitas y apagadas, de ver aparecer la sonrisa y la fe, la esperanza y el amor en tantos rostros marcados por el dolor y la desesperación. Es, como dice el documento de Aparecida, la alegría del discípulo misionero: “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo” (n. 18) “La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio” (n. 29).

Pero no olvidemos que el espacio de la verdadera alegría es el momento de la oración, de la adoración, del silencio, del diálogo con el Señor; el espacio de la auténtica alegría no es cuando todo nos sale bien, al contrario, es el momento del sacrificio, de la entrega de sí mismo, de la renuncia. En estos momentos, la alegría, que no es nuestra sino regalo de Dios, estalla en nosotros, cuando recitamos en el Salmo 50: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro… devuélveme la alegría de la salvación”.

3.- En mi aniversario episcopal, hermanos y hermanas, ayúdenme a pedir perdón y a dejarme invadir por la alegría del Señor. A Él quiero decirle: Cambia, Señor, mis tristezas en gozo. Cuando el cansancio y el desaliento, la amargura y la frustración me asalten, dame tu fuerza y tu luz, tu verdad y tu alegría para seguir firme en la fe, sirviendo, con fidelidad y amor, con ilusión y esperanza, a tu Pueblo Santo, peregrino en esta queridísima Arquidiócesis de San Luis Potosí.

San Luis Potosí, S.L.P., Mayo 2 de 2008.

+ Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.