2007

HOMILIA EN LA PEREGRINACION DE LA ARQUIDIOCESIS DE SAN LUIS POTOSI
A LA BASÍLICA DE GUADALUPE EN MEXICO, D.F.

1.- Somos peregrinos llenos de fe y de amor a la Santísima Virgen en su entrañable advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Nos sentimos en nuestra casa porque es la casa de nuestra Madre. Venimos de muchos lugares. Allá también la veneramos, a lo largo del año. Allá, en nuestro templo o capilla, le decimos cuánto la amamos, cuánto la necesitamos. Pero este día llegamos hasta su casa que ella pidió a San Juan Diego, esta casa primordial del amor guadalupano, donde ella prometió mostrar y prodigar todo su amor, compasión, auxilio y defensa a los moradores de estas tierras y amadores suyos que la invoquen y en ella confíen.

¿Cuántos sentimientos, hermanos peregrinos, embargan nuestro corazón? ¿Qué pensamientos se anidan en nuestro espíritu? ¿Cuál es nuestra plegaria, más onda y sentida, en este lugar sagrado? Tengamos confianza. Nuestra Madre de Guadalupe la conoce y la escucha maternalmente para presentarla ante su Hijo. Nosotros sólo la miramos, la invocamos y le mostramos nuestro amor. Ella hace lo demás.

Como Iglesia potosina, traemos, ante la celestial Señora, las sombras que envuelven nuestras vidas: la pobreza, la enfermedad, el desempleo, la emigración; le traemos el dolor a causa la violencia, los asesinatos, la inseguridad pública, el aborto, el desprecio de la vida, la exclusión y olvido de los pobres. Pero también venimos ante ella, trayendo las luces y las flores de la fe firme, de la religiosidad festiva, del amor fraterno, del trabajo y del bienestar en las familias; le traemos los frutos pastorales de cada parroquia y de la Visita Pastoral, así como nuestros anhelos y esfuerzos en la elaboración del Tercer Plan Diocesano de Pastoral.

2.- El Evangelio que se ha proclamado nos invita a meditar y vivir la preciosa escena de la visita de María a su prima Isabel. “María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel”.

¿Cómo vivió María este momento? ¿Qué sucedió? Después del anuncio del Ángel, María es una persona a la cual se le ha confiado un gran secreto que cambia su vida, que la compromete profundamente, que la llevará a vivir una experiencia muy diferente a lo que ella se imaginaba. Guarda en su corazón este secreto y no lo puede compartir con nadie. Es un secreto de alegría, de gozo, pero también de dolor. “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo”.

María se encuentra en una difícil situación. Por un lado, lleva algo grande dentro de sí y, por otro, quisiera decírselo a alguien, quisiera que alguien la comprendiera pero no sabe a quién y cómo. En esta soledad espiritual recorre el camino hacia la casa de Isabel para ayudarla. “Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a verme”.

Y, de pronto, con estas palabras de su prima, María se sintió comprendida. Sintió que su secreto había sido recibido y comprendido con amor, con benevolencia, con confianza. Se siente acogida y comprendida. Ahora ya puede dar rienda suelta a la plenitud de sus sentimientos. Ahora puede proclamar, en voz alta, lo que lleva dentro; puede expresar su secreto a una amiga discreta y atenta que tiene un corazón capaz de comprenderla. Y así deja salir su canto que grita lo que había meditado a lo largo de su viaje. María se expresa cantando porque su alma está llena de alegría. “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Qué importante es tener un amigo cercano que nos entienda y que nos ayude a sacar todo lo que traemos dentro de hermoso, de alegre o de triste, de bueno o también de malo; tener un verdadero amigo que acompañe nuestra soledad para decirle los sentimiento que embargan el corazón. Esto es justamente lo que nos ofrece nuestra Madre de Guadalupe en esta peregrinación. Tengamos confianza de decirle todo porque ella está aquí para escuchar nuestro canto de gratitud o de dolor, está aquí para oír, con un corazón, atento y amoroso de Madre, nuestras plegarias filiales.

Nos consuela ver cómo María pone en el centro de su canto a los pobres. Dios siente predilección por los que se abajan, por los últimos, concediéndoles sus dones: “Enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. María se sabe hija preferida del pueblo de la promesa y representante genuina de los humildes. El Altísimo está obrando maravillas en su persona agraciada; por eso pone alma, vida y corazón para alabar, engrandecer y dar gracias a su Señor.

3.- Como peregrinos, no nos vayamos de la casa de nuestra Madre sin cantar nuestro propio canto de gratitud al Señor, preguntándole: ¿Cómo tú, oh Dios, eres el Dios de mi salvación? ¿Cómo puedo yo cantar mi propio magnificat? ¿Cuáles son las grandes obras que tú has realizado en mi vida? Tú eres el Dios que cambia mi vida, que me da esperanza, que me hace ver con ojos nuevos a los demás; con ojos de amor y de justicia, con ojos de fraternidad, de perdón y de paz.

¡Que nuestra peregrinación sea toda ella un canto de alegría y gratitud a Dios! Que nuestra Madre de Guadalupe nos guíe y nos fortalezca en el camino que lleva al encuentro transformante con Jesucristo vivo. Que aprendamos de ella a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Ella nos hace sentir y gritar: ¡Cristo es nuestro tesoro, Cristo es nuestra dicha! ¡Cristo es nuestro Camino, Verdad y Vida!

No queremos retirarnos de este santuario sin decir una plegaria más a nuestra Madre de Guadalupe:
Gracias, Señora y niña nuestra, porque has estado muy cerca de nosotros, nos has cuidado y nos has cobijado, como a Juan Diego, con el pliegue de tu manto.
Te alabamos, Madre de Dios, porque tú eres la discípula más perfecta del Señor y su primera misionera, y en el Evangelio brillas como mujer fuerte, creyente y obediente.
Tú nos invitas a entrar en tu escuela de fe y de amor y al verdadero seguimiento de tu Hijo Jesucristo para que seamos sus discípulos fieles y sus misioneros valientes y eficaces.
Oh Madre nuestra, ven en nuestra ayuda a fin de que vivamos fraternalmente unidos y siempre seamos solidarios, generosos y serviciales.
Madre y Reina de México, protege a los más débiles de nuestras comunidades: a los niños y a los ancianos, a los pobres y a los enfermos, a los emigrantes y desempleados.
Finalmente, te pedimos que cuides de todas nuestras familias, oh Virgen gloriosa y bendita.

México, D.F., Noviembre 11 de 2007.

 

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí