2007

HOMILIA EN LA MISA DEL SANTO CRISMA 2007

1.- Con esta Eucaristía, muy queridos hermanos presbíteros, celebramos el nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial y expresamos la unidad del presbiterio de nuestra Iglesia potosina. Somos conscientes que Cristo mismo se ha fijado con amor en cada uno de nosotros y nos ha tomado bajo su especial protección. ¡Correspondamos a este amor, dándole nuestro amor! Este día, Él nos pregunta a cada uno: ¿Quieres ser sacerdote, según mi corazón? ¿Eres feliz y fiel en tu vida y ministerio sacerdotal?

Acabamos de escuchar las palabras de Jesús en la sinagoga de Nazareth: “El Espíritu del Señor está sobre mí”. Este Espíritu es, justamente, la promesa y la fuerza de lo alto para vivir y reavivar el fuego de nuestra vocación.

En la escena de la sinagoga de Nazareth, Jesús no sólo nos ofrece el programa de su ministerio sino también se presenta como el Profeta, portador del Espíritu, que ha sido enviado por el Padre para anunciar buenas noticias, inaugurando así “el año de gracia del Señor”. Esta es una de las tres presentaciones solemnes de Jesús en el Evangelio. Las otras dos son el bautismo y la transfiguración. De esta manera, todo su ministerio lo emprende en la plenitud del Espíritu y en la íntima y profunda comunicación con el Padre, en la oración. A sus discípulos les da este mandato: “Es preciso orar siempre sin desfallecer”. Su constante retiro, incluso por noches enteras, para orar al Padre, provoca la petición de aquel discípulo anónimo que le súplica: “Señor, enséñanos a orar”.

2.- Quiero apoyarme en este pensamiento para exhortarme y exhortarles, este gran día, a reavivar un aspecto básico de la vida espiritual de nosotros los sacerdotes. Recuerden que en la última Eucaristía de los pasados Ejercicios Espirituales les hablaba de este tema. Ha sido una inquietud que he llevado recientemente en mi corazón, por una necesidad personal que experimento. Las mismas pláticas cuaresmales que di la semana pasada en la Catedral, las centré en la oración, en la necesidad apremiante de convertirme y convertirnos a la oración, según el mandato de Jesús: “Es preciso orar siempre sin desfallecer”.

El Señor nos ordena ser sacerdotes orantes. A los Obispos, la Iglesia nos dice: “La oración es para un Obispo como el bastón en el que debe apoyarse en su camino de cada día” (DMPO, 36). Y a los presbíteros, les recuerda: “Siguiendo el ejemplo de Cristo, el sacerdote debe saber mantener, vivos y frecuentes, los ratos de silencio y de oración, en los que cultiva y profundiza el trato existencial con la Persona viva de nuestro Señor Jesús (DMVP, 40).

Nuestro sacerdocio nació de la oración de Cristo: de aquella larga noche de oración en la montaña antes de elegir a los apóstoles; nació de su oración en la Cena Pascual. La misma oración de Jesús en Getsemaní nos amonesta para que nuestro sacerdocio esté vinculado y enraizado en la oración. Él nos dirige, cada día, el mismo afectuoso y apremiante reproche a Pedro, Santiago y Juan: “¿De modo que no han podido velar conmigo ni siquiera una hora? Velen y oren, para que puedan enfrentar la prueba”.

Es verdad que tenemos serias dificultades para rezar. S. Pablo, de algún modo, experimentó lo mismo, por eso nos da esta enseñanza y certeza: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”.

El Apóstol nos quiere decir que el Espíritu de Dios, no sólo le hace reconocer al cristiano su propia debilidad, sino que también le ayuda a remediar su condición, orando con él, en su intento de comunicarse con Dios, sobre todo para hacerle clamar: “Padre”. Sin la ayuda del Espíritu, aún la oración del cristiano justificado y reconciliado es estéril; por eso, como remedio a su debilidad, el Espíritu interviene con su asistencia. El hombre, sujeto a la carne, no sabe orar, pero el Espíritu transforma sus áridos desiertos en un vergel; convierte el corazón carnal en corazón espiritual, y la oración inerte en oración de vida.

Nosotros no sabemos rezar bien. Caemos en la rutina. No sabemos qué hacer para orar como conviene. El Espíritu orienta y transforma nuestra oración. Él nos permite recibir e interiorizar la Palabra de Dios. Por tal motivo, cada vez que oramos debemos decir como Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí”. El Espíritu Santo ora en mí, me sostiene, me acompaña, en mi oración.

3.- Mis queridos hermanos sacerdotes: Nuestros fieles nos necesitan como modelos, maestros y guías de oración. El sacerdote es el pastor que va delante del Pueblo de Dios en el camino de la oración, sobre todo de la oración eucarística, que celebra bien si lo hace con actitud orante, uniéndose al misterio de Cristo en su diálogo de Hijo con el Padre.

Les invito a que escuchemos a Jesús que nos dice: ¡Sígueme en mi oración! En su oración que brota de la fuente secreta de su unión con el Padre; una oración, rodeado de las multitudes y en la soledad de la montaña, en la cual tiene presentes a todos los hombres y los ofrece a su Padre; una oración de entrega, humilde y confiada, a la voluntad amorosa de Dios; una oración de intercesión que lleva consigo los sufrimientos, angustias y desgracias de la humanidad de todos los tiempos y todas las súplicas y plegarias de la historia de la salvación.

Sigámoslo, haciendo una oración que sea don de la gracia y respuesta decidida por nuestra parte, que sea esfuerzo y combate contra nosotros y contra las astucias del tentador, que sea gozo y paz; una oración, en fin, que nos cambie, que nos transforme y que nos lleve a ser sacerdotes nuevos. Preguntémonos: ¿De qué cantidad, frecuencia y calidad es mi oración? ¿Qué huella deja en mi vida? ¿Hago de la Eucaristía diaria, una verdadera oración?

El Papa nos dice: “No nos dejemos llevar por la prisa, como si el tiempo dedicado a Cristo, en silenciosa oración, fuese tiempo perdido. En cambio, es justamente ahí, donde nacen los más maravillosos frutos del servicio pastoral. No hay que desalentarse por el hecho de que la oración exige esfuerzo ni por la impresión de que Jesús calla. Él calla pero actúa… Tenemos mucha necesidad de recuperar tiempo para orar y meditar, entrando en nuestra intimidad y encontrando dentro de nosotros al Señor. Por tanto, el tiempo de estar en la presencia de Dios, en la plegaria, es una verdadera prioridad pastoral, no es algo agregado al trabajo pastoral”.

Queridos hermanas y hermanos laicos: Oren por nosotros para que nuestro sacerdocio ministerial esté al servicio de su sacerdocio bautismal; que sea un servicio generoso a favor de ustedes, que son, como dice S. Pedro, “estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo propiedad del Señor”. Al principio en la bendición de los óleos y la consagración del santo crisma, demos gracias a Cristo, “el Ungido del Señor”, por regalarnos la fuerza transformadora de los sacramentos, particularmente, del Bautismo, Confirmación y Orden sacerdotal, a fin de que todos seamos, como dice S. Pablo, “el buen olor de Cristo”, en medio del mundo.

San Luis Potosí, Abril 5 de 2007.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí