2007
HOMILIA
JUEVES SANTO 2007
1.- En esta
hermosa tarde y noche de Jueves Santo, celebramos la última Cena
del Señor Jesús y le agradecemos los tres grandes regalos
que nos dejó: la Eucaristía, el Sacerdocio ministerial
y el mandato del amor fraterno.
Escuchemos,
una vez más, las palabras más bellas de las lecturas bíblicas
que acaban de ser proclamadas:
S. Pablo
nos ofrece su firme testimonio eucarístico: “Yo recibí
del Señor lo mismo que les he transmitido: que el Señor
Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en
sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió
y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Este cáliz
es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en
memoria mía”.
Y S. Juan
nos dice: “El Señor se levantó de la mesa, se
quitó el manto y tomando una toalla, se la cinó; luego
echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a dos
discípulos… Y les dijo: También ustedes
deben lavarse los pies los unos a los otros”.
Estas lecturas
nos hablan de una cena familiar, de una cena de despedida. Todo ocurre
en torno a una mesa. Se trata del regalo de la Eucaristía y del
compromiso de amar a todos.
S. Pablo
conmemora la última cena de Jesús. En ella Jesús
hace un gesto extraordinario: toma pan y lo parte; toma vino y pasa
la copa. Es razonable pensar que la sorpresa y el estupor, incluso la
extrañeza, se apoderan de aquellos hombres, aturdidos por una
propuesta sin precedentes. Mientras Jesús parte el pan y se lo
da para que coman les dice: “Esto es mi cuerpo, que se entrega
por ustedes… Esta es mi sangre que se derrama por ustedes”.
Para S. Pablo,
la Eucaristía es “cuerpo entregado y sangre derramada”.
Tomen, coman; esto soy yo: cuerpo que se entrega. Beban; esta
es mi vida: sangre que se derrama. Todo expresa la vida entera
de Jesús, que no se perteneció, que fue para los demás,
que fue todo para nosotros.
2.- S. Juan,
por su parte, habla de lo que la Eucaristía exige: una
vida de servicio hasta la entrega total.
Toda la existencia
de Jesús se encuentra resumida en la escena del lavatorio de
los pies. Al venir al mundo, el Hijo de Dios toma el uniforme de los
esclavos. También aquí, como en las acciones sobre el
pan y la copa de vino, el gesto de Jesús resulta repentino y
sorprendente, y el estupor de los discípulos es aún mayor.
El hecho de que precisamente la persona más honorable de aquella
comida lavara los pies de los comensales quedaba fuera de toda previsión.
Por eso se explica la pregunta de Pedro: “Señor, ¿me
vas a lavar tú a mi los pies?
El lavatorio
de los pies ilustra todo el programa de la vida de Jesús: rescatar
al mundo mediante la entrega total. La vida de Jesús se presenta
como una gran parábola del servicio generoso, compasivo y humilde,
donde los pobres, los pecadores y los enfermos son los primeros destinatarios.
Esta escena hace presentir la Eucaristía y el
Calvario, donde Jesús se entregará en
provecho de todos, para el perdón de los pecados.
Con su admirable
gesto, Jesús nos revela una imagen nueva de Dios.
Cuanto Jesús está haciendo en el lavatorio de los pies
con sus discípulos no deja de ser una imitación del proceder
del Padre, la revelación maravillosa de su auténtico rostro.
El Padre celestial lava los pies de la historia, lava los pies de todo
hombre caído, no tiene ningún reparo en rebajarse hasta
él con su amor condescendiente, de limpiarle sus pecados por
grandes que sean y de regenerarlo con su amor.
El seguidor
de Jesús, actuando como él, se comporta también
como hombre nuevo que se realiza sirviendo a los demás.
Dios no creó al hombre para que se encierre en sí mismo,
sino para abrirse y darse a los demás, de la manera como Jesús
lo hace. Mirando a Cristo, comprendemos que el corazón humano
está hecho para los demás y experimentamos que sólo
saliendo de nosotros mismos podemos encontrar la verdadera felicidad.
3.- Finalmente,
la escena del lavatorio de los pies nos lleva a renovar nuestra
manera de celebrar y vivir la Eucaristía.
Oigamos al
Papa que, en su reciente Exhortación apostólica nos enseña:
“La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo
hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios
por cada hombre. En este admirable sacramento se manifiesta el “amor
más grande”, aquél que impulsa a “dar la vida
por los propios amigos”. En efecto, Jesús “los amo
hasta el extremo”. Con esta expresión, el evangelista presenta
el geto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros
en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus
discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico
Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”,
hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué admiración
debió embargar el corazón de los Apóstoles ante
los gestos y palabras del Señor durante la última Cena!
¡Qué admiración ha de suscitar también en
nuestro corazón el Misterio eucarístico!”
No cabe duda,
quien vive de la Eucaristía, pone el amor fraterno en el centro,
ama hasta el extremo a sus semejantes, aunque le cueste mucho, aunque
le cueste la vida.
Hoy hacemos
memoria del amor mutuo y de la mesa compartida. Este día se nos
pide que hagamos lo que Jesús hizo: Jesús expresó
su amor en el servicio a los suyos y al mundo. ¿Lo hacemos también
nosotros? Tenemos que lavarnos los pies unos a otros. ¿Cumplimos
con esta tarea?
San Luis
Potosí, S.L.P., Abril 5 de 2007.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.
