2007

HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

1.- Hace dos mil años, el Señor Jesús nos dejó su mandato eucarístico: “Hagan esto en conmemoración mía”. Hace más de siete siglos, la Iglesia celebra esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, y en México se hace la procesión con el Santísimo Sacramento desde el año 1524.

Esta tarde de fiesta eucarística debemos preguntarnos, una vez más, ¿qué hemos hecho de este gran sacramento del amor de Cristo? ¿cómo lo celebramos? ¿qué fruto tiene en nuestra vida de cada día?

Este Jueves de Corpus está enmarcado en la Exhortación Apostólica del Papa “Sacramentum Caritatis” y su mensaje de apertura a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, el 13 de mayo pasado.

Quiero comenzar recordando las palabras de Benedicto XVI en ambos documentos. En ellos muestra su amor crecido por la Eucaristía e invita a volver por el camino del altar para una verdadera renovación de la vida personal y eclesial. Su exhorto general señala: “Es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio”.

El Papa nos enseña: “En el sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándolo en su camino (…) El Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad (…) Gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo (…) La celebración y adoración de la Eucaristía nos permite acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a Él hasta unirnos con el Señor amado (…) Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la Santa Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra con la que Jesús se despidió de sus discípulos: Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Y en su discurso a los Obispos en Aparecida, Brasil, volvió sobre el tema eucarístico: “El encuentro con Cristo en la Eucaristía despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia. ¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor!”.

2.- Estas palabras del Papa nos ayudan a contemplar y agradecer más la Eucaristía, misterio de fe y sacramento de amor, que nos presenta la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.

San Pablo nos dice que Jesús se entrega a sí mismo por amor, que el Padre celestial lo entrega por amor para el perdón de los pecados y que Cristo está vivo entre nosotros. La cena del Señor es signo de su presencia que nos salva. Este alimento de vida es necesario para nosotros cada día, hasta que el Señor vuelva.

El Evangelio nos narra el milagro de la multiplicación de los panes para saciar el hambre de la multitud que seguía al joven profeta de Galilea. Lo que Jesús hizo con los necesitados de su tiempo, lo sigue haciendo en cada Misa. Hoy nos alimenta por medio de la Eucaristía. Pero ahora no nos ofrece un pan y un pescado materiales; se entrega Él mismo como comida espiritual que sacia nuestras hambres.

La escena del Evangelio nos presenta primero a Jesús que habla a una comunidad que lo escucha: “Jesús habló del Reino de Dios”. Esa multitud está entusiasmada con las palabras y parábolas de Jesús. Aquí cabe preguntarnos, ¿nosotros también le escuchamos? En cada Misa la Palabra de Dios llena nuestra vida de nuevo sentido, nos alimenta, nos rejuvenece. Toca lo más profundo de nuestra persona, de nuestros pensamientos y sentimientos. Escuchar de verdad su Palabra nos cambia.

Jesús también cura: “Curó a los enfermos”. Aquella tarde, entre la muchedumbre había muchos que tenían heridas del espíritu y del cuerpo, muchos estaban enfermos, había mucho dolor, lágrimas y congojas. Por eso lo seguían tantos. Estaban impacientes y necesitados buscando a Alguien que les aliviara. La Eucaristía es tiempo para la curación y la conversión profunda de nuestro corazón, para los que tienen hambre y necesidad de ayuda. Juntos recibimos el perdón que nos sana, juntos resucitamos a una vida nueva y somos consolados.

Así, en la Eucaristía, alimentados por la Palabra del Señor y curados en nuestro interior, cantamos y nos dejamos invadir del gozo de Dios. La alegría nos cambia, anima nuestro corazón, nos ayuda a superar nuestras divisiones, nos hace fraternos, nos hace solidarios y generosos, nos envía a cambiar el mundo de la familia y del trabajo, a cambiar todas las realidades en las que estamos inmersos.

3.- Celebramos la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Celebramos la vida entregada de Jesús que se nos da como alimento de nuestras hambres. Hay alimento para todos porque Cristo se hace presente en este pan. Nos toca a todos, como a los discípulos, recibirlo y servirlo a la gente necesitada.

En nuestra solemne procesión, vamos a salir a la plaza y a las calles a proclamar nuestra fe y nuestro amor a Jesucristo en la Eucaristía. Dentro de unos momentos, vamos a rezar públicamente. Eso nos compromete seriamente a todos los que acompañaremos a Jesucristo Sacramentado. Recordemos que si nuestro homenaje y adoración eucarística no brota de una fe profunda y no se hace vida en el amor a los semejantes, corre el peligro de hacerse sólo una rutina y una costumbre más de nuestra vida.

Volvamos nuestra mirada a Cristo Jesús, Sacerdote de la alianza nueva y eterna, que sobre el altar de la cruz presentó al Padre el sacrificio perfecto y digámosle: “Señor Jesucristo, enséñanos a ofrecernos contigo al Padre en el sacrifico eucarístico; reúne en tu cuerpo a los que alimentas de un mismo pan; fortalécenos con este alimento en nuestro camino hacia el Padre; entra en nuestro corazón, en nuestra casa, en nuestra familia y cena con nosotros”. Amén.

San Luis Potosí, S.L.P., Junio 7 de 2007.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.