2007
HOMILÍA
EN LA PARROQUIA DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL EN SAN MIGUEL EL ALTO,
JAL.
1.-
Vengo a acompañarles en la celebración del 175º.
Aniversario de la fundación de esta parroquia de San Miguel Arcángel
que ustedes han estado viviendo durante estos días. Les traigo
el saludo fraterno, la felicitación y la oración de la
Arquidiócesis de San Luis Potosí. Agradezco a su párroco,
el P. Francisco Javier González, la amable invitación
para estar este domingo con ustedes.
El Papa Juan
Pablo II, en el Jubileo del 2000, nos dijo que los grandes aniversarios
eclesiales se celebraron con tres actitudes: “La Iglesia se
alegra, da gracias y pide perdón”. Estoy seguro que
toda la comunidad parroquial de San Miguel Arcángel tiene estos
tres sentimientos y presenta súplicas al Señor de la historia
y de las conciencias humanas para que colme de gozo interno el corazón
de todos los feligreses por las grandes obras que, a lo largo de estos
175 años, Él ha realizado en todas las generaciones de
esta parroquia. Como la Virgen Santísima, también el alma
de ustedes da brincos de alegría cantando: “Proclama
mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en
Dios mi salvador; porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí,
su nombre es santo”
Ustedes dan
gracias y se alegran porque esta familia parroquial ha crecido por la
predicación del Evangelio, se ha alimentado con la Eucaristía
y se ha mantenido unida por acción del Espíritu Santo;
dan gracias porque en ella se ha mantenido la fe heroica de sus antepasados,
la esperanza está viva y el amor a los pobres se ha expresado
en generosidad y solidaridad; dan gracias porque el Señor sigue
siendo Buen Pastor que los alimenta, los guía y los protege.
Pero también piden perdón por las infidelidades y lentitudes
en su respuesta al proyecto del Reino de Dios, expresado en el Evangelio.
¡Muchas
felicidades por este feliz aniversario! Toca ahora llenarse de fortaleza
y alegría para seguir sirviendo, con renovado entusiasmo, a Cristo,
Señor de la Iglesia, y a todas las personas con un amor sin limites.
2.-
Justamente Jesús nos habla hoy de esto. Él nos alerta
porque el dinero injusto nos lleva al egoísmo por encima de toda
justicia y fidelidad. Su evangelio nos incomoda y nos sorprende cuando
nos dice: “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”;
“con el dinero, gánense amigos que lo reciban en el cielo”.
Nos habla, pues, de algo muy cercano a nosotros, nos habla del dinero
y de cómo debemos usarlo.
Ante todo,
nos enseña que su discípulo tiene como bien supremo de
su vida a Dios, nunca las riquezas; que quien posee riquezas está
obligado a hacer buen uso de ellas, de modo que cuando llegue el final
de la vida pueda recibir de Dios la felicidad sin fin; que se usa bien
de las riquezas cuando se ponen al servicio de los necesitados y no
se busca el indebido atesoramiento.
Por otra
parte, el Señor nos pide a todos la virtud de la generosidad.
La generosidad es una manera de vencer la ambición. Ser generosos
contrarresta la natural tendencia a acumular. Dios mismo es generoso
con cada uno. En realidad toda sociedad está asentada sobre el
cimiento de la generosidad. Los cimientos verdaderos de la vida están
hechos de generosidad y solidaridad. Nuestra vida de cada día
es una cadena de favores. Si recibo un favor, yo, por mi parte, debo
hacer un favor a otro. Las personas generosas, las que llegan a entregar
el corazón, hacen que no todo esté perdido, sino que el
futuro para todos sea de bienestar y paz.
Hace un tiempo
recibí un correo electrónico cuyo titulo era: “Cosas
que Dios te preguntará”, al final de tu vida. Son preguntas
sobre la generosidad, sobre la capacidad de amar. Dice así: “Dios
no te preguntará los metros cuadrados de tu casa; te preguntará
a cuánta gente recibiste en ella. Dios no te preguntará
la marca de ropa de tu armario; te preguntará a cuántos
ayudaste a vestirse. Dios no te preguntará qué tan alto
era tu sueldo; te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.
Dios no te preguntará cuantos amigos tenias; te preguntará
cuánta gente te consideraba su amigo. Dios no te preguntará
en qué vecindario vivías; te preguntará cómo
tratabas a tus vecinos”.
Todo esto
nos lo dice Jesús con las palabras del Evangelio que escuchamos
hoy: “Con el dinero, gánense amigos que los reciban
en el cielo”. Esto me da la certeza de que ayudando a otro
me ayudo a mí mismo; me da el gozo de ver que si el otro crece
yo también crezco; me da la convicción de que la abundancia
común es, así mismo, abundancia de cada uno en particular.
La comunidad parroquial que aprende este camino dibuja y manifiesta
el fascinante rostro de Cristo. La solidaridad y la generosidad prueban
la verdadera fe de una comunidad.
No olvidemos
que el compartir los bienes con los demás no hace semejantes
a Dios. Un día, durante la clase de catecismo, la catequista
le preguntó a un niño: ¿Dios es persona? No, respondió
él. Entonces, ¿qué es? Insistió alarmada
la catequista. Y el niño respondió: Dios es una familia.
Y tenía razón porque la Iglesia nos enseña que
Dios es comunidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son
una familia divina.
Esto quiere
decir, que en nuestra parroquia y nuestra ciudad, hoy y todos los días,
debemos compartir como se comparte el alimento en una familia. Así
ya no seremos los hombres y mujeres dominados por el egoísmo
sino aquellos que hacen de su vida una empresa de amor y de servicio.
No olvidemos que lo damos todo cuando nos damos a nosotros mismos. Cuando
damos alegría, la alegría es nuestra recompensa. Es bueno
dar cuando nos piden pero es mejor percibir la necesidad cuando no nos
piden. Esta es la mejor inversión del dinero. Invertir en los
hermanos es colocar nuestros bienes en el banco del amor y no en el
del egoísmo, porque el primero reditúa para la vida eterna
y el segundo lleva a la frustración.
3.- Termino
con esta oración:
“Señor
Jesús: hoy, tu buena noticia se dirige a la actividad económica.
Actividad que atraviesa toda nuestra existencia. Nadie puede desentenderse.
El trabajo, el consumo de bienes, el ahorro, la inversión, los
impuestos…En todo esto ponemos un gran caudal de espiritualidad.
El reino de Dios se realiza también al trabajar, al consumir,
al invertir, al cotizar. Hoy, terminas tu evangelio diciendo: “No
puedes servir a Dios y al dinero”.
No puedes servir al amor y al egoísmo.
No puedes servir a la fraternidad y al individualismo.
No puedes servir a la justicia y a la acumulación de bienes.
No puedes servir a la paz y al mantenimiento del hambre.
No puedes servir a la vida y vivir al margen de los necesitados.
Bendito seas, Señor, por el aviso que hoy nos das a tus hijos
queridos, los hijos de la luz, para que despertemos las enormes energías
del Reino de los cielos, sin ceder al cansancio, a la rutina y al desaliento.
Ten compasión de nosotros, Señor, y ayúdanos con
tu gracia”. Amén.
Septiembre 23 de 2007
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.
