2007

HOMILIA EN LA FIESTA DE SAN LUIS REY.

1.- Celebrar a los Santos.

¿Por qué y para qué celebramos a los santos? ¿Qué nos dice y que nos pide el Señor con sus vidas? De algún modo el Papa Juan Pablo II nos responde con estas palabras que pronunció en 1980: “Los santos no envejecen prácticamente nunca, los santos no prescriben jamás. Continúan siendo los testigos de la juventud de la Iglesia. Nunca se convierten en personajes del pasado, en hombres y mujeres de ayer. Al contrario: son hombres y mujeres del mañana, los hombres del futuro evangélico del hombre de la Iglesia, los testigos del mundo futuro” (Basílica de Lisieux, Francia, 2 de junio de 1980).

La Iglesia nos invita, a lo largo del año, a celebrar a los santos, a hacer memoria de ellos para proclamar el misterio pascual cumplido en ellos que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él.

Un mundo sin Dios ha puesto sobre tronos a muchos héroes e ídolos. Los católicos cometeríamos una seria omisión al no recordar y celebrar, como se debe, a quienes vivieron el Evangelio y murieron por la gloria de Dios. Estos testigos insignes, hechos del mismo barro de nosotros, nos alientan a llegar victoriosos al fin de la carrera y a alcanzar la corona inmortal de la gloria.

2.- Honrar a San Luis Rey, nuestro celestial patrono, siguiendo su ejemplo.

Dentro de la muchedumbre de santos, brilla con luz especial para nosotros San Luis Rey, nuestro celestial patrono, protector e intercesor. El Señor concede a nuestra Iglesia potosina que se alegre hoy con la festividad de San Luis Rey, patrono de nuestra ciudad y de nuestra Arquidiócesis, para animarnos con su ejemplo, instruirnos con su palabra y protegernos con su intercesión.

Año tras año, recordamos su vida y la conocemos bien. Con grandes pinceladas podemos dibujar su retrato espiritual: Laico que vivió el Evangelio, esposo lleno de ternura, padre preocupado por la educación de sus hijos, jefe de Estado atento a la justicia y a la paz, vivió humildemente su fe día a día, orando, sirviendo a los pobres y disfrutando de una alegría franciscana.

Pero nosotros, hombres y mujeres de este tiempo, ¿qué ejemplo, inspiración y aliento recibimos de este hombre santo que vivió hace más de ocho siglos?

Ante todo, nos enseña la compasión y la caridad hacia los pobres. Como rey que vivió según el corazón de Dios, San Luis cumplió lo que hoy dice el profeta Isaías: “El ayuno que yo quiero de ti es este: que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; (…) que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano”.

De San Luis se dice que se preocupaba de todos sus súbditos. Pero tenía un especialísimo amor por los necesitados y los más desdichados, pues en ellos veía la imagen de Cristo sufriente. Socorrer con sus donativos generosos, ya estaba bien. Sin embargo, eso no bastaba para la caridad del Rey. No era solamente su dinero que quería dar, era toda su persona, con una generosidad y una delicadeza maravillosas.

También aprendemos de él la necesidad de la oración, como nos lo dice San Pablo, en la segunda lectura: “Busquen su fortaleza en el Señor y en su invencible poder. (…) Oren y supliquen continuamente con la ayuda del Espíritu santo. Velen en oración constante por todo el pueblo cristiano”.

S. Luis vivió heroicamente esta exhortación bíblica. Su admirable caridad era la marca y el fruto de una permanente y fervorosa oración. A pesar de todas sus obligaciones y de todo el tiempo que pasaba rindiendo la justicia, discutiendo los negocios del reino, socorriendo a los pobres, encontraba siempre bastante tiempo para orar al Señor.

Pero sin duda la diadema más bella que brilló en su corona real, la expresión más clara de su santidad, fue el cumplimiento del mandamiento del amor. Esta es la lección más elocuente que recibimos de San Luis Rey. Cumplió a cabalidad lo que nos dice el Señor: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Fue incuestionable su gran amor a los demás y su fiel amor a la Iglesia. A ella le sirvió hasta morir por responder al llamado del Papa para el rescate de los Santos Lugares, organizando dos cruzadas.

Si San Luis fue un gran rey que santificó la función real y la función de gobernar, lo fue por ser primero un gran santo. Y es que quiso primero servir a Dios haciendo su oficio de rey. Él es ejemplo para todos nosotros en cualquier estado de vida donde nos encontremos.

Este día pidámosle, de manera especial, que interceda ante el Señor por nuestra ciudad. Que en ella reine la justicia, que haya seguridad para todos, que brille la fraternidad y la solidaridad, que los pobres tengan una vida digna y a los niños y jóvenes se les abra un futuro de prosperidad y de paz.

Pidámosle también por nuestra Arquidiócesis. Que nos ayude a optar decididamente por la santidad, que seamos entusiastas predicadores del Evangelio, que vayamos con amor al encuentro de los pobres y alejados y que seamos discípulos fieles de Cristo para ser sus audaces y eficaces misioneros. ¡Esta es la nueva y desafiante cruzada evangelizadora a la que somos invitados hoy por la Santa Iglesia! Esta cruzada no es para rescatar lugares sagrados. Se trata de rescatar para Cristo el corazón de todo hombre y mujer. Por tanto, como San Luis Rey, acudamos a ella con amor y entrega generosa.

Termino orando con el Papa Benedicto XVI: “Discípulos y misioneros tuyos, Señor Jesucristo, queremos remar mar adentro, para que nuestros pueblos tengan en Ti vida abundante, y con solidaridad construyan la fraternidad y la paz. Señor Jesús, ¡Ven y envíanos!

San Luis Potosí, S.L.P., Agosto 25 de 2007.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.