2007

HOMILIA EN LA EUCARISTÍA DE CLAUSURA DE LA
XXI ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL

1.- ¡Demos gracias a Dios, nuestro Padre, por todas las gracias que nos ha concedido en esta Asamblea Diocesana que hoy clausuramos!

Mi gratitud también para todos Ustedes, queridos asambleístas. Porque, una vez más, han mostrado su amor a esta Iglesia potosina, dedicando su valioso tiempo para darle un nuevo impulso pastoral, creativo y comprometido.

Gracias a todos los que prepararon y colaboraron generosamente en la realización de esta asamblea. Particularmente, agradezco al P. Andrés Vargas Peña y al Equipo de la Vicaría de Pastoral, su valiosa y esforzada ayuda.

En esta asamblea, como nos lo propusimos, hemos “identificado los obstáculos que debemos superar y nos hemos comprometido a poner más empeño en trabajar a favor de una Iglesia convertida y solidaria”. Lo hacemos con renovada esperanza, venciendo desalientos y frustraciones. Lo hacemos con una fe renovada y un amor crecido a Cristo y a su Iglesia. Lo hacemos iluminados y alentados por la persona y la palabra del mismo Jesucristo que escuchamos en el Evangelio de esta Eucaristía.

2.- Llegó Jesús a Nazareth, entró en la sinagoga, se levantó para hacer la lectura, encontró el pasaje donde está escrito: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc. 4, 18-19).

La escena es hermosa. Contemplar a Jesús nos llena de alegría, fortaleza y esperanza. Él es el mesías prometido, consagrado por el Espíritu del Señor y enviado a anunciar un mensaje gozoso: la liberación a los prisioneros, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, un año de gracia del Señor. Este día fijamos nuestros ojos, una vez más, en el rostro de Jesús escuchando sus palabras que, después de dos mil años, todavía proyectan luz, fuerza y ánimo para vivir. ¡Qué bien nos vienen estas palabras, cuando estamos comenzando un nuevo año de compromisos pastorales en nombre del mismo Señor!

¿Cuál es el programa de Jesús? Algo muy sencillo y eficaz para transformar la realidad: dejarse guiar por el Espíritu que está sobre Él. Espíritu con el que ha sido ungido para realizar la misión de dar la Buena Nueva a los pobres, anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los prisioneros. Estas serán sus grandes líneas de acción en su vida, serán las convicciones profundas de su misión salvadora, serán las tareas primordiales en las que empleará su tiempo.

Las palabras de Isaías representan el programa que Jesús se trae entre manos y que llevará a efecto con toda fidelidad a lo largo de su actividad pública. Jesús convertido en el hombre para los demás en conformidad con los planes divinos, tiene como opción preferencial levantar de su postración a los pobres, los cautivos, los oprimidos y los aquejados tanto de enfermedades físicas como psíquicas y morales.

En definitiva, Jesús se debe a todos los necesitados, que para ser hombres de verdad necesitan de su ayuda. Si hay algo evidente que corresponde a la voluntad divina, es precisamente ayudar al que se encuentra en postración e indigencia.

Este mediodía, el Señor Jesús nos dice que su programa tiene continuidad en nuestros programas pastorales y en nuestra misión de hacer de nuestra Iglesia potosina una Iglesia convertida y solidaria, cercana y compasiva con los que están postrados y necesitados.

Estamos llamados, pues, a continuar con buen ánimo la obra de Jesucristo. El rostro del sufrimiento se repite hoy como hace dos mil años. Para cumplir nuestros programas contamos con el Espíritu del Señor, que se encuentra en nosotros y con nosotros. No estamos abandonados sólo a nuestras débiles fuerzas. El Espíritu Santo, Espíritu vivificador y animador de la Iglesia, nos garantiza el éxito espiritual de nuestros programas, por muchos obstáculos que encontremos, por muchas resistencias que nosotros mismos le pongamos. Ése es nuestro consuelo y ésa es nuestra confianza al terminar nuestra Asamblea Diocesana.

3.- Pero hay una palabra más, Palabra de Dios, que hoy llega a nosotros. La escuchamos tomada de la primera carta de San Juan: “Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”.

“Dios es amor”. Dios también es espíritu, también es luz. Él es un Dios que nos ama. Lo propio, lo específico de él es el amor. Ama a su Hijo y nos ama a nosotros. En respuesta a este amor divino nosotros debemos, por supuesto, amar a Dios pero debemos también amar al prójimo. Esta es la novedad que nos trajo Jesucristo en el Evangelio: el amor al prójimo se convierte en una señal clara de nuestro amor a Dios; el amor al prójimo es la prueba de nuestro amor a Dios.

El amor viene de Dios y hunde sus raíces en la fe. El amor humano participa del amor de Dios al hombre. Todo el amor que un corazón humano puede contener tiene su fuente en Dios. Estamos ciertos que el corazón del hombre sólo se puede curar por el amor que nos hace permanecer en intimidad con Cristo. “Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados”.

Es evidente que este pasaje bíblico nos hace preguntarnos si acaso todos nuestros programas sobre la conversión y la solidaridad tienen como fuente e inspiración, como criterio fundamental para calificarlos, el amor a Dios y el amor al prójimo. Este es un gran desafío a fin de toda nuestra acción pastoral no equivoque el camino y se convierta sólo en una meritoria acción puramente social.

A este respecto, yo les invito a dejarnos guiar por las sabias palabras del Papa Benedicto XVI que, en su Carta Encíclica “Deus Caritas est”, nos ayuda a centrar debidamente todas nuestras acciones de solidaridad: “El amor crece a través del amor. El amor es divino porque proviene de Dios… El programa del cristiano –el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús- es un corazón que ve. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia… El cristiano sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre él, dejando que hable sólo el amor… La mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor” (nos. 18 y 31).

Y, hablando el Papa sobre el espíritu que debe animar a quienes promueven la solidaridad como tarea de la Iglesia, dice: “Han de ser personas movidas ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo… Quien ama a Cristo ama a la Iglesia y quiere que ésta sea cada vez más expresión e instrumento del amor que proviene de Él” (no. 33).

4.- Hermanos y hermanas: Tenemos ante nosotros, la tarea de la conversión y de la solidaridad, por un año más. Tenemos en el ejemplo de Jesucristo y en la enseñanza del Papa, el espíritu y los criterios para realizarla. ¡Manos a la obra! Confiémonos al Espíritu del Señor, dejémonos guiar verdaderamente por Él. Pongámonos en manos de la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia. ¡Caminemos con Cristo, sirviendo a los hermanos”.

San Luis Potosí, S.L.P., Febrero 8 de 2007.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.