2007

HOMILIA EN LA EUCARISTIA DE LAS BODAS DE ORO SACERDOTALES DEL
P. ANTONIO GOMEZ Y GOMEZ DE AGÜERO.

1.- Este día, acompañamos al P. Antonio en su acción de gracias por sus 50 años de sacerdote. El P. Antonio nos cayó del cielo. Un buen día se apareció en mi oficina, se presentó con gran sencillez, expresó su deseo de vivir en San Luis Potosí y ofreció sus servicios sacerdotales. Lo acepté con mucho gusto y le encomendé ayudar al P. Fernando Castro, párroco de esta parroquia de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, quien lo aceptó fraternalmente.

Con mucha alegría y transparencia, el P. Antonio Gómez y Gómez De Agüero me contó su vida. Nació el 15 de enero de 1933 en Santa Olalla-Toledo-España, Arquidiócesis Primada. Ingresó al Seminario de Toledo en 1944 y luego realizó sus estudios de Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, obteniendo el grado de Licenciatura en Teología. Ahí mismo recibió la ordenación sacerdotal, el 11 de agosto de 1957. Luego desempeñó importantes cargos en la formación sacerdotal y llegó a México el 22 de septiembre de 1962.

Su ministerio sacerdotal en nuestro país ha sido intenso y fecundo. Construyó y fue Rector del Seminario de los Sacerdotes Operarios Diocesanos, introductor de los Cursillos de Cristiandad en México junto al P. Pedro Hernández, trabajó intensamente en este Movimiento laical, construyó y fue el primer párroco del Santuario Diocesano de Santa María de Guadalupe, en la Diócesis de Coatzacoalcos, Ver. Después de recuperarse de serias enfermedades con que fue probado, llegó a San Luis Potosí hace un año.

2.- Esta es la vida del P. Antonio. Se dice en pocas palabras. Se vive entre muchas vicisitudes y experiencias insondables que se anidan en el corazón del hombre sacerdote y se guardan paternalmente en el corazón de Dios para el premio final. Muchas luces, algunas sombras. Muchas alegrías y fiestas, sin faltar las lágrimas. Innumerables actividades evangelizadoras, proyectos, sueños, ideales y realizaciones. Reconocimientos mezclados con decepciones, ingratitudes, olvidos y soledades. Pero en el centro de todo, la Eucaristía de cada día, la oración perseverante, la entrega generosa en el anuncio del Evangelio y en el ejercicio de la caridad pastoral que exige dar la vida, sin reservas y sin miedo, en favor del Pueblo de Dios. Finalmente, detrás de todo, está el misterio de la elección divina, de la gracia que acompaña y del amor de Dios que sostiene y consuela, perdona y levanta.

¿Qué puedo decir del P. Antonio, conociéndolo tan poco? Diré, ante todo, que descubro en él la casta de los misioneros españoles. Su talante misionero lo trajo hasta nuestras tierras. Pero la misión unida al amor por el pueblo. Él sabe, como lo sabían todos los misioneros, que el mejor Evangelio, el que toca el corazón de todo hombre y mujer, es el amor a todos sin excepción y el aprecio por la cultura en la que insertan su acción pastoral. También veo en este sacerdote su fidelidad sacerdotal, su alegría y su entusiasmo. A pesar de una larga historia, no quiso plegar alas. Se ha dispuesto a servir, a comenzar de nuevo, a iniciar otra etapa de su ministerio para dar buenas cuentas, como siervo diligente, al Señor de la viña.

Su fe sacerdotal está claramente expresada en sus invitaciones cuando dice: “Soy sacerdote por vocación de Jesucristo, quien llamó a los que quiso (…) Gracias, Jesús, por tu llamada al Sacerdocio, por concederme 50 años de vida (...) Perdón, Señor Dios, por mis debilidades y pecados. Gracias, Jesús, porque en mis flaquezas se realiza tu poder y me basta tu gracia”.


P. Antonio: ¡Muchas felicidades por este venturoso día! ¡Enhorabuena por este feliz aniversario! Gracias por venir a nuestra tierra potosina a ofrecer el vino sabroso y añejo de tu sacerdocio.

3.- Este día de fiesta sacerdotal, el Señor Jesús viene a nosotros con su Palabra para ayudarnos a entender el don y misterio del sacerdocio ministerial. Él nos dice en el Evangelio proclamado este día: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre (…) Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él” (Jn. 6, 51-56).

Hemos escuchado la parte más eucarística de todo su discurso. Jesús no sólo es el pan, sino “comida y bebida”. Jesús, pan viviente, sacia toda hambre y sacia toda sed. Él alimenta sus ovejas y con ello les garantiza la vida eterna; además de sus palabras, su carne y su sangre son la garantía de la vida en abundancia que él viene a otorgar.

Al decirnos Jesús que él es el pan bajado del cielo, con la expresión “bajar del cielo”, nos revela su identidad, nos dice quién es él. Su don es “gracia sobre gracia” y su oferta no es terrena sino de vida eterna. Así, Jesús es el pan que todo hombre añora y desea profundamente. Por eso la multitud le dice: “Señor, danos siempre de ese pan”. (Jn. 6,34).

Aquí podemos preguntarnos: ¿Qué puede significa para el sacerdote ese bajar del cielo de Jesús? En primer lugar, el sacramento del orden le da una nueva identidad. Modifica su vida. Lo identifica con la cabeza de la Iglesia que es Cristo. Lo hace uno con Aquél que ha bajado del cielo. Bajar del cielo para el sacerdote es estar en permanente comunión con el Padre celestial para no hacer nada por cuenta propia, sino hacer sólo lo que ve hacer al Padre, tal como hizo Jesús.

El sacerdote vive con la gran convicción de que su vida y su ministerio “vienen del cielo”; se mira a sí mismo con los ojos de la fe a fin de de tener en cuenta que su identidad más profunda le viene de Dios, es sobrenatural. Pero también debe recordar que su vida es “bajar”, es decir, poner los pies sobre la tierra, estar totalmente encarnado en la comunidad humana, siguiendo los pasos del Verbo eterno que “se hizo carne y habitó entre nosotros”. Por tanto, su vida es un ver siempre al Padre celestial y un permanente bajar a su pueblo, cuidar de los pobres con amor. Así, el sacerdote habita con Dios y habita entre sus hermanos los hombres.

Otra gran enseñanza de Jesús que nos ayuda a entender la vida del sacerdote está expresada en la palabra “entregar”. “El pan que yo les entrego es mi carne para la vida del mundo”. Estas palabras nos dicen tres cosas: que Jesús es entregado por el Padre a los hombres; que Jesús es entregado por los suyos; y que Jesús se entrega por su propia voluntad. Además, se nos dice que su entrega no se reduce a un grupo menor sino que tiene un alcance universal.

Así es el sacerdocio ministerial. La misión del sacerdote es universal y rompe las fronteras que lo limitan. Su mirada tiene alcance mundial. También su vida es entregada para la vida del mundo. No se queda dentro de los cuatro muros de su geografía y de su cultura. Su mirada y sus pasos llegan hasta los últimos confines. Esto explica que el sacerdote no es extranjero en ningún país donde está la Iglesia. Su patria es la Iglesia en todas partes. Esto explica su misión universal. Por otro lado, su mirada y sus pasos llegan también hasta los alejados. Las oficinas parroquiales no se convierten en su centro cerrado de operaciones sino que, con espíritu misionero, “se hace carne”, “se entrega”, y va en busca de las ovejas perdidas para ser alimento triturado y comido por ellas. El sacerdote no se alimenta de las ovejas, más bien se hace vida y comida para ellas. Cada día, al celebrar la Eucaristía, pronuncia las palabras de Jesús con la misma verdad y realismo de amor con que las pronunció el Señor en la Última Cena: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Este es el Cáliz de mi Sangre; que será derramada por vosotros”.

4.- Muy queridos hermanos y hermanas: Acompañar al P. Antonio en su acción de gracias y en su gozo interior por estos 50 años de sacerdote, nos compromete, ante el Señor y ante la Iglesia, a valorar, con fe mayor, este gran regalo del sacerdocio ministerial que nuestro Señor Jesucristo nos dejó en la Última Cena. Preguntémonos: ¿Qué tan viva es nuestra fe en este sacramento del orden sacerdotal? ¿Cuánto lo apreciamos y lo agradecemos? ¿Cómo miramos a nuestros sacerdotes, cuánto los amamos, los comprendemos y oramos por ellos? ¿Qué hacemos para que florezcan las vocaciones sacerdotales en las familias?

Hoy les invito a orar por la vocaciones sacerdotales y a rezar por nosotros sus sacerdotes para que vivamos aquella hermosa enseñanza del Papa Juan Pablo II en la que nos pedía a los sacerdotes que viviéramos, a ejemplo de Cristo, “una existencia entregada”, como lo pide el Señor, en el Evangelio proclamado: “El sacerdote debe aprender a decir de sí mismo, con verdad y generosidad, ´tomad y comed´. En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados” (Última Carta a los Sacerdotes, 2005).

Muy querido P. Antonio: Por mi medio, recibe la felicitación de la Arquidiócesis de San Luis Potosí. Gracias por estar con nosotros y ayudarnos. Que el Señor te conceda una serena longevidad. Que nunca pierdas la alegría del servicio sacerdotal. Que la Virgen Santísima, en sus advocaciones de Nuestra Señora de la Piedad, Patrona de Santa Olalla, tu pueblo natal, bajo cuyo manto diste comienzo a tu “andadura”, como niño y como sacerdote, y de Nuestra Señora de Guadalupe, te proteja siempre con su amor maternal. ¡Felicidades! ¡Ad multos annos vivas!


San Luis Potosí, S.L.P. (México), Agosto 11 de 2007.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.