2007
HOMILIA
EN LAS BODAS DE ORO SACERDOTALES DEL
SR. CANONIGO JUAN MONTALVO VELAZQUEZ.
1.-
Para mí, siempre es motivo de alegría celebrar los aniversarios
de los sacerdotes. Los veo como mis hermanos que forman esa gran comunidad
presbiteral que avanza esforzada y gozosamente en la gran marcha evangelizadora
que debemos cumplir por elección y mandato del Señor.
Cada sacerdote
es para el obispo el hermano, el valioso colaborador, el compañero
en la misión, aquél de quien es responsable a lo largo
de toda su vida. Juan Pablo II decía: “El gesto del
sacerdote que, en el día de la ordenación presbiteral,
pone sus manos en las manos del obispo les compromete a ambos: el presbítero
decide encomendarse al obispo y el obispo se compromete a custodiar
esas manos” (PG, 47).
Así,
el aniversario de cada sacerdote también es fiesta del obispo.
El gozo se incrementa cuando se celebran 50 años de servicio
sacerdotal. Es entonces cuando se hace más necesario manifestar
la gratitud de la Iglesia particular por los muchos trabajos realizados
a lo largo de medio siglo, vivido en un ejemplar y transparente testimonio.
Estos son
mis sentimientos más hondos al celebrar hoy las Bodas de Oro
Sacerdotales del Sr. Canónigo Juan Montalvo Velázquez
en nuestra querida Catedral, donde desempeña el oficio misericordioso
de confesor penitenciario.
Muchas felicidades,
P. Juanito, por este dichoso día. Hoy vives intensamente aquella
felicidad que por primera vez invadió tu corazón el 21
de Septiembre de 1957, al recibir la ordenación presbiteral por
la imposición de las manos del Sr. Obispo Auxiliar D. Jesús
Clemente Alba Palacios.
2.-
El P. Juan Montalvo Velázquez nació en S. Ciro de Acosta
del amor esponsal de D. Vicente y Dña. Florentina e ingresó
al Seminario Diocesano de San Luis Potosí en noviembre de 1945.
Doce años duró su formación sacerdotal. Esta etapa
del Seminario, como la entiende la Iglesia, fue un largo éxodo
espiritual, una experiencia de comunidad educativa en camino, un Nazaret
entrañable y viviente, un tiempo de trato íntimo y prolongado
con Jesús para configurarse con Él.
Veo la vida
de este sacerdote como una vida vivida en la obediencia, en la disponibilidad,
en la entrega generosa, en la oración, en la alegría de
ser sacerdote sin regateos. Aquí debo expresarle mi grande aprecio
y mi honda gratitud sobre todo por su servicio misionero en Chiapas.
Me sorprendió que fue el primero que respondió a mi llamado,
a pesar de que tenía un cargo en cierto modo honroso, como Vicario
Episcopal de Vida Consagrada. También debo alabar su constante
sentido social y las obras que ha emprendido en favor de la promoción
humana de las comunidades.
Los servicios
que ha prestado a la Diócesis han sido múltiples y muy
variados: Capellán del Asilo de Ancianos, de las Adoratrices,
del Santuario de Guadalupe y de la Iglesia de San Juan de Dios; sirvió
al Seminario como promotor vocacional y director espiritual del Menor
y del Mayor; dos veces fue auxiliar del Movimiento de Cursillos de Cristiandad;
fue párroco de las parroquias de Tierra Nueva y la de Santiago
del Río, en esta ciudad; como ya dije, fue misionero en Chiapas
y actualmente es Canónigo penitenciario en la Santa Iglesia Catedral.
Que el Señor
le recompense todo su afán sacerdotal y le conceda el gozo de
haberlo servido en tantas personas e instituciones, sembrando la semilla
del Reino de Dios en los corazones de sus hermanos, abriendo el surco
de muchas almas a la gracia de Dios y alentando la vida de toda clase
de hombres y mujeres. Porque el sacerdote es eso, es el hombre que cada
día siembra en la esperanza, siembra en la alegría. Pone
a prueba todos los terrenos. Siembra la Palabra en todas partes, derrocha
la semilla. Sabe que la Palabra de Dios tiene el poder de transformar
el terreno; que la Palabra es creadora; que la Palabra puede transformar
el corazón de piedra en corazón de carne. El sacerdote
siembra a pesar del cansancio; siembra en la soledad y en medio de la
incomprensión; siempre siente la necesidad de empezar desde el
principio aunque no haya cosecha o ésta sea mínima. “Salió
el sembrador a sembrar”, nos dice el Señor.
3.-
El sacerdote vive de la Eucaristía, toda su existencia es eucarística.
Por tal motivo, pienso que el texto evangélico que acabamos de
escuchar se dirige particularmente al sacerdote cuando Jesús
dice, en la última Cena: “¡Cómo he deseado
celebrar esta pascua con ustedes antes de morir (…) Después
tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos
diciendo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en
memoria mía. Y después de la cena, hizo lo mismo con el
cáliz diciendo: este es el cáliz de la nueva alianza sellada
con mi sangre, que se derrama por ustedes”. (Lc. 22, 14-20).
Llegada la
hora, en la Cena, Jesús muestra sus sentimientos humanos más
profundos, dejando ver lo mucho que deseaba comer esta pascua con sus
discípulos, sus amigos más cercanos, los primeros sacerdotes.
Imaginamos
que los apóstoles, en ese momento, se miraron unos a otros como
tratando de ayudarse a entender esas palabras tan misteriosas. Se sentían
amados pero no comprendían. Todo estaba lleno de símbolos
que se les escapaban. Eran acciones que Jesús hacía como
si fueran únicas. Todo se realizó bajo el signo de la
sencillez. Esos primeros sacerdotes sabían que algo decisivo
estaba ocurriendo.
Todo esto
explica el por qué del gozo que la Eucaristía ocasionaba
en las primeras comunidades cristianas. Las palabras de Jesús
imprimen a la Eucaristía un sello de fiesta, es un deseo interior,
ardiente, muy profundo, que no se puede quedar escondido sino que brota
en una explosión de amor: “¡Cómo he deseado
celebrar esta pascua con ustedes antes de morir!”.
Veinte siglos
después, los sacerdotes seguimos repitiendo aquellas mismas palabras
y signos de la institución de la Eucaristía con la certeza
y el gozo de cumplir un mandato del Señor, con la certeza de
que estas palabras, pronunciadas por nosotros, siguen teniendo el mismo
efecto que aquella noche santa produjeron las palabras de Jesús.
Al llegar
aquí, es bueno que los sacerdotes escuchemos lo que dice el Papa
Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Sacramentum
Caritatis: “Nadie puede decir ‘esto es mi cuerpo’
y ‘este es el cáliz de mi sangre’ si no es en el
nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la
nueva y eterna Alianza (…) Recomiendo, por tanto, al clero profundizar
siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como
un humilde servicio a Cristo y a la Iglesia” (n. 23).
4.-
P. Juanito, el mensaje del Evangelio que nos relata la institución
de la Eucaristía envuelve hoy tu vida sacerdotal. Te ayuda a
revivir los sentimientos que embargaban tu corazón al celebrar
tu primera Misa. Tú has sido sacerdote para la Eucaristía
durante 50 años. En ella has encontrado gozo y fortaleza. Sin
duda el momento más feliz de cada día es cuando te vistes
de Cristo al recibir las vestiduras sacerdotales. Cuando celebras la
Santísima Eucaristía haces que Cristo revele el amor infinito
de Dios por cada hombre, ayudas al Señor a ir al encuentro de
todo hombre y mujer para acompañarles en su camino. Por tu medio,
Cristo se hace palabra y se hace comida para su pueblo hambriento de
verdad y de vida plena. Por tu Eucaristía, la Iglesia se hace
misión y renace siempre de nuevo. Cada Eucaristía te envía
al servicio fraterno, solidario, bondadoso.
Pienso que
el sacerdote al elegir los textos bíblicos de su aniversario
sacerdotal, como lo hiciste tú este día, busca en ellos
una especial llamada del Señor para los años por venir.
Así, tú quisiste darle a tu futuro sacerdotal un fuerte
acento eucarístico para escuchar cada día las palabras
de Jesús y entrar en sintonía con su emoción y
sus ansias más profundas: “¡Cómo he deseado
celebrar esta pascua con ustedes antes de morir!”. Que el Señor
te conceda la inmensa gracia de estar siempre en íntima comunión
con él en el altar.
Muchas felicidades,
una vez más, en nombre de la Arquidiócesis. Gracias por
tus muchos años de servicio sacerdotal. Que la Virgen Santísima
siga cuidando tu vida y ministerio sacerdotal con su amor y ternura
maternal.
San Luis
Potosí, S.L.P., Septiembre 28 de 2007.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.
