2006

HOMILIA EN LA CLAUSURA DE LA VIGESIMA ASAMBLEA
DIOCESANA DE PASTORAL

1.- Demos gracias al Señor que nos concede concluir con éxito nuestra Vigésima Asamblea Diocesana de Pastoral que tuvo como propósito: “Animar el camino pastoral de nuestra Iglesia, para que en ella se organicen y multipliquen las expresiones de conversión y solidaridad”. Este plenario fue la grande y esperanzadora cosecha. Los compromisos que aceptamos para los años 2006 y 2007 vienen a darle mayor brillo al rostro de la Iglesia potosina, destacando sus rasgos de Iglesia convertida e Iglesia solidaria.

Agradezco a todos ustedes su participación. Agradezco también al P. Andrés Vargas y sus colaboradores la preparación y el seguimiento de la asamblea en sus cuatro etapas. Gracias también a todos los que colaboraron en el trabajo evaluativo y prospectivo.

2.- El evangelio de esta Eucaristía, proclamado tres veces a lo largo de nuestra Asamblea, nos ha traído las palabras de Jesús a Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Es un mensaje consolador y estimulante que se dirige a todos los que vivimos en el recinto eclesial de la Iglesia particular de San Luís Potosí. Jesús viene, continuamente, a nuestra casa para apremiarnos a la conversión y la solidaridad, en medio de un mundo que se aleja de él y se vuelve insolidario.

El encuentro con Zaqueo es como la síntesis de lo que Jesús ha venido haciendo en su largo caminar: “buscar y salvar lo que estaba perdido”. Zaqueo parece ser el ejemplo del hijo pródigo a quien el Padre, bueno y compasivo, sale a recibir, colmándolo de besos. Estas dos historias están estrechamente unidas. En el regreso del hijo perdido, el final es dichoso y efusivo, tanto así que tiene que participarse y compartirse en una celebración festiva; y en el encuentro con Zaqueo, se cumple el gran anhelo de Jesús: “el hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Zaqueo, sin embargo, también “buscaba ver a Jesús”. Así pues, el encuentro es tanto más gozoso cuanto que ambos se buscaban.

No parece haber otra historia en los evangelios que defina mejor el doble movimiento de la conversión: volver a Dios y convertirse hacia sus hermanos con acciones muy concretas de restitución y de solidaridad. Será hasta este momento cuando Jesús declare: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.

Jesús brinda a Zaqueo en gesto tan acogedor que éste, sorprendido, se da cuenta que no hay barrera que impida verlo y tenerlo bajo su propio techo. Es Dios el que ha llegado a su mesa. Los gestos y palabras amorosas de Jesús lo tocan profundamente y, de modo decidido, se pone de pie, como signo de conversión y manifiesta sus nuevas actitudes y acciones; logra zafarse de la atrayente seducción del dinero, restituye lo que ha obtenido de modo fraudulento y se solidariza con los que no tienen, repartiendo la mitad de sus bienes a los pobres.

Este camino, de encuentro trasformador con Jesucristo, es el que se compromete a recorrer la Iglesia potosina, como un nuevo Zaqueo, cumpliendo los compromisos y conversión y solidaridad que hoy asumimos y ponemos humildemente en el altar de esta Eucaristía.

3.- Al llegar este punto, es necesario que nos preguntemos cada uno: ¿Qué respuestas he dado a las muchas llamadas del Señor a la conversión? ¿Desde qué lugar lejano de mi corazón debo regresar para encontrarme, en casa, con el Señor? ¿Qué cambios debo realizar en mi vida interior y en mi acción apostólica?

Recordemos que la conversión personal es cambio radical de la mente, de la intención, del corazón, de la conducta; es retorno confiado a los brazos del Padre celestial, siempre dispuesto a perdonar y aceptar con alegría a ese hijo pródigo y a ese Zaqueo que está en nuestro corazón; es vida nueva, relación gozosa y filial con Dios; es una resurrección, un renacimiento, una nueva creación. Esta conversión o es permanente o no lo es.

Pero, también, tengamos en cuenta que el convertido no es sólo aquel que deja el pecado y vuelve a Dios, sino también, y sobre todo, aquel que se ha vuelto imagen viva y transparente de Cristo, de modo que puede decir con S. Pablo: “Ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí”.

Una conversión personal así, nos lleva necesariamente a la conversión eclesial y pastoral, es decir, al cambio de actitudes y acciones evangelizadoras que estén acordes con el querer de Dios y el reclamo de la realidad social.

Pienso que el Señor, en esta Asamblea, nos llama a una conversión eclesial y pastoral que implica ruptura de viejas inercias y rutinas para tener más entrega, más entusiasmo, más sensibilidad y compasión, más atención a los signos de los tiempos, más mentalidad de cambio, más creatividad, más intenso encuentro con Jesucristo, más actitud contemplativa, más santidad; que implica, también, abandono de métodos pastorales para desatar acciones que se nutran de la Palabra de Dios, que se inspiren en el estilo pastoral de Jesús, que mejoren las propuestas de evangelización en el nuevo escenario social, que reconozcan y promuevan la vocación y misión de los laicos, que busquen a los jóvenes, a los pobres y a los alejados, que broten de una espiritualidad de comunión.

4.- La consecuencia de la conversión de Zaqueo fue su solidaridad. ¿Cuál debe ser la mía, como seminarista, laico, consagrado, presbítero, obispo? ¿A quién he defraudado? ¿Qué debo restituir espiritual o físicamente? ¿Quién está esperando mi solidaridad apostólica o material?

La doctrina social de la Iglesia nos enseña que la solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos; es ver al otro como un semejante nuestro, una ayuda para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida; la solidaridad hace ver al cristiano que todo ser humano es la imagen viva de Dios Padre; por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que ama el Señor.

Juan Pablo II decía: “El cristiano que participa en la Eucaristía aprende a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad”. Y Benedicto XVI dice en su primera encíclia: “El programa del cristiano es un corazón que ve. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”.

Vivamos la solidaridad poniendo en práctica los compromisos de esta Asamblea y aquél otro que hicimos en nuestro Plan de Pastoral: “Queremos en San Luis Potosí, decimos, una Iglesia movida por el amor y la misericordia, que a ejemplo de Jesucristo, no considere ajenos los gozos y menos aún las tristezas de la gente de este tiempo. Su prioridad en el amor se dirige hacia los pobres y excluidos, en particular a desplazados y migrantes, buscando nuevas formas de presencia en el mundo del dolor que incluye a los enfermos y ancianos, a los discapacitados, a los hermanos afectados por el SIDA, y a todos y a cada uno de los que padecen cualquier forma de minusvalía” (PDP, 199)

5.- Queridos asambleístas: ante ustedes está la doble tarea pastoral para estos dos años: conversión y solidaridad. Ambas son inseparables.

¡Manos a la obra, en nombre del Señor! La XX Asamblea fue un movimiento desde la parroquia hasta la Diócesis, pasando por los sectores eclesiales; ahora debemos recorrer el camino en sentido inverso: desde el nivel diocesano hasta la parroquia, para concretizar y programar la realización de nuestros compromisos diocesanos.

Esta Asamblea ha sido una estimulante experiencia de conversión y solidaridad. Estos días nos convertimos a Dios y nos hicimos solidarios, unos con otros, por la oración, la reflexión y el compartir fraterno de anhelos evangelizadores. ¡Hagamos que este espíritu perdure cada día y siempre!

Tengamos buen ánimo. El Señor de la Iglesia está con nosotros y la Virgen Madre nos acompaña y alienta en cada acción evangelizadora que realicemos. ¡Caminemos con Cristo, sirviendo a los hermanos!

San Luis Potosí, S.L.P., Febrero 7 de 2006.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí