2006
HOMILIA
EN LA CELEBRACION DE LAS BODAS DE ORO SACERDOTALES DEL SR. CANONIGO
D. FRANCISCO JAVIER ARAIZA
1.-
“EL DIOS DE TODA GRACIA”.
En el ambiente
gozoso de la Santa Pascua, nos reunimos para acompañar al Sr.
Canónigo y Párroco Francisco Javier Araiza, para orar
por él y agradecer su largo y fecundo servicio pastoral, en ocasión
de sus Bodas de Oro Sacerdotales. El júbilo que nos comunica
Jesucristo Resucitado incrementa la alegría de esta fiesta sacerdotal,
dándole sentido y plenitud. “Éste es el día
en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría
y nuestro gozo”. ¡Felicidades, P. Araiza!
Este aniversario
sacerdotal es para ti un día de resurrección. Recibe,
por mi medio la felicitación de esta Arquidiócesis y su
gratitud por tu obra apostólica y tu fidelidad. ¡Gracias
por tus generosos servicios sacerdotales! Entre otros muchos, destaco
tu significativo trabajo a favor del Seminario como Ecónomo y
después, dos veces, como Rector; tu empeño como Párroco
de Salinas, de la “Sagrada Familia de Nazaret” y ahora de
“Jesús, Divino Maestro”; tu servicio como responsable
diocesano de Música Sacra y de la previsión social del
clero (CCYAS), y en la función de Canónigo de la Catedral
Metropolitana.
Al celebrar
hoy la fiesta de S. Marcos, Evangelista, nos dejamos guiar por la espléndida
luz que arroja sobre nosotros la Palabra de Dios proclamada en esta
Eucaristía.
Ante todo,
escuchamos la expresión que el apóstol Pedro emplea en
la primera de sus cartas: “El Dios de toda gracia”.
Con ella nos habla, por un lado, de la generosidad divina, y por
otro, del origen de los bienes que el hombre recibe. Por tanto, es a
Él, “el Dios de toda gracia”, a quien hoy
elevas, y nosotros contigo, la acción de gracias por el don y
sublime bien del sacerdocio ministerial que recibiste hace 50 años.
Acción de gracias que expresas en tu invitación con las
palabras de S. Pablo: “Doy gracias al que me da fuerza, a
Cristo Jesús Nuestro Señor, por la confianza que tuvo
al hacer de mí su encargado” (1Tim. 1,12).
P. Araiza,
es “el Dios de toda gracia” quien ha puesto su
mirada en ti, colmándote de su benévola gracia. Estoy
seguro que, al mirar tu pasado, redescubres al Dios que a cada paso
de tu vida te ha colmado de bendición. Hoy, haces una pausa de
reflexión, silencio y oración para tomar mayor conciencia
de tu identidad sacerdotal y cantar las maravillas que Dios ha realizado
en tu vida. También haces memoria agradecida por el don de la
vida recibida de Dios por el amor de tus padres: D. Luis Gonzaga y Dña.
Mercedes; por tus estudios en los Seminarios de San Luis Potosí
y de Montezuma, Nuevo México; por todos los que intervinieron
en tu formación sacerdotal y particularmente por el Arzobispo
Edwin Vicent Byrne, por cuya imposición de las manos recibiste
al Espíritu Santo que te ungió “sacerdos in
aeternum”; por el cuidado paternal de tus Obispos y la fraternidad
de muchos sacerdotes; y por el afecto, oración y ayuda de tus
familiares y de innumerables fieles laicos.
2.-
AL SERVICIO DEL EVANGELIO.
El sacerdote
es el hombre cuya vida está totalmente dedicada al servicio del
Evangelio. Escuchamos a san Marcos que recoge, transmite y cumple él
mismo la encomienda imperativa del Señor Resucitado: “Vayan
por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”. En
este mandato se inscribe la gran tarea de todo sacerdote: anunciar el
Evangelio. “Pastores Dabo Vobis” dice: “Los presbíteros
existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para
la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza
y Pastor, y en su nombre” (n. 15). Y “Prebyterorum
Ordinis” afirma: “El Pueblo de Dios se congrega
primeramente por la palabra de Dios vivo, que con toda razón
es buscada en la boca de los sacerdotes(…) A todos, pues, se deben
los presbíteros para comunicarles la verdad del Evangelio, de
que gozan en el Señor”(n. 4).
Vale la pena
dedicar la vida entera al anuncio del Evangelio. Es un tesoro que encierra
la grandeza de la persona y del señorío de Jesucristo;
es tesoro que ha sido confiado a nosotros sacerdotes que somos “vasijas
de barro”; es buena noticia que debemos proclamar y anuncio
que llevamos no sólo en la boca sino también en el corazón.
El sacerdote
es consciente de haber recibido la gracia especial del apostolado. Se
sabe, como los Apóstoles, siervo y esclavo del Evangelio de Jesucristo.
No existe otra tarea bajo el cielo que lo impulse, pues el mismo Evangelio
lo obliga a hablar a los demás, al grado que la predicación
misma se convierte en un acto sacerdotal de culto ofrecido a Dios, pues,
como expresa S. Pablo, a Dios lo veneramos predicando el Evangelio como
un oficio sagrado, en el que la ofrenda son los convertidos. Incluso
los sufrimientos por el Evangelio son parte de la predilección
divina. Los cansancios, las incomprensiones y los aparentes fracasos
también son una gracia, expresión de la predilección
que el Señor ha tenido para con sus enviados.
3.- “PREDIQUEN EL EVANGELIO A TODA CREATURA”.
El sacerdote
es el hombre que ha quedado cautivado y comprometido con el mandato
de Jesucristo: “Prediquen el Evangelio a toda creatura”.
El Evangelio revela a los hombres toda la novedad del amor y misericordia
de Dios y anuncia la nueva creación obrada por Jesucristo. Por
eso la actividad evangelizadora es el gran motivo de la ordenación
sacerdotal. El Evangelio no puede quedarse escondido. Por naturaleza
es un buen mensaje que ha de proclamarse, como decía el Papa
Juan Pablo II, en las plazas, en las calles y en todos los caminos por
donde el hombre y la mujer transitan.
El misterio
escondido por los siglos, es ahora revelado por el Evangelio para la
salvación de todos. Por eso, la Iglesia, como Cuerpo de Cristo,
no descansa, no cesa de ofrecer a los hombres de hoy la Palabra que
da la vida eterna. “Ay de mí si no evangelizara”,
decía S. Pablo. Y esta es la convicción de todo sacerdote,
porque él mismo ha conocido el Evangelio. Conocerlo es como vivir
en un continuo arrebato apostólico sin perder jamás la
intensidad misionera, para que todos conozcan a Jesucristo y puedan
estar cerca los que antes estaban lejos, pues el que conoce el Evangelio
sale a buscar la oveja perdida.
Hoy el sacerdote,
como los primeros misioneros, sigue anunciando a Jesucristo crucificado,
escándalo para los que buscan afirmarse a sí mismos con
el poder o el tener, y necedad para quienes buscan sólo el éxito
humano; pero salvación para todos los que creen.
En contraste
con un mundo autosuficiente que no admite correcciones, el Evangelio
adopta una postura crítica; es confrontación entre los
usos, costumbres y criterios de juicio del mundo con el pensar de Dios;
así, aunque suene duro a los oídos del hombre, hay que
afirmar que no hay otro Evangelio por el que podamos alcanzar la salvación;
no puede haber mensaje que rivalice con la palabra de Jesucristo.
Todo esto
trae consigo una gran exigencia para el sacerdote. A fin de hacer creíble
el mensaje, debe ante todo, respaldarlo con el testimonio de su vida
porque el sacerdote es el primero que ha de ser evangelizado y curado.
En la medida en que se convierte él mismo al Señor y cree
en el Evangelio, estará en condición de convertir a los
demás. Es necesario, pues, que se acerque al Evangelio con un
corazón dócil y creyente para que invada hasta el fondo
sus pensamientos y sentimientos y haga nacer en él una mentalidad
nueva de modo que sus palabras, sus decisiones y sus actitudes sean
cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del
Evangelio. Sólo permaneciendo en la Palabra el sacerdote será
un perfecto discípulo del Señor.
Por último,
el sacerdote ha de ser consciente que el anuncio del Evangelio debe
estar encarnado en las realidades cotidianas. El Concilio dice:
“No debe exponer la palabra de Dios sólo de modo general
y abstracto, sino aplicar a las circunstancias concretas de la vida
la verdad perenne del Evangelio” (PO, 4). Un ejemplo luminoso
de esto nos lo da el mismo Jesucristo con sus parábolas. Siguiendo
el ejemplo de Jesús, el sacerdote debe conocer los sentimientos,
las tensiones, las esperanzas, las angustias, los problemas, los defectos
y las virtudes de su comunidad. A ella le lleva el mensaje del
Evangelio que se hace, según las circunstancias, alabanza o crítica,
juicio o aliento, aprobación o desaprobación.
Todo esto
genera una alegría serena y profunda que inunda el alma de sacerdote
y que bien podemos expresar con las siguientes bienaventuranzas:
Feliz el
sacerdote que en su predicación sólo se fía del
amor de Cristo, el cual siempre cuida de su Iglesia y la nutre de la
luz y de la fuerza del Espíritu Santo.
Feliz el
sacerdote que, al final de cada jornada apostólica, espera el
alba de un nuevo día, enfrentando con valor la oscuridad de sus
noches espirituales sin quejarse por el poco fruto de su predicación.
Feliz el
sacerdote que no se convierte en vacío predicador de la Palabra
de Dios.
Feliz el
sacerdote que, ante el riesgo del desaliento, tiene la certeza de que
el Evangelio es por sí mismo cumplimiento de proyectos divinos
y semilla de esperanza que lo hace caminar con el corazón colmado
por “el Dios de toda gracia”.
4.-
“PROCLAMARE SIN CESAR LA MISERICORDIA DEL SEÑOR”.
P. Araiza:
Que las palabras del salmo de este día, “proclamaré
sin cesar la misericordia del Señor”, sean siempre
tu inspiración y tu guía. A lo largo de 50 años,
has sido bendecido con la misericordia y la compasión divinas,
la comunicaste innumerables veces por el sacramento de la reconciliación
y la predicaste incansablemente. Que este sea el canto que se quede
en tu corazón y en tus labios como fruto de la celebración
de tus Bodas de Oro Sacerdotales. Que el Señor te conceda esa
misericordia que es amor; un amor capaz de inclinarse hacia todo hijo
pródigo, toda pobreza y debilidad humana, singularmente, hacia
toda miseria moral o pecado.
“Proclamaré
sin cesar la misericordia del Señor”. Que todo tu
ministerio sacerdotal sea una gozosa experiencia de la misericordia
de Dios recibida, la misericordia dada y la misericordia proclamada.
¡Felicidades,
P. Araiza! Que esta Eucaristía exprese con plenitud todo tu júbilo,
tu gratitud y tu compromiso para seguir sirviendo a Dios y a tus hermanos.
Tu testimonio de fidelidad, a lo largo de 50 años, es un estímulo
para todos nosotros tus hermanos sacerdotes y para los fieles de tu
parroquia, pero sobre todo lo veo como valioso ejemplo para las nuevas
generaciones de sacerdotes, en particular, para los que tú formaste
en el Seminario.
Que Jesús,
Divino Maestro, y María, Madre de los sacerdotes, vengan a colmar
tu dicha sacerdotal en este día. “Éste es el
día en que actuó el Señor: sea él nuestra
alegría y nuestro gozo”. ¡Ad multos annos vivas!
San Luis Potosí, S. L. P., Abril 25 de 2006.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
