2006
HOMILIA
EN LA EUCARISTIA DE LAS BODAS DE PLATA SACERDOTALES
DEL P. CESAREO PAULIN HERNANDEZ
1.-
UNA VIDA ENTREGADA.
Me ha impresionado,
muy positivamente, la frase de la invitación del Padre Cesáreo
Paulín Hernández para celebrar sus Bodas de Plata Sacerdotales:
“Por Ti, Oh Señor, y por tu Iglesia hasta el último
suspiro”.
Esta frase
revela los más profundos sentimientos del alma sacerdotal del
P. Cesáreo en este día de acción de gracias y de
alegría por sus 25 años sacerdotales. Es un pensamiento
y, sobre todo, un sentimiento de ofrenda total, a ejemplo de Jesucristo
que lo dio todo por nosotros. Es una manera de expresar la verdadera
caridad pastoral, alma del ministerio sacerdotal.
¡Felicidades,
P. Cesáreo, por tu actitud oblativa en este feliz aniversario!
No es fácil decir cada día: “Por Ti, oh Señor,
y por tu Iglesia hasta el último suspiro”.
Recibe mi
fraterna felicitación y la de nuestra querida Arquidiócesis.
Gracias por estos años de generoso y fecundo ministerio sacerdotal.
Dios, que conoce tu corazón y te ama entrañablemente,
te recompensará. La fe y la alegría del pueblo de Dios
que se te ha confiado en esta Parroquia de Santo Domingo de Guzmán
son el gran regalo para ti en esta fiesta.
Recuerda
aquel día en que expresaste tu sí sacerdotal lleno de
ilusión, entusiasmo y audacia sin imaginar siquiera el camino
que tendrías que recorrer; sólo tenías la certeza
de seguir con fidelidad a Alguien que pasó a tu lado y te dijo:
“Sígueme”. Es bueno que hoy regreses a la
raíz de tu sacerdocio. Esta raíz es una sola: Jesucristo.
Los textos
bíblicos que elegiste y acabamos de escuchar, contienen los rasgos
luminosos del sacerdocio ministerial y trazan el camino de tu futuro
sacerdotal. ¿De qué se trata en estos textos? ¿Cuál
es la figura sacerdotal que en ellos se dibuja? ¿A qué
fuiste llamado hace 25 años?
Ante todo,
está la elección, la elección que Dios hizo de
ti. Él te llamó de una familia, de un pueblo, de un ambiente,
por eso en tu invitación dices: “Gracias a mi buen
Jesucristo que se dignó fijar su mirada en mí. Gracias
a mis padres(+) quienes me acompañaron en el caminar de mi vocación
y que ahora desde el cielo me cuidan, a mi hermano sacerdote Mateo(+)
y demás hermanos, mi familia y a todas las personas que oran
por mi sacerdocio”.
Esa precisamente
es la experiencia del profeta Jeremías que nos narra la primera
lectura: “Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco,
dice el Señor; desde antes que nacieras te consagré profeta
para las naciones… Desde hoy pongo mis palabras en tu boca para
que edifiques y plantes”. Dios tiene su mirada puesta en
el profeta Jeremías, lo conoce y lo consagra. Con la palabra
que Dios mismo ha puesto en sus labios podrá edificar y plantar.
No se trata de su propia palabra, sino de una palabra de arriba que
primero recibe y es la que lleva en sus labios para cumplir una misión
que se resume en seis términos: arrancar y derribar, destruir
y deshacer, edificar y plantar.
Esta elección
divina hace decir a San Pablo, en la segunda lectura: “Lleven
una vida digna del llamamiento que han recibido”. El mismo
Apóstol propone las virtudes propias de la elección, más
necesarias aún, cuando se trata del llamamiento sacerdotal: humildad,
amabilidad, comprensión, paciencia, unidad, paz. El servicio
de quien ha recibido la palabra de Dios y la proclama se ha de caracterizar
por unificar, construir, estabilizar y conducir a la Iglesia a la madurez
de la vida en Cristo. Estas características del servicio que
realiza todo elegido van en sintonía con aquellas acciones que
Dios ordena al profeta: edificar y plantar.
La elección
divina siempre será la propuesta de un apasionante programa de
vida que tiene como centro y corazón el amor. El evangelio proclamado
nos recuerda las palabras que Jesucristo mismo pronuncia en la Última
Cena: “A ustedes los llamo amigos… soy yo quien los
ha elegido… den la vida… permanezcan en mi amor… den
fruto que permanezca…para que mi alegría esté en
ustedes y su alegría sea plena”. ¡Elección,
amor, amistad, entrega, fruto, alegría! Este es el sueño
sacerdotal de Jesucristo; este es el camino luminoso de la vocación
y misión sacerdotal.
Para que
el sacerdote permanezca unido a Jesucristo, que es la vid verdadera,
es necesario que ame a la manera como Cristo ama, que dé fruto,
que entregue su vida, que corresponda al gran amor que Cristo mismo
le profesa porque es su amigo; amigo predilecto, me atrevo a decir.
Jesucristo insiste una y otra vez en el gran amor que Él tiene
por sus discípulos y en el amor crecido que el sacerdote, a su
vez, debe tener por su pueblo: “Nadie tiene amor más
grande a sus amigos que el que da la vida por ellos”.
El sacerdote
está con Jesucristo no porque esa haya sido su elección,
sino porque Cristo lo amó primero y lo eligió para que
esté con Él. Por tal motivo, el fundamento del sacerdocio
ministerial es el amor del Señor que llama y ama. “Como
el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor”.
Pero también destina al sacerdote a ser fecundo, pues es propio
de los sarmientos que están unidos a la vid el dar fruto. La
esterilidad espiritual no es propia del sacerdocio. El sacerdote que
escucha y vive la palabra de Jesucristo queda capacitado para amar y
dar fruto porque es amigo de Jesucristo, es su discípulo.
El sacerdote,
como discípulo de Jesucristo, obedece el mandato de su Señor
y Maestro y hace su voluntad. Toma conciencia de ser enviado, de ser
responsable de una misión querida por Cristo, de estar llamado
a un proyecto que le ofrece como gracia; toma conciencia de salir de
sí mismo, de ir a lugares nuevos, de ser peregrino permanente,
de ser de todos y de nadie, de ir a los pobres y alejados; toma conciencia
de poseer un mensaje nuevo y esperanzador; sabe que lleva a cabo una
misión con medios pobres pero espiritualmente poderosa y vitalmente
gozosa, aunque difícil y demandante.
Hoy damos
gracias por los servicios sacerdotales del P. Cesáreo a lo largo
de estos 25 años. Estos servicios, vividos con frecuencia en
la cruz de la obediencia, son una clara expresión de su vida
entregada por amor a Jesucristo, al servicio del Evangelio y a favor
de la Iglesia. Fue vicario parroquial en Villa de Arriaga, en la Basílica
de Guadalupe, en San Sebastián y en Santa María del Río.
Habiendo hecho un Diplomado en el Instituto de Pastoral del CELAM, en
Colombia, desempeñó, con eficacia y mucho fruto, el cargo
de responsable de la Secretaría de Evangelización y Catequesis,
en dos períodos. Cumplió la hermosa tarea de ser promotor
de vocaciones y formador en el Seminario Menor. Ahora se encuentra aquí
cumpliendo el servicio de párroco, padre y animador de esta comunidad
cristiana de Santo Domingo. Su carácter sencillo, bondadoso y
fraterno le ha traído un grande aprecio de sacerdotes y fieles
laicos.
Hoy también
recordamos, con mucho cariño, a sus papás D. Cesáreo
y Dña. Ma. Guadalupe, así como a su hermano Mateo, sacerdote,
ya difuntos. También oramos por sus demás hermanos y hermanas.
Asimismo, hacemos memoria cariñosa del Sr. Obispo D. Ezequiel
Perea, por cuyo ministerio episcopal, el Señor ungió sacerdote
al P. Cesáreo.
2.-RENOVAR
LA FE EN LOS SACERDOTES.
Esta fiesta
sacerdotal, al mismo tiempo que es motivo de alegría y acción
de gracias, es también un llamado urgente a renovar la fe de
los fieles laicos en el sacramento del orden sacerdotal, a creer más
en los sacerdotes; a creer firmemente que ellos llevan en su corazón,
en su vida frágil y vulnerable, en ese pobre recipiente de su
persona, “vasija de barro”, como la llama San Pablo, el
tesoro sublime de la gracia sacerdotal.
Pienso que
este es un tiempo en el que es muy necesario renovar esta fe, ante tantos
ataques que se han hecho a este don de Dios a su Iglesia, don recibido
de Jesucristo en su Última Cena en la que nos dejó también
el regalo de la Santísima Eucaristía y el mandato del
amor fraterno.
Así,
pues, les invito a creer, más convencidamente, en el poder espiritual
del sacerdocio ministerial. Cuando el sacerdote pronuncia las palabras:
“Yo te bautizo… Yo te absuelvo… Esto es mi cuerpo…Esta
es mi sangre…”, lo hace en nombre de Cristo. El Papa
Benedicto XVI dice que Jesucristo ha querido servirse de los labios
y de las manos de los sacerdotes, de su espíritu de sacrificio
y de su talento. Es Cristo quien les ha tomado bajo su especial protección;
ellos están protegidos dentro de sus manos y en su corazón.
Cuando las manos del sacerdote fueron ungidas con el aceite perfumado,
signo del Espíritu Santo, fueron destinadas a servir al Señor
como prolongación de sus manos en el mundo de hoy. Jesús
se ha fijado con amor especial en cada sacerdote y se hace presente
en cada sacerdote.
3.-ESPÍRITU
DE GRATITUD.
P. Cesáreo:
Todos los aquí presentes compartimos en este día tus más
hondos sentimientos de gozo, de acción de gracias y de esperanza.
Por eso te invito a vivir lo que pedía el recordado Papa Juan
Pablo II a los sacerdotes, el último Jueves Santo de su vida.
El nos decía que el sacerdote debe vivir una existencia profundamente
agradecida. Y pienso que no hay mejor día para comprometerte
a esto que la celebración de tus Bodas de Plata Sacerdotales.
Encuéntrale
un nuevo sabor a las palabras que, en nombre de Cristo, diriges cada
día al Padre celestial, en el momento de la consagración:
“Dando gracias te bendijo”. Dios te ama, se anticipa
con su Providencia y te acompaña con intervenciones continuas
de gracia y salvación.
Fomenta constantemente
en ti un espíritu de gratitud por tantos dones recibidos a lo
largo de estos 25 años. Tú los conoces perfectamente.
En estos días has hecho el recuento de todas las gracias celestiales
recibidas. Ciertamente no te han faltado las cruces pesadas, los días
de oscuridad y de prueba, las lágrimas y sufrimientos, las incomprensiones
y rechazos, pero ten en cuenta que son tantos y tan grandes los dones
recibidos que no puedes dejar de cantar, desde lo más profundo
de tu corazón, con María, Madre de los Sacerdotes, tu
propio Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador… porque el Poderoso
ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo”.
P. Cesáreo:
¡Muchas felicidades por este venturoso día sacerdotal!
San Luis
Potosí, SLP, Noviembre 20 del 2006.
+
Luis Morales Reyes.
Arzobispo de San Luis Potosí.
