2006
SOLEMNIDAD
DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO.- HOMILIA.
1.-
Renovar nuestra fe.
En esta gran
solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, la Iglesia enamorada
y agradecida canta a su Señor: “Aquella noche santa,
te nos quedaste nuestro… te nos quedaste vivo… te nos quedaste
entero”. La Iglesia, que vive de la Eucaristía, proclama
su fe en la presencia real de Jesucristo en el altar y en el tabernáculo:
“Te nos quedaste todo… nada para el sentido, todo para el
misterio… Te adoro, Cristo oculto, te adoro, trigo tierno”.
Este es el
misterio de nuestra fe que celebramos y agradecemos en esta fiesta.
Fiesta que se nos da también como oportunidad para preguntarnos:
¿Qué hemos hecho de este gran don de la Eucaristía?
Jesús nos ha repetido, a los largo de dos milenios: “Tomad
y comed, tomad y bebed” ¿Cuál ha sido el fruto
del Año de la Eucaristía? Juan Pablo II nos pidió:
“Que el Año de la Eucaristía sea para todos una
excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable
que Cristo ha confiado a su Iglesia”. ¿Qué
dejó en nuestra Arquidiócesis el Congreso Eucarístico
Internacional que tenía como lema: “La Eucaristía,
luz y vida del nuevo milenio?
2.-
Recibir a Jesucristo.
La narración
del Evangelio de hoy nos invita a contemplar los gestos y las palabras
de Jesús durante la institución de la Eucaristía,
que tocan de lleno el sentido profundo de esta fiesta. “Mientras
cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición,
lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomen
esto es mi cuerpo’”. El pan que Jesús toma,
que parte y reparte, va a cambiar de realidad y significado. Deja de
ser un alimento material para convertirse en la realidad personal del
Jesús, transformada en alimento espiritual. En su hora final,
Jesús quiere entregarse hasta las últimas consecuencias
de un modo pleno. Quiere ser verdadera comida para los suyos. Está
presente y actuante para nosotros, para la humanidad entera. Cada palabra
y gesto de Jesús son un tesoro de amor. Él nos dice: ese
pan soy yo mismo, es mi propia persona, Él es el verdadero pan
vivo bajado del cielo. En la Eucaristía, el Señor nos
demuestra su amor fiel hasta la muerte.
Lo contemplamos
tomando en sus manos la copa de vino y diciéndonos: “Esta
es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”.
Jesús conoce perfectamente que está viviendo los últimos
momentos de su vida terrena. Que su muerte violenta se encuentra ya
muy próxima. Y quiere conferir todo su sentido a esa muerte,
consecuencia última de su vida entregada. Su sangre es sangre
preciosa, es sangre de la alianza anunciada por los profetas. La fuerza
de su sangre está destinada a dar vida. Con la invitación
a tomar y beber la sangre de la alianza, nosotros somos realmente asociados
al destino de Jesús, participamos en su muerte y resurrección
que comienzan un encuentro nuevo entre Dios y los hombres, una nueva
comunión y unidad entre los mismos hombres.
Escuchamos
a Jesús que nos da un mandato preciso sobre la Eucaristía:
“Hagan esto en memoria mía”. Esto significa,
ante todo, que celebremos la Cena del Señor hasta que Él
vuelva. Significa que la Santa Misa sea el centro y cima de la vida
cristiana. Significa que hay que hacer lo que Él hizo, es decir,
dar, entregar la vida por la salvación de los hermanos, con la
ofrenda física y real de la propia vida. Hacer esto en memoria
suya es vivir como Él vivó, amar al Padre y a los hermanos
como Él lo hizo y servir a todos de corazón.
Esto nos
hace recordar nuestro compromiso diocesano de Iglesia solidaria. Cristo
que se hace nuestro alimento nos pide que seamos pan para nuestros hermanos.
Y ser pan quiere decir estar dispuestos a ayudar, a perdonar, a ser
hospitalarios; quiere decir estar dispuestos también a partir
y compartir el pan y nuestros bienes con los más necesitados.
Juan Pablo II nos recordaba que la Eucaristía “es también
proyecto de solidaridad para toda la humanidad (…) El cristiano,
decía, que participa en la Eucaristía aprende de ella
a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas
las circunstancias de la vida”.
3.-
Adorar a Jesucristo.
Esta Eucaristía
culmina con nuestra adoración pública, solemne, gozosa
a Jesucristo en nuestra tradicional procesión. Es una profesión
de fe en Jesucristo que se hizo nuestro compañero de viaje al
hacerse uno como nosotros. Una vez al año, es justo que la Eucaristía,
donde está Cristo escondido bajo los signos del pan y del vino,
salga fuera de los sagrarios y de los templos y sea llevado a lo largo
de las calles; abandone la oscuridad, que es su lugar cotidiano, para
llegar a las plazas, no en espíritu triunfalista, sino como humilde
testimonio de que la fe no es un asunto privado, sino un hecho público.
Nuestra procesión
es también una forma de expresar la necesidad de que Cristo bendiga
nuestras calles, plazas y casas; que bendiga nuestra ciudad, que haya
paz y bienestar en ella; que bendiga nuestras vidas, nuestros trabajos,
dolores, fatigas y alegrías; que bendiga nuestras ilusiones personales
y nuestros proyectos sociales; que bendiga a los niños, a los
jóvenes, a los esposos, a los ancianos y a los enfermos. ¡Que
nada humano sea ajeno a nosotros! ¡Que todo sea bendecido por
su amor eucarístico!
Esta bendición
será también un signo de nuestro compromiso para compartir
nuestro camino con todos sin distinción; a perdonar, a llevar
la paz y reconciliación a cada ambiente y espacio de nuestra
ciudad; a promover la justicia para que ninguno quede excluido del banquete
de los bienes de la tierra.
Ante el gran
sacramento de la Eucaristía que brotó del corazón
de Cristo como máximo expresión de su amor por todos los
hombres y mujeres, termino con la oración creyente y gozosa de
la Iglesia, que cité al inicio: “Aquella noche santa,
te nos quedaste nuestro… te nos quedaste vivo… te nos quedaste
entero… te nos quedaste todo: amor y sacramento, ternura prodigiosa,
todo en ti, tierra y cielo… nada para el sentido, todo para el
misterio… Te adoro, Cristo oculto, te adoro, trigo tierno”.
Amén.
San Luis Potosí, S.L.P., Junio 15 de 2006.
+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
