2006
HOMILIA
EN LA EUCARISTIA DE LA ORDENACION EPISCOPAL DE
MONS. LUCAS MARTINEZ LARA SEGUNDO OBISPO DE MATEHUALA
1.-
EL OBISPO QUE LLEGA.
“Yo
soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas (…)
Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen
a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco
al Padre”.
Hermanos
y hermanas de esta Diócesis de Matehuala: hoy llega a ustedes
su nuevo y segundo obispo, Mons. Lucas Martínez Lara. Les invito
a recibirlo con alegría y acción de gracias, con profunda
fe y gozosa esperanza. Recuerden las palabras de Cristo a los apóstoles:
“Quien a ustedes escucha, a mí me escucha; quien a
ustedes recibe, a mí me recibe”.
Él
llega a esta Iglesia particular de Matehuala a impulsar y conducir sus
ansias y esperanzas pastorales y a acompañarles en el camino
nuevo que han emprendido, a partir de la reciente carta pastoral
“conducidos por el espíritu en el desierto”,
de su querido y recordado primer obispo D. Rodrigo Aguilar Martínez.
Recuerden que él, habiéndolos escuchado a ustedes, les
invitaba “a mirar con profunda esperanza la realidad de nuestra
Diócesis; porque en esta Iglesia, en este tiempo y con este pueblo,
llamado a ser pueblo de Dios es donde hemos de construir el rostro humano
y pastoral que estamos anhelando”.
Por otro
lado, me consta que en este tiempo de sede vacante, tiempo de gracia,
de espera y de crecimiento, esta joven y creativa Diócesis ha
reavivado más su conciencia de que es ”una Iglesia
en construcción que, en el contexto renovador del Concilio Vaticano
II, tiene una específica vocación, misión y organización
para hacerse prójimo de los pobres en este desierto y altiplano
potosino”.
En unos momentos
más, su obispo recibirá la gracia que lo transforma y
le confiere la plenitud del sacramento del Orden. Esta gracia sacramental
lo habilita para que cuide de todo el rebaño a cuyo servicio
lo pone el Espíritu Santo, como pastor de la Iglesia de Dios:
“en el nombre del Padre, cuya imagen hace presente; en el nombre
de Jesucristo, su Hijo, por el cual ha sido constituido maestro, sacerdote
y pastor; en el nombre del Espíritu Santo, que vivifica la Iglesia
y con su fuerza sustenta la debilidad humana” (Pastores Gregis,
7).
2.-
LA MISION QUE EMPRENDE.
“Yo
soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas (…)
Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen
a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco
al Padre”.
En el evangelio,
proclamado en esta eucaristía, Jesús se revela como “Buen
Pastor”, indicando su misión delicada y audaz, pues
por un lado implica el conocimiento íntimo de las ovejas y, por
otro, un amor y un cuidado tales, que se desprende de su propia vida
para defenderlas. Su amor queda expresado en su compasión, su
celo y su intrepidez.
La preocupación
constante del obispo pastor, a semejanza de Cristo, es la de estrechar
la unión de las ovejas con el Padre celestial, así como
estrechar la unión entre ellas mismas, e incluso con las que
no pertenecen al mismo redil. El buen pastor le da la cara al lobo y
defiende sus ovejas a costa de la vida. Nada escatima, no huye ni se
hecha para atrás, pues su fidelidad al Padre lo lleva a cuidar
amorosamente a cada una de ellas arriesgando y entregando su vida para
protegerlas. Las defiende porque ama al Padre. Son muchos los trabajos
que acepta el pastor por velar la oveja perdida; son muchos los sacrificios
a los que está dispuesto.
Esto quiere
decir que el Obispo es en su Diócesis centinela atento, profeta
audaz, testigo creíble y fiel servidor. “Cristo Buen
Pastor indica al Obispo la cotidiana fidelidad a la propia misión,
la total y serena entrega a la Iglesia, la alegría de conducir
al Señor el pueblo de Dios que se le confía y la felicidad
de acoger en la unidad de la comunión eclesial a todos los hijos
de Dios dispersos”. (Directorio para el Minist. Past. de
los Obispos, 2)
Por tanto,
el camino del Obispo pastor es el camino de las ovejas. Esto supone
siempre el movimiento de salir al mundo, de ir a los diferentes lugares
donde las ovejas han hipotecado su libertad. La vida del pastor resulta
así desconcertante y desgastante. Puesto que busca lo perdido,
su existencia es la de un peregrino. A él se le puede aplicar
la frase del salmo: “No duerme ni reposa el guardián
de Israel”. Encuentra gozo y consolación al contemplar
a Cristo el Buen Pastor, que vigila día y noche a los suyos y
sigue con mirada amorosa a todas sus ovejas. El buen pastor no juzga
ni condena, carga con la oveja descarriada para llevarla a la casa paterna.
Su corazón como el de Cristo, ha de ser manso y humilde para
que de él brote un amor gratuito y compasivo.
Comprendiendo
esta figura de pastor, Mons. Lucas a querido tomar el hermoso y estimulante
lema espicopal: “Misericordia y paz”. En un contexto
social de odios, divisiones, violencia, muerte y rencillas, en que estamos
inmersos, este lema tiene una fascinante actualidad: “Misericordia
y paz”. Estas dos acciones definen el estilo pastoral de
Jesucristo y el camino pastoral de su nuevo Obispo.
La bondad
del pastor tiene una alta expresión en su capacidad de compadecerse,
en su capacidad de amar, y conmoverse ante el dolor y la aflicción
ajena. Jesús se detiene ante el grito suplicante del ciego de
Jericó: “Jesús, Hijo de David, ten compasión
de mí”. No soporta ver a la viuda de Naím que
va a sepultar al único hijo y se lo devuelve con vida. La actitud
permanente de Jesús ante todo hombre y mujer es la compasión:
“Sintió compasión de ellos pues estaban como
ovejas que no tienen pastor”. Esta es su respuesta al sufrimiento.
El principal motivo de Jesús para curar a la gente era la compasión.
En el centro
de la palabra misericordia está el corazón, que es la
sede del amor. Por tanto, misericordia significa dar el corazón,
al estilo de Jesucristo. Él fue misericordioso con todos. Se
inclinó hacia los enfermos y pecadores con su poder, y devolvió
la alegría de vivir a cuantos encontró en su camino. Ninguno
fue despedido sin haber sido oído aunque los beneficiados no
se preocuparan siquiera de dar las gracias. ¡Su compasión
floreció en milagros!
Su nuevo
obispo quiere acercarse a todos ustedes, particularmente a los muchos
rostros sufrientes, ofreciéndoles misericordia para contrarrestar
la maldad humana y el egoísmo, la insensibilidad y la dureza
del corazón.
La paz es
el don de Jesucristo a los suyos, pero también es el camino por
recorrer, “Vete en paz” estas son las palabras
de Jesús para despedir a quienes ha manifestado compasión;
este es el momento culminante de sus acciones misericordiosas, donde
la paz es el fruto obtenido.
Cristo es
el modelo del Obispo pastor. Él ha pacificado mediante la sangre
de la cruz al mundo entero. Su compasión logra acercar a los
que antes estaban lejos pues “Él es nuestra paz”.
Los Apóstoles recibieron el mandato de Jesús de no entrar
a ningún pueblo, a ningún hogar, sin decir la palabra
de salvación expresada en la forma de un saludo: “Paz
a esta casa”.
Su nuevo
Obispo quiere expresar con su lema que desea llegar a cada familia,
a cada comunidad, a cada ambiente social con un anhelo ardiente en su
corazón: comunicar la paz divina a todo hombre y mujer. ¡Paz
a los que están cerca, paz a los que están lejos!
Muy querido
hermano, Mons. Lucas: en este día de tu nacimiento como Obispo,
deseo que todo tu ministerio episcopal esté marcado por la
“misericordia y la paz”. Que San Lucas, el evangelista
de la misericordia, tu patrono personal inspire tu trabajo apostólico;
que la Virgen Santísima, Reina de la paz, a la que tanto amas,
guíe tu servicio evangelizador; que San Francisco de Asís,
celestial patrono de esta Diócesis, te invite a cantar cada día
con él: “Oh Señor, ¡haz de mí un
instrumento de tu paz! Donde haya odio, que yo lleve el amor. Donde
haya ofensa, que yo lleve el perdón. Donde haya discordia, que
yo lleve la unión. Oh Señor, ¡haz de mí un
instrumento de tu paz!”. Así sea.
Matehuala,
S.L.P.; 14 de diciembre de 2006.
+ Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
