2006
HOMILIA
EN LA PEREGRINACION DIOCESANA DE
LA ARQUIDIOCESIS DE SAN LUIS POTOSÍ A LA BASÍLICA DE GUADALUPE
1.-
Peregrinos marianos.
“María
se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea,
y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel”.
Ella se hizo peregrina y portadora del hijo de Dios. Visitó a
su prima Isabel para ofrecerle el humilde servicio doméstico
y para llevarle la alegría de la salvación. El Espíritu
guió tanto su corazón como sus pasos.
También
nosotros, como cada año, venimos hoy como peregrinos a visitar
a la Madre del Señor, a la celestial Señora del Tepeyac,
pidiéndole que ella visite nuestro corazón y nuestros
hogares, con su ternura maternal.
Estamos aquí
representando a nuestra Iglesia potosina, a nuestras parroquias y a
nuestras familias. Traemos los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias
de nuestros familiares, amigos y vecinos. Hemos sentido, una vez más,
la necesidad de encaminarnos hacia este hermoso y acogedor santuario
mariano, casa de todos los mexicanos, donde nos espera la siempre Virgen
María, “Madre del verdadero Dios por quien se vive”,
para escucharnos, consolarnos y alentarnos.
En nuestro
Plan de Pastoral decimos: “La fe de la Iglesia potosina es
mariana; se nutre y está marcada del amor, devoción e
imitación de la Virgen Santísima en múltiples advocaciones
y templos dedicados a ella y diseminados a lo largo y ancho de su territorio”
(n. 255). Nuestra peregrinación da testimonio de esta gran verdad
pastoral. El cansancio y las plegarias, la alegría y la experiencia
fraterna de nuestra peregrinación son nuestra ofrenda filial
de gratitud, de amor y devoción a nuestra Señora de Guadalupe.
“María
se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea,
y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel”.
El evangelio proclamado nos presenta la entrañable estampa del
encuentro de dos mujeres: María e Isabel. María lleva
a Jesús y es instrumento de bendición para Isabel y para
su niño que todavía no nace: ellas nos invitan a alegrarnos
y a saltar de júbilo por la presencia del Señor en nuestra
vida. Se nos cuenta también el encuentro entre Juan y Jesús
en el vientre de sus madres. Juan e Isabel manifiestan la alegría
ante la llegada del Mesías; los saltos de Juan en el vientre
recuerdan la alegría que los profetas anunciaban al pueblo.
La escena
de la visitación nos presenta a María como modelo de apostolado
en la Iglesia. Ella lleva a Jesús, como una bendición,
a la casa de Zacarías. Llevar a Jesús a los demás
será siempre la norma suprema de todo genuino apostolado. La
misión de la Iglesia y la de cada uno de nosotros es la de presentar
a Jesucristo como el único Salvador de todo hombre y de todos
los hombres.
María
también es modelo de amor sincero, de profundo afecto, de servicio
generoso; ella ayuda a su prima que se encuentra en necesidad, aprovecha
la ocasión para ser servicial, se alegra con ella que vive en
el gozo del Señor, por la bendición de la maternidad.
Estas son
grandes enseñanzas que podemos recoger como fruto de nuestra
peregrinación. Que también nosotros, guiados por el Espíritu
Santo, llevemos la alegría de Dios a los demás, que les
llevemos a Jesucristo, que seamos portadores de un cálido y fraterno
saludo de bendición y de paz para todos.
2.-
Portadores de paz.
Hablando
del saludo de bendición y de paz que María ofrece a Isabel,
permítanme que aproveche este momento de nuestra peregrinación
para invitarles a orar por la paz en nuestro país que vive una
hora delicada desde hace varios meses. Urge pedir la paz y llevar la
paz a nuestros ambientes. Recordemos que el mensaje guadalupano, además
de ser anuncio de fe, lo es también de aliento y esperanza para
un pueblo postrado y apremio de paz y reconciliación entre todos
los mexicanos.
Por eso pienso
que esta peregrinación nos compromete a trabajar por la justicia
y la paz, por la reconciliación y por un futuro de bienestar
para todos, particularmente para los más pobres y desamparados.
Y qué mejor lugar para hacerlo que estando a los pies de la celestial
Señora del Tepeyac, quien desde aquí invita a la confianza
a sus hijos mexicanos, diciéndonos: “Oye y ten entendido,
hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te
asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna.
¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás
bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Oremos por
la paz, trabajemos por la paz, llevemos la paz a cada hogar y a cada
comunidad. Recordemos que los gobernantes nada pueden hacer a favor
de la paz mientras existan en los ciudadanos sentimientos de hostilidad,
de desprecio y de desconfianza; mientras no desterremos de nuestra vida
diaria los odios y los agravios, las rivalidades y las injusticias.
El Concilio
Vaticano II nos dice que para construir la paz es preciso que desaparezcan
primero todas las causas de discordia; entre estas causas deben desaparecer
principalmente las injusticias que, muchas veces, tienen su origen en
las excesivas desigualdades económicas y también en la
lentitud con que se aplican los remedios necesarios para corregirlas.
Otras causas se encuentran en la ambición de poder, la envidia,
la desconfianza y el orgullo que se anidan en nuestro propio corazón.
(cfr. GS, 83).
“No
hay caminos para la paz. ¡La paz es el camino!”, decía
Gandhi. Es decir, sólo puede llegarse a la paz desde la paz.
Sólo puede llegarse, cuando uno se ha pacificado interiormente,
cuando uno se desarma incondicionalmente, cuando dialoga sinceramente,
cuando se acerca fraternalmente, cuando abre las manos generosamente,
cuando rechaza toda injusticia definitivamente.
A los millones
de católicos mexicanos nos es apremiante y obligatorio considerar
el trabajo por la paz como un deber de conciencia. Debemos profundizar
en nuestra fe y nuestro amor para darnos cuenta que la paz es necesaria,
hoy, más que nunca, en nuestro país. En la primera oración
de esta Eucaristía, le pedimos al Señor: “Concédenos
profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por
cambios de justicia y de paz”; y en la última oración,
le diremos: “Ayúdanos a reconocernos y amarnos todos como
verdaderos hermanos”.
No perdamos la esperanza de una paz sólida y permanente, basada
en la justicia y el amor fraterno. Confiemos esta intención al
corazón maternal de Santa María de Guadalupe y comprometámonos
a llevar la paz de Cristo a nuestra familia y a nuestras comunidades
parroquiales. Desde ahí seremos verdaderos y eficaces “artesanos
de la paz”, como ha dicho el Papa.
Demos gracias
a Dios por esta peregrinación; démosle gracias por haber
hecho la maravilla de María, madre suya y madre nuestra. Que
nos fijemos en ella para imitarla y le supliquemos que nos muestre a
Jesús, fruto bendito de su vientre, para que caminemos con Él,
en esperanza y amor. Él vino a traernos la paz; vino a “hacer
la paz con los de cerca y con los de lejos”. Él es
el “Príncipe de paz”.
¡Santa
María de Guadalupe, Reina de México, salva nuestra patria,
conserva nuestra fe y alcánzanos la paz!
México, D.F., Noviembre 11 de 2006.
+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.
