2005

HOMILIA EN LAS BODAS DE PLATA SACERDOTALES
DEL P. CARLOS PRAXEDIS FLORES RESENDIZ

1. “DICHOSO EL SER HUMANO A QUIEN ELIGES E INVITAS A TU CASA, SEÑOR” (Sal 64).

Hoy queremos unirnos a esta dicha y gozo que experimenta el P. Carlos, al dar gracias a Dios por sus 25 años de vida sacerdotal. El salmo responsorial que hemos cantado, habla también de la abundancia de la cosecha: “Tú, Señor, coronas el año con tus bienes”. Eso mismo podemos decir nosotros al contemplar el tiempo apostólico del P. Carlos. Sin lugar a dudas, Dios ha coronado sus siembras y fatigas sacerdotales con la abundancia de frutos pastorales; ha regado y hecho fecunda su tierra sacerdotal y por tal motivo hoy proclama, lleno de gratitud y alegría: “Todo aclama al Señor, todos le cantan”.

P. Carlos: muchas felicidades en nombre de la Arquidiócesis por este feliz aniversario. Que nunca te abandone la dicha de ser sacerdote y que el Señor corone con sus bienes celestiales cada jornada de tu vida y ministerio. De ti podemos decir con el mismo salmo: “Dichoso el ser humano a quien eliges e invitas a tu casa, Señor”.

El Señor te eligió de entre la familia Flores Reséndiz, fundada por el amor de tus papás, D. Lorenzo (que en paz descanse) y Doña Constantina. Ahí y en el Seminario de San Luis Potosí escuchaste el mismo llamado del profeta Jeremías que se acaba de proclamar: “te conozco, te consagré, irás a donde yo te envíe, dirás lo que yo te mande, yo estoy contigo, pongo mis palabras en tu boca para que edifiques y plantes”. Ese mismo llamado te hizo el Obispo ordenante, Don Ezequiel Perea Sánchez, en el atrio de tu parroquia del “Dulce Nombre de Jesús”, en Ciudad Fernández.

Hermanos y hermanas: este día hacemos fiesta por la respuesta generosa y fiel a Dios del P. Carlos. Los lugares donde él fue enviado dan testimonio de una vida entregada, como Vicario Parroquial y Párroco: Moctezuma, Rioverde, Ocampo, Villa de Arriaga, Villa Juárez. Después de sus estudios de espiritualidad en Roma, consagró 9 años a la dirección y asesoría espiritual de los futuros sacerdotes. Esto lo llevó a consolidar una profunda espiritualidad personal y a proyectar un fuerte testimonio de vida interior y de oración, roca fundamental de todo sacerdote.

2. “LE CONTARON TODO CUANTO HABIAN HECHO Y ENSEÑADO” (Mc 6,30).- EL SACERDOTE APOSTOL.

La figura de Jesucristo, presentada en el Evangelio proclamado, nos ayuda a adentrarnos en el alma de todo sacerdote; hoy, particularmente, en el corazón del P. Carlos, para mirar, con ojos de fe, al hombre en cuyo rostro brillan tres rasgos fundamentales: apóstol, compasivo, eucarístico.

Ante todo, el sacerdote es apóstol. Esta palabra se utiliza en el Antiguo Testamento para designar a un representante autorizado. Así llama Jesús a sus discípulos en este pasaje del Evangelio más antiguo que conocemos.

El significado mismo de la palabra apóstol implica andar por caminos no explorados, indica valentía, quiere decir búsqueda audaz, por esa razón la emoción de los Apóstoles es muy grande al volver junto a Jesús después de haber cumplido su misión, la cual se resume en dos acciones: hacer y enseñar.

Los Apóstoles, así llamados sólo en este lugar del Evangelio de San Marcos, han explorado los caminos, haciendo y enseñando lo que le han visto hacer a su Maestro, pero finalmente su servicio es preparar el camino por donde el mismo Cristo va a pasar. Todo lo que hacen y dicen es reproducir los gestos y las palabras de su Maestro.

“Volvieron a reunirse con Jesús, dice el texto evangélico, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. Ir a contarle a Jesús, es parte fundamental de la misión de todo apóstol. El sacerdote no puede vivir, no puede sostenerse en pie, si no va a contarle a Jesucristo cuanto ha hecho y enseñado. En esa experiencia de ir a contarle se encierra el misterio del apóstol, del sacerdote, pues no puede vivir sin volver cada día a Jesucristo y contarle lo que ha dicho y hecho; es el encuentro de la gratitud, el encuentro del perdón, el encuentro renovador; es acción de gracias y evaluación a la vez; es examen de conciencia en su sentido más pleno. Para oírle decir: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. El sacerdote apóstol sabe en dónde encontrar su descanso. Sus oídos escuchan cada día al Maestro que dice: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré descanso”.

El sacerdote sabe que el único lugar donde encuentra el verdadero descanso es en la oración y ante el sagrario; en ese lugar de su corazón donde se da el encuentro con Jesucristo vivo; en ese lugar interior donde se está con Aquél que lo ama entrañablemente y le pide amarlo, según nos dice San Juan de la Cruz: “Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior y estarse amando al Amado”.

3. “VIO UNA GRAN MULTITUD... SE COMPADECIO DE ELLOS” (Mc 6,34).- EL SACERDOTE COMPASIVO.

El sacerdote es el hombre llamado a ser compasivo como Jesús. Jesús buscaba un lugar para descansar pero, al ver a las multitudes, se olvidó de sí mismo, se compadeció de ellas y fue a su encuentro para darles su palabra y expresarles su amor y misericordia.

La compasión es el gesto más claro en el rostro de Jesús. La compasión es la conducta que Dios exigía desde antiguo en la relación de persona a persona; pero, sobre todo, esa es la característica del hijo de David, Jesucristo y, por lo tanto, también de sus Apóstoles. Aquellos que viven en situaciones angustiosas saben que en Jesús encontrarán el corazón sensible que se conmoverá ante su terrible situación y efectivamente así sucede, pues el ciego de Jericó le grita “Jesús, hijo de David, ten compasión de mi”; una oración desgarradora que sólo en Jesús tendrá respuesta. La mujer cananea le suplica “ten misericordia de mí”; y Jesús mostrará que Él es el Señor y aleja al demonio de la hija de aquella mujer que le pide misericordia. La compasión lo lleva a ejercer su ministerio de Buen Pastor. Lo mueve a misericordia la situación de aquella multitud que no tiene quien la lleve por sendas seguras.

El único motivo que tenía Jesús parar curar a la gente era la compasión. Y lo que deseaba por encima de todo era despertar esa misma compasión en las personas que le rodeaban. Así, en medio de la multitud, no sólo les curaba y les perdonaba, sino que además disipaba sus temores y les aliviaba de sus ansias. Su misma presencia les consolaba. A esto está llamado el sacerdote: a ser el hombre compasivo que da respuesta a todo sufrimiento, enseñando y consolando.

4. “DENLES USTEDES DE COMER” (Mc 6,37).- EL SACERDOTE EUCARISTICO.

Los Apóstoles debieron haber quedado sorprendidos ante esta indicación de Jesús, pues poco antes, al ser enviados, les había dicho que no llevaran pan para el camino. Por eso se quejan diciendo “¿vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” Esta bella historia de la multiplicación de los panes, con diálogos tan vivos, refleja un hecho histórico, el cual mezcla la realidad inmediata del hambre de la multitud y del pan material que Jesús les da, con la realidad más profunda del hambre y del pan espiritual.

Por eso la expresión “denles ustedes de comer” va más allá de la realidad material, es una expresión que queda para la posteridad; será la indicación que nunca olvidarán. Pues los Apóstoles tendrán la misión de alimentar a todos los hombres con el Pan vivo que es Jesucristo.

La pobreza de los cinco panes y la abundancia con la que todos comen nos revela a Jesucristo como el único Pan capaz de saciar el hambre. Ese es el Pan con el que los Apóstoles están llamados a alimentar al hombre. Jesucristo, Pan de salvación; es lo único que el sacerdote tiene y debe llevar en sus manos; es lo único que debe ofrecer a los hombres. Igualmente, el sacerdote apóstol no tiene otra propuesta, no tiene otro alimento que dar ni otra palabra que anunciar, sólo Jesucristo. Todo esto nos lleva a entender al sacerdote como el hombre plenamente eucarístico.

En el relato del Evangelio que escuchamos, el pan de la Palabra precede al pan material y éste, a su vez, remite al pan de la Eucaristía. Así aparece Jesús como Buen Pastor, que reúne, instruye y alimenta a su rebaño. Así debe hacer el sacerdote. Todo su ministerio nace y culmina en la Eucaristía.

Oigamos a Juan Pablo II: “Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía ‘es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía. (...) El sacerdote será capaz de sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva, encontrando en el Sacrificio eucarístico, verdadero centro de su vida y de su ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será así verdaderamente eucarística”. (E. de E., 31).

“Denles ustedes de comer”, es el imperativo cotidiano de Jesucristo a todos los sacerdotes. ¡Sean eucarísticos! ¡Celebren la Eucaristía y ofrézcanse también como eucaristía! Sean comida para el Pueblo de Dios; sean pan partido para la vida de sus fieles; multiplíquense como alimento y hagan el milagro, también de algún modo eucarístico, de multiplicar los corazones compasivos, de multiplicar los hombres y mujeres solidarios y fraternos hacia los más pobres y desamparados.

En el Jesús de la multiplicación de los panes, el sacerdote descubre al Buen Pastor, como su ejemplo y modelo, que incluso dará su vida por sus ovejas; así no andarán ya perdidas, sin guía y cada una por su lado, sino reunidas en la mesa eucarística donde se parte el pan para los hijos, el cuerpo del Señor que nos une a todos en fraternidad y comunión de vida.

5. “OH DIOS, TÚ MERECES UN HIMNO EN SION”.

P. Carlos, hace un momento, en el salmo responsorial , tú cantaste repetidas veces con tu pueblo de esta parroquia de Santa Gertrudis la Grande: “Oh Dios, tú mereces un himno en Sión”. Estoy seguro que en estos días de tus Bodas de Plata Sacerdotales, has entonado un himno gozoso y agradecido al Señor en lo hondo de tu corazón. Más aún, pienso que toda tu persona se ha hecho canto. Un canto como el de María, la Madre del sacerdote: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”.

Que el himno de gratitud no se aparte de tu corazón sacerdotal. Que te acompañe de día y de noche. ¿Cómo podrías, de otra manera, pagar al Señor todo el bien que te ha hecho en estos 25 años sacerdotales?

¡Muchas felicidades! una vez más, en nombre de nuestra Arquidiócesis y en particular de sus sacerdotes, tus hermanos en el sacerdocio ministerial. Tu gozo es nuestro gozo. Tu acción de gracias es también la nuestra.

Villa Juárez, S.L.P., Octubre 25 de 2005.

+ LUIS MORALES REYES
Arzobispo de San Luis Potosí