2005
MENSAJE DE NAVIDAD DEL ARZOBISPO DE SAN LUIS POTOSI
“¡Hemos
venido a adorar a Cristo!”. Aún resuena en el
mundo este grito del millón de jóvenes que se congregó
con el Papa en la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, celebrada
en Alemania, en agosto pasado.
Un millón
de corazones jóvenes proclamaban: “Hemos venido
a adorarlo”. ¡Esto es la Navidad! Como los pastores
y los Magos, también nosotros estamos invitados a encontrar y
adorar a Dios, hecho hombre, aunque es un niño pobre, cobijado
sólo por el amor de sus padres, “recostado en un
pesebre y envuelto en pañales”; a adorarlo porque
es Aquel que anuncia el Evangelio a los pobres, cura a los enfermos,
perdona a los pecadores y da esperanza a los desesperados. La alegría
que buscamos en Navidad, tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, Dios-niño,
oculto en el pesebre.
El Papa Benedicto
XVI dice: “Los Magos que vienen de Oriente son sólo
los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida
han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han
buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y
que nos indica el camino”.
Navidad es
seguir esa estrella y ese camino. En este tiempo de incertidumbres y
confusión, es hermoso afirmar que la vida tiene sentido, que
es bello vivir, que nuestro tiempo ofrece muchas oportunidades, que
no hay enemigos ni extranjeros, que somos un solo pueblo, todos hijos
de Dios, amados por el Señor, hermanos sin distinción.
Navidad es
seguir las huellas de los Reyes Magos. Es hacernos la pregunta que ardía
en su corazón: “¿Dónde está
el Rey de los judíos que ha nacido?” También
nosotros nos acercamos al pesebre de Belén porque sentimos en
el corazón esa misma y otras preguntas: “¿Dónde
está el Rey de los judíos que ha nacido?” ¿A
quién adoramos? ¿A qué dioses de oro y plata, con
pies de barro, rendimos culto? ¿Dónde está el que
pueda darnos la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón?
Hacerse estas
preguntas nos lleva a buscar, encontrar y adorar a Cristo que es el
único capaz de ofrecer esperanza y certidumbre al hombre y a
la mujer de hoy. El es la única estrella que nos indica el verdadero
camino de la vida y da fuerza al corazón.
En esta Navidad,
abramos nuestro corazón a Dios; dejémonos sorprender por
Cristo; démosle el derecho de hablarnos; presentémosle
nuestras alegrías y penas, nuestras angustias y esperanzas. ¡Vayamos
a Belén para adorarlo! Sólo así nuestra Navidad
será feliz de verdad.
¡A
todos deseo, con grande afecto, una Navidad plena de fe, de paz y de
alegría en cada familia!
San Luis
Potosí, S.L.P., 22 de diciembre de 2005.
+ LUIS MORALES REYES
Arzobispo de San Luis Potosí
