2005
HOMILIA.-
ORDENACION DE DIACONOS Y PRESBITEROS
Noviembre 11 de 2005
Juan
Pablo II a los sacerdotes: 1. Una existencia profundamente
agradecida. 2. Una existencia entregada. 3. Una existencia salvada para
salvar. 4. Una existencia que recuerda. 5. Una existencia consagrada.
6. Una existencia orientada a Cristo. 7. Una existencia eucarística
aprendida de María.
Una existencia “entregada”
“Accipite et manducate... Accipite et bibite...”. No
se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse
implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el
sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con
verdad y generosidad, “tomad y comed”. En efecto, su vida
tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición
de la comunidad y al servicio de todos los necesitados.
Precisamente esto es lo que Jesús esperaba de sus apóstoles.
Es también lo que el Pueblo de Dios espera del sacerdote. Pensándolo
bien, la obediencia a la que se ha comprometido el día
de la ordenación, se ilumina por esta relación con la
Eucaristía. Al obedecer por amor, el sacerdote pone en práctica
en su propia carne aquel “tomad y comed”, con el que Cristo,
en la última Cena, se entregó a sí mismo a la Iglesia.
Una existencia “consagrada”
“Mysterium fidei!”. Con esta exclamación
el sacerdote manifiesta, después de la consagración del
pan y el vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario
que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los
ojos de la fe pueden percibir. Por este motivo la Iglesia trata este
Misterio con suma reverencia, y vigila atentamente para que se observen
las normas litúrgicas, establecidas para tutelar la santidad
de un Sacramento tan grande.
Nosotros, sacerdotes, somos los celebrantes, pero también
los custodios de este sacrosanto Misterio. De nuestra relación
con la Eucaristía se desprende también, en su sentido
más exigente, la condición “sagrada” de nuestra
vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo
de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar. Estar ante Jesús
Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras “soledades”
para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración
todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido
nuestra vida.
Una existencia orientada a Cristo
“Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur,
donec venias”. Nosotros vivimos en espera de su venida.
En la espiritualidad sacerdotal, esta tensión se ha de vivir
en la forma propia de la caridad pastoral que nos compromete
a vivir en medio del Pueblo de Dios para orientar su camino y alimentar
su esperanza. El sacerdote es alguien que, no obstante el paso de los
años, continua irradiando juventud y como “contagiándola”
a las personas que encuentra en su camino. Su secreto reside en la “pasión”
que tiene por Cristo. Como decía san Pablo: “Para mí
la vida es Cristo” (Flp 1, 21).
La gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza
de “ver” en ellos a Cristo. No faltarán
ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal,
si fuéramos más santos, más alegres, más
apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote “conquistado”
por Cristo “conquista” más fácilmente a otros
para que se decidan a compartir la misma aventura.
(Carta del Jueves Santo, 2005).
