2004

HOMILIA EN LA EUCARISTÍA DEL SEGUNDO CONGRESO
EUCARISTICO ARQUIDIOCESANO.- Julio 30 de 2004

1.- EN EL MARCO DEL AÑO JUBILAR.

“La Iglesia vive de la Eucaristía”.
“La Eucaristía es luz y vida del nuevo milenio”.
“La Eucaristía es alimento de la Iglesia”.

Con la fuerza espiritual de estas proclamas, celebramos esta tarde, con grande gozo y ferviente devoción, el Segundo Congreso Eucarístico Arquidiocesano, en el marco de nuestro Año Jubilar, para impulsar la tercera etapa de nuestra Gran Misión y preparnos para la celebración del 48º. Congreso Eucarístico Internacional.

El Papa ha querido promover una primavera eclesial de amor al gran sacramento de la Eucaristía. Por eso, anunció un Año Especial de la Eucaristía, de octubre de 2004 a octubre de 2005, recordando: “desde que, en Pentecostés, el Pueblo de la Nueva Alianza empezó su peregrinación hacia la patria celeste, este divino sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza”.

Culminaremos nuestro Congreso, llevando en procesión el Santísimo Sacramento, alrededor de la plaza, porque la Iglesia no sólo celebra la Eucaristía, sino que también la lleva solemnemente en procesión anunciando públicamente que el Sacrificio de Cristo es para la salvación del mundo entero. Nuestras calles, caminos y plazas son una continuación de la Eucaristía celebrada, una prolongación del Altar de Dios.

2.- PROFESIÓN DE FE POPULAR.

Hoy les invito a unirnos a la profesión de fe centenaria, en Jesucristo presente realmente en la Eucaristía, que el pueblo creyente ha profesado heroica y martirialmente. En todos los templos y en las capillas más humildes y apartadas se oye el canto de fe grande y de adoración amorosa. Su servidor lo ha escuchado con emoción y ha sido llamado a creer más firmemente.

Alabanzas antiguas y nuevas embargan el corazón de los fieles y vienen a ser consuelo y fortaleza en los tiempos, en los días, en las noches de prueba y de fiesta. Las Horas Santas, la Adoración Nocturna y las Vigilias de Espigas prolongan ese canto y, estas últimas, lo hacen resonar en los valles y en las montañas, como invitando a la naturaleza entera a adorar este misterio.

Todo el lirismo religioso se expresa bellamente en los cantos eucarísticos: “Cantemos, al amor de los amores;/ venid, adoradores, adoremos,/ a Cristo Redentor”. “Oh, buen Jesús, yo creo firmemente/ que por mi amor estás en el altar”. “Altísimo, Señor, que supisteis juntar/ a un tiempo en el altar/ ser cordero y pastor. Y aquel otro que tanto cantan los coros en todas partes:“¡Eucaristía, milagro de amor./ Eucaristía, presencia del Señor!”.

Esta es la fe de la Iglesia que esta tarde profesamos. “Esta es la fe, de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones de católicos. Misterio grande, Misterio de Misericordia, ante el cual sólo cabe la adoración. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega hasta el extremo, un amor que no conoce medida” (Juan Pablo II).

Nosotros, hoy, aclamamos este Misterio de la redención:
“Cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor,
hasta que vuelvas”
(Pleg. Euc.).

3.- LA LUZ DE LA PALABRA.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos ayuda a creer y agradecer con más intensidad este “sagrado banquete en que Cristo se da como alimento, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria”.

“Te alimentó con el maná que tú no conocías”. Así habla Moisés al pueblo de Israel para que haga un recuerdo del camino, para que no olvide que la travesía del desierto ha estado dirigida por Dios. El camino, pese a todo, estaba sostenido por Dios y su alimento: tanto el material, el maná, como el espiritual, la palabra de Dios, es decir, la Ley. Tras el camino, el que adquiere conocimiento es el pueblo: “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”.

San Pablo está seguro de la fe de los corintios en la Eucaristía pero les reprocha sus incongruencias y su manera de vivir, entre riñas y divisiones. Por eso les dice: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan”. Por la Eucaristía, se establece un lazo real entre los participantes, y el Señor une a las personas en un solo cuerpo. La unidad del cuerpo, que forman los cristianos como consecuencia de su unión a Cristo por el bautismo, se hace más sólida por la comunión en el cuerpo y en la sangre de Cristo: “El cáliz de la bendición con el que damos gracias, ¿no nos une a Cristo por medio de su sangre?”.

Y Jesús, en el Evangelio, insiste en la vida que se recibe de la Eucaristía: “Yo soy el pan vivo...; el que coma vivirá para siempre...; el que me come vivirá por mí...; el que come de este pan vivirá para siempre”.

Sus repeticiones son tantas y tan fuertes que no dejan lugar a dudas en lo que está diciendo y ofreciendo. Su lenguaje era tan claro que, quienes le oían, no podían no entenderle. “Yo soy, les dice, el pan de vida”. El maná alimentaba a sus antepasados pero no les daba la inmortalidad. Yo les hablo de un pan mucho más alto. Un pan que no sólo alimenta por un momento, sino que da vida para siempre. El que coma de este pan del que les hablo, recibirá una vida que ninguna muerte destruirá y que, en cambio, destruirá todas las muertes: “El pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”.

Así, pues, hermanos, esta Palabra de Dios nos enseña que la Eucaristía es un alimento para los que, fatigados y cansados, recorren todas las rutas de este mundo. Es comida, es Palabra y es perdón; es acción de gracias y es bendición; es petición y es fraternidad; es exigencia de dar, darse y compartir. El cuerpo y la sangre de Cristo son un manjar divino para el Pueblo de Dios que está en camino. Por eso decimos:

“Te glorificamos, Padre santo,
porque estás siempre con nosotros
en el camino de la vida,
sobre todo cuando Cristo, tu Hijo, nos congrega
para el banquete pascual de su amor.
Como hizo en otros tiempo
con los discípulos de Emaús,
Él nos explica las Escrituras
y parte para nosotros el pan”
(Pleg. Euc.).


4.- “TOMAD Y COMED”.

El anuncio hecho a la multitud hambrienta, Cristo lo hace realidad en la última Cena. En aquella noche santa, Él hizo la maravilla de dejar a sus amigos el memorial de su vida, al decirles: “Tomad y comed. Tomad y bebed”.

En la Eucaristía, Jesucristo es Dios-para-nosotros, Dios-con-nosotros, Dios-dentro-de-nosotros; es Dios entregándose por completo, derrochando su vida por nosotros sin ningún tipo de reserva; da todo lo que tiene a manos llenas: comed... bebed..., esto es mi cuerpo..., esta es mi sangre..., este soy yo que me entrego a ustedes. El pan y el vino se transforman en su cuerpo y en su sangre; “cuerpo entregado” por nosotros; “sangre derramada” por nosotros.

Por la Eucaristía, Cristo entra en comunión con nosotros. Cuando comemos el cuerpo de Cristo y bebemos su sangre, nuestras vidas se transforman en su vida. Él habita en lo más profundo de nuestro corazón. Esto es lo que vivimos en cada comunión eucarística y lo que vivimos cuando nuestra vida es eucarística. Se trata de una comunión tan íntima, tan santa, tan sagrada y tan espiritual que escapa a nuestros sentidos. Así, ya no pertenecemos a un mundo empeñado en dividir, juzgar, separar y condenar. Ahora, pertenecemos a Cristo, y Cristo nos pertenece a nosotros, y tanto Él como nosotros pertenecemos a Dios.

5.- “ID Y PREDICAD”.

Pero la Eucaristía no termina con la comunión. En ella, Jesucristo nos ha dado un espíritu divino de alegría, paz, esperanza y amor; por su cuerpo y su sangre nos ha hecho personas nuevas, con un corazón nuevo y un espíritu nuevo; nos ha hecho sus amigos y nos ha confiado la misión de anunciarlo y proclamarlo de manera nueva y urgente. La Eucaristía desemboca en la misión. Ahora se trata de ir y hablar de “lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos palpado del Verbo de Vida”.

En la Eucaristía, se nos pide que abandonemos la mesa y que vayamos con la gente a descubrir juntos que Cristo está realmente vivo y nos llama a todos a formar un nuevo pueblo: el pueblo de la resurrección, el pueblo de la Pascua. La Eucaristía es siempre una misión. La vida vivida eucarísticamente es siempre una vida de misión. Somos enviados a un mundo que necesita de la persona y de la palabra de Jesucristo. En nuestro Plan de Pastoral, hablando de espiritualidad eucarística, decimos: “Ahora, más que nunca, un mundo acuciado por el hambre, tiene necesidad de saber que el único pan que puede saciarlo es el pan que da vida nueva y que estimula el apetito por una vida nueva, la vida de Dios en nosotros”(PDP, 242).

Hay, pues, una apremiante correspondencia y mutua exigencia entre el mandato: “Tomad y comed” y aquel otro: “Id y predicad”.

6.- VOLVER A LA EUCARISTÍA DE LA MANO DE MARIA.

Hermanos y hermanas: Que en esta tarde de Congreso, descubramos, presente en medio de nosotros, a Jesucristo, Víctima, Sacerdote y Altar; a “Jesús, Hostia viva; Jesús, Dios de amor”, que nos dice, una vez más: “Yo soy el pan de vida”.

Que en esta tarde eucarística, le pidamos perdón por nuestras indiferencias y frialdades, olvidos y ofensas; y nos comprometamos, de verdad, a “vivir de la Eucaristía”, a hacer que la Eucaristía sea “luz y vida” de nuestra existencia personal, de nuestra familia y del nuevo milenio. Que nos comprometamos a participar activa y gozosamente en la Misa de cada domingo; que volvamos nuestros pasos hacia los sagrarios abandonados para estar diariamente ante el Santísimo Sacramento, “con asombro y gratitud, en adoración y contemplación”.

Entremos “en la escuela de María, mujer eucarística”, como lo pide el Papa. Dejémonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia y como Madre de la Iglesia en todas nuestras celebraciones eucarísticas”. Ella siempre nos lleva a su Hijo diciéndonos: “Haced lo que Él os diga”. Y Él, a su vez, nos dice en cada Misa: “Haced esto en conmemoración mía”.


+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí